Antídoto para la avaricia
Escribe San Lucas: “Cuídense de toda avaricia, porque la vida no depende de poseer muchas cosas” (12,15).
Deseamos más dinero, más fama, más poder, más lujos,
quizás en el fondo cubrimos la carencia de seguridad y de valía personal. La
avaricia nace de poner el corazón en los bienes materiales. Quizás en el hogar
nos enseñaron a vivir una constante comparación, y hay que reconocer que
compararse no es sano.
El primer paso para vencer la avaricia es escuchar a
Dios. Dice la Palabra: No anden afligidos buscando qué comer o qué beber, y
no estén inquietos. Por estas cosas se afanan las gentes del mundo. Busquen el
reino de Dios y su justicia y lo demás se les dará por añadidura (Luc 12,
29-31).
Dios nos invita a no vivir con ansiedad y nos advierte
que la avaricia es un peligro. La vida no se define por la riqueza material. Lo
que vale la pena son: las relaciones significativas, la salud, la generosidad, el
propósito, el impacto que tenemos en el mundo.
Nada trajimos a este mundo al nacer y nada nos
llevaremos al morir. La Palabra de Dios dice que, si tenemos qué comer y qué
vestir, ya nos podemos dar por satisfechos. Tener las necesidades básicas
cubiertas es lo que hemos de desear. El amor al dinero es raíz de toda clase de
males. Hay quien por codicia se ha causado males interminables.
La Carta a los Hebreos aconseja: Que tu
conducta no esté llena de avaricia, conténtense con lo que tienes porque Dios
ha dicho: Nunca te dejaré ni te abandonaré (cfr. Hebreos 13, 5-6). El
Señor nos va a dar esa apertura para que tengamos horizontes amplios y
elevados, para que nuestro corazón esté puesto en los valores que perduran.
“El amor al dinero es raíz de toda clase de males; y
hay quienes, por codicia, se han desviado de la fe y se han causado terribles
sufrimientos” (1 Timoteo, 6, 10). Dios ve el corazón y conoce qué es lo que nos
importa. Las personas no valen por lo que tienen ni por lo que son, sino por
lo que deciden. La riqueza, el honor, el poder y la fama no añaden nada
ante la mirada de Dios.
Esther Bonnin explica que, tener dinero no es bueno ni
malo, depende del propósito. Si una persona da de comer al hambriento o de
beber al sediento, o ayuda a los necesitados, va a usar bien del dinero. Si
otra persona gasta en lujos y caprichos, debe recordar que nadie tiene derecho
a lo superfluo mientras otros carezcan de lo necesario.
Plan de acción:
Trabajar honestamente, ni de menos ni de más. El trabajo diario ha de tener
espacios para atender a nuestros familiares y amigos. También hay que cuidar la
paz interior y la salud. Hay quienes gastan más de lo que ganan, piden prestado
y luego pierden amigos si no pagan. Lo normal es hacer un presupuesto escrito
donde hay partidas para lo necesario y, si cabe, hacer un pequeño ahorro para
alguna emergencia.
Hay que distinguir entre la necesidad y el
deseo. Hay quienes compran cosas “porque están en oferta”,
se vuelven personas acumuladoras y esto es también avaricia. Hay que
establecer límites en nuestros gastos, porque si nos dejamos llevar, somos
insaciables. Contra avaricia, generosidad. No eres lo que tienes, eres
lo que das.
Practicar la gratitud por
contar con un día más, por lo que tenemos, por las bendiciones, por las
relaciones con nuestros amigos, por la salud, por las experiencias vividas. Hay
que contar con la esperanza, ya que, no hay santo sin pasado ni pecador sin
futuro. Dios manda a los grandes guerreros a las grandes batallas.
Para terminar, citamos a Antonio Royo Marín, quien
revela: Habrá una generación que reemplazará la oración por la ansiedad, la
fe por la ideología y la santidad por el éxito. La verdadera apostasía no será
el ateísmo, sino una espiritualidad sin Cruz.
Todos necesitamos orientación, pero esa persona que
guía ha de ser honrada y digna. Y antes de esa persona, hay que pedir su
consejo al Señor.
Escribe San Lucas: “Cuídense de toda avaricia, porque
la vida no depende de poseer muchas cosas” (12,15).
Deseamos más dinero, más fama, más poder, más lujos,
quizás en el fondo cubrimos la carencia de seguridad y de valía personal. La
avaricia nace de poner el corazón en los bienes materiales. Quizás en el hogar
nos enseñaron a vivir una constante comparación, y hay que reconocer que
compararse no es sano.
El primer paso para vencer la avaricia es escuchar a
Dios. Dice la Palabra: No anden afligidos buscando qué comer o qué beber, y
no estén inquietos. Por estas cosas se afanan las gentes del mundo. Busquen el
reino de Dios y su justicia y lo demás se les dará por añadidura (Luc 12,
29-31).
Dios nos invita a no vivir con ansiedad y nos advierte
que la avaricia es un peligro. La vida no se define por la riqueza material. Lo
que vale la pena son: las relaciones significativas, la salud, la generosidad, el
propósito, el impacto que tenemos en el mundo.
Nada trajimos a este mundo al nacer y nada nos
llevaremos al morir. La Palabra de Dios dice que, si tenemos qué comer y qué
vestir, ya nos podemos dar por satisfechos. Tener las necesidades básicas
cubiertas es lo que hemos de desear. El amor al dinero es raíz de toda clase de
males. Hay quien por codicia se ha causado males interminables.
La Carta a los Hebreos aconseja: Que tu
conducta no esté llena de avaricia, conténtense con lo que tienes porque Dios
ha dicho: Nunca te dejaré ni te abandonaré (cfr. Hebreos 13, 5-6). El
Señor nos va a dar esa apertura para que tengamos horizontes amplios y
elevados, para que nuestro corazón esté puesto en los valores que perduran.
“El amor al dinero es raíz de toda clase de males; y
hay quienes, por codicia, se han desviado de la fe y se han causado terribles
sufrimientos” (1 Timoteo, 6, 10). Dios ve el corazón y conoce qué es lo que nos
importa. Las personas no valen por lo que tienen ni por lo que son, sino por
lo que deciden. La riqueza, el honor, el poder y la fama no añaden nada
ante la mirada de Dios.
Esther Bonnin explica que, tener dinero no es bueno ni
malo, depende del propósito. Si una persona da de comer al hambriento o de
beber al sediento, o ayuda a los necesitados, va a usar bien del dinero. Si
otra persona gasta en lujos y caprichos, debe recordar que nadie tiene derecho
a lo superfluo mientras otros carezcan de lo necesario.
Plan de acción:
Trabajar honestamente, ni de menos ni de más. El trabajo diario ha de tener
espacios para atender a nuestros familiares y amigos. También hay que cuidar la
paz interior y la salud. Hay quienes gastan más de lo que ganan, piden prestado
y luego pierden amigos si no pagan. Lo normal es hacer un presupuesto escrito
donde hay partidas para lo necesario y, si cabe, hacer un pequeño ahorro para
alguna emergencia.
Hay que distinguir entre la necesidad y el
deseo. Hay quienes compran cosas “porque están en oferta”,
se vuelven personas acumuladoras y esto es también avaricia. Hay que
establecer límites en nuestros gastos, porque si nos dejamos llevar, somos
insaciables. Contra avaricia, generosidad. No eres lo que tienes, eres
lo que das.
Practicar la gratitud por
contar con un día más, por lo que tenemos, por las bendiciones, por las
relaciones con nuestros amigos, por la salud, por las experiencias vividas. Hay
que contar con la esperanza, ya que, no hay santo sin pasado ni pecador sin
futuro. Dios manda a los grandes guerreros a las grandes batallas.
Para terminar, citamos a Antonio Royo Marín, quien
revela: Habrá una generación que reemplazará la oración por la ansiedad, la
fe por la ideología y la santidad por el éxito. La verdadera apostasía no será
el ateísmo, sino una espiritualidad sin Cruz.
Todos necesitamos orientación, pero esa persona que
guía ha de ser honrada y digna. Y antes de esa persona, hay que pedir su
consejo al Señor.

Comentarios
Publicar un comentario