El Celibato, 4ª parte
La soledad de vida lleva al amor o a las
compensaciones. Tenemos que poder estar solos, con nosotros mismos, y con Nuestro
Señor Jesucristo. Necesitamos momentos de soledad para estar con nuestro amor,
para descubrir la sed de Cristo, o a lo mejor estás huyendo del secreto de tu
vida, entonces, la soledad te muestra las inconsistencias.
Todos llevamos heridas que sólo Jesucristo y su
Iglesia pueden sanar. Desde joven hay que empezar a alimentarse de lo que
cambia la vida, de amor a nuestros padres, de las amistades, del trato personal
con el Señor en la oración y en la Eucaristía.
Cuando una persona le dice a Jesucristo: “Te seguiré
adonde quiera que vayas”, el Hijo del Hombre decir que Él no tiene donde
reclinar la cabeza. Las raíces del corazón virgen se sumergen en el amor a
Cristo para vivir de la abundancia del Padre. Se necesita una libertad de
corazón que permita los movimientos, y yo me sostengo en el Señor, esté donde
esté, porque veo a Cristo en cada persona; eso da libertad de movimiento. Un
corazón atado no ora, es pequeñito, en cambio, puedo estar en el mundo entero
cuando estoy en el Corazón de Cristo.
Juan Bautista Torelló
dice: Dios se mete en la vida corriente, gris, donde hay pecado. Raros son los
célibes con perfecta pureza de corazón. Hay deseos de sobresalir, egoísmo,
narcisismo, sólo el tiempo de prosa diaria, la tentación, la noche de los
sentidos, va purificando. Es la crisis existencial de toda persona. Los
matrimonios logrados son “parejas supervivientes”. Hay una disyuntiva: El yo
mata al amor o el amor mata al yo. Las personas entregadas se entregan por
un motivo no muy perfecto, pero un motivo no del todo purificado puede ser
purificado, corregido. No existe un punto de partida idílico -una relación
amorosa ideal y feliz-; hay egocentrismo, perfeccionismo. Amar a un Dios que no
puedo ver ni tocar es problema del cristiano, no hay una respuesta única. El
Verbo encarnado es Dios hecho Hombre, hay que compaginar que Cristo se hace
carne real, no es un fantasma. Cristo resucitado tiene una vida nueva, una
carne glorificada, no atada al tiempo. Su carne transfigurada está fuera del
espacio y del tiempo, por eso, al principio no lo reconocieron los discípulos
de Emaús, pero tienen un contacto real. Sus palabras son físicas y sus
corazones ardían con ellas. Jesucristo va a lo más profundo del hombre.
Una madre que da de mamar a su bebé ve más que algo
físico, ve la necesidad de su hijo de ser acogido. Es lo que enseña Jesucristo
en los sacramentos, en cambio, la mirada cosificadora empobrece las
relaciones humanas. Partiendo de los sentidos externos se llega al “ojo” del
alma; de lo que uno ve se alimenta el ojo del alma. La vista está llamada a la
Bondad, a la Belleza. Esa vocación puede ser estropeada por nuestra libertad.
El hombre ve una parte invisible que da fundamento a lo demás. Parte de nuestra
capacidad de ver la Voluntad de Dios tiene que ver con nuestra capacidad de
usar los sentidos. Si éstos están estragados, primero han de ser limpiados.

Comentarios
Publicar un comentario