El Celibato, 5ª parte
A Cristo sólo lo vemos si él se nos muestra. Los
sentidos externos son importantes para tratar al Señor, pero luego hay que escucharle
con un corazón preparado, así su palabra enciende, arde. El Señor nos enseña a
ver más allá de la carne. Hay que tocarlo humanamente para llegar a lo
invisible; la carne es camino para ello. El silencio nos permite “tocar” a
Cristo. La Eucaristía es el sacramento que nos vela y nos desvela.
Cristo nos enseña a dar espacio al otro; que ella sea quien es, sin poseer. Con
Cristo podemos ver que apenas nos roza y luego ¡hay que buscarlo! Ese juego
de presencia y ausencia es imprescindible en esta vida. Aquí preserva nuestra
libertad para que Cristo sea lo que tiene que ser.
Un joven puede afirmar: “Cristo no me llena”, porque
lo ve como un objeto. Ese juego de buscarle y encontrarle, para de nuevo
buscarle, es amar. En la tierra hay que vivir ese dejar que sea Él.
Seguirle, ¿Dónde? Donde Él quiera. Encontramos a Cristo en la eucaristía y en
el día a día, procurando que haya un diálogo real. Preguntarle: ¿Qué esperas
de mí? ¿Qué quieres que sepa? Quiero escuchar tu voz; sé que me pides
amabilidad con todos. Luego, hay que encontrarlo en la persona que me cae
bien y en la que no me cae tan bien.
En el Cantar de los cantares la amada dice:
“Huye amor mío” (8,14), después de esa búsqueda le pide que huya. El Señor nos
enseña a amarle en la presencia y en la ausencia. Cada persona tiene una
capacidad diferente para pasar por las podas, por la nieve, por la
purificación. Basta unos cuantos toques para saber que vale la pena.
A nadie se le debe decir: “Tú tienes esta vocación
particular”, no somos oráculo de Delfos. Ella lo debe descubrir en su oración
personal. Pero sí se le puede decir que no tiene condiciones. Por ejemplo, una
persona quiere ser monje, pero padece de esquizofrenia, no es idóneo para vivir
esa vocación.
Para tener un encuentro verdadero con Cristo se
necesita cierta madurez. Una persona no puede discernir bien si sólo piensa:
“Aquí la paso bien”. La gente tiene que saber que en todo camino de entrega hay
Cruz, descubrir que la cruz es ocasión de amar permite potenciarme como
persona. Cuando se ama la cruz, la entrega es a Cristo, no al mundo. El corazón
humano requiere un corazón y está llamado a ser uno con él. La imagen del
matrimonio es la imagen del verdadero amor. El amor fontal es el amor del Padre
al Hijo, además, virginalmente. Mi amor a Cristo es exclusivo e inclusivo,
porque abarca a todos los seres humanos. En la comunión sacramental anticipo lo
que será el Cielo. En Cristo encuentro al Padre.
El amor esponsal no es el paradigma (modelo). La mujer
no puede saciar el corazón del hombre y el varón no puede saciar el corazón de
la mujer. Sólo en el Cielo se saciará plenamente el corazón humano. La fuente
del amor es la Trinidad.
A Cristo sólo lo vemos si él se nos muestra. Los
sentidos externos son importantes para tratar al Señor, pero luego hay que escucharle
con un corazón preparado, así su palabra enciende, arde. El Señor nos enseña a
ver más allá de la carne. Hay que tocarlo humanamente para llegar a lo
invisible; la carne es camino para ello. El silencio nos permite “tocar” a
Cristo. La Eucaristía es el sacramento que nos vela y nos desvela.
Cristo nos enseña a dar espacio al otro; que ella sea quien es, sin poseer. Con
Cristo podemos ver que apenas nos roza y luego ¡hay que buscarlo! Ese juego
de presencia y ausencia es imprescindible en esta vida. Aquí preserva nuestra
libertad para que Cristo sea lo que tiene que ser.
Un joven puede afirmar: “Cristo no me llena”, porque
lo ve como un objeto. Ese juego de buscarle y encontrarle, para de nuevo
buscarle, es amar. En la tierra hay que vivir ese dejar que sea Él.
Seguirle, ¿Dónde? Donde Él quiera. Encontramos a Cristo en la eucaristía y en
el día a día, procurando que haya un diálogo real. Preguntarle: ¿Qué esperas
de mí? ¿Qué quieres que sepa? Quiero escuchar tu voz; sé que me pides
amabilidad con todos. Luego, hay que encontrarlo en la persona que me cae
bien y en la que no me cae tan bien.
En el Cantar de los cantares la amada dice:
“Huye amor mío” (8,14), después de esa búsqueda le pide que huya. El Señor nos
enseña a amarle en la presencia y en la ausencia. Cada persona tiene una
capacidad diferente para pasar por las podas, por la nieve, por la
purificación. Basta unos cuantos toques para saber que vale la pena.
A nadie se le debe decir: “Tú tienes esta vocación
particular”, no somos oráculo de Delfos. Ella lo debe descubrir en su oración
personal. Pero sí se le puede decir que no tiene condiciones. Por ejemplo, una
persona quiere ser monje, pero padece de esquizofrenia, no es idóneo para vivir
esa vocación.
Para tener un encuentro verdadero con Cristo se
necesita cierta madurez. Una persona no puede discernir bien si sólo piensa:
“Aquí la paso bien”. La gente tiene que saber que en todo camino de entrega hay
Cruz, descubrir que la cruz es ocasión de amar permite potenciarme como
persona. Cuando se ama la cruz, la entrega es a Cristo, no al mundo. El corazón
humano requiere un corazón y está llamado a ser uno con él. La imagen del
matrimonio es la imagen del verdadero amor. El amor fontal es el amor del Padre
al Hijo, además, virginalmente. Mi amor a Cristo es exclusivo e inclusivo,
porque abarca a todos los seres humanos. En la comunión sacramental anticipo lo
que será el Cielo. En Cristo encuentro al Padre.
El amor esponsal no es el paradigma (modelo). La mujer
no puede saciar el corazón del hombre y el varón no puede saciar el corazón de
la mujer. Sólo en el Cielo se saciará plenamente el corazón humano. La fuente
del amor es la Trinidad.

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