El Celibato, parte 6


 El doctor Carlos Villar enseña: La verdadera formación tiene que ir en la línea de formar en la verdad, sino sólo apuntalamos el edificio. Las heridas de la persona deben emerger para procurar su curación, para ello hay que facilitar que las personas puedan manifestarse como son.

Hay quienes quieren absolutizar el matrimonio, entonces fracasan. El matrimonio es grandioso, pero allí no está la plenitud que sólo Dios puede llenar. La soledad original nos pide llenarnos de plenitud en Dios. Dios es dador de un don precioso.

En el Génesis Adán le dice a Dios: “Me escondí porque estaba desnudo”. Ante Dios uno se ve desnudo y se esconde. Nuestras miserias se esconden y eso nos separa de los demás. Detrás de la máscara -de la falta de sinceridad- no se puede formar a la persona. Hay que acompañar: “Vamos juntos a descender al infierno”. La formación tiene que ser en verdad. El Espíritu Santo transforma y sana cuando se está abierto a la verdad. Todos requerimos de cariño. La ansiedad a veces se debe a la falta de cariño. Cuando la persona se espiritualiza, los afectos se viven con plenitud, lleva a amar más. La verdadera fuerza está en la eucaristía.

Necesitamos el abrazo del Padre que nos llega a través de los demás, o lo encontraremos en el fondo de nuestro espíritu. Cristo nos abraza en el abrazo del hermano; Cristo me espera en el hermano de al lado. El Señor ve aquello y se conmueve, ve lo que otros no ven. Dios nos pide que aprendamos a descubrir una veta más profunda en las miserias de los demás. Cristo abraza al enfermo, al leproso, sin hacer ascos; a eso estamos llamados. A eso nos lleva la ternura de Cristo.

Pedir: “Espíritu Santo, ¡que descubra la riqueza de cada uno!”. El equilibrio está en la vida interior. En la Iglesia hace falta descubrir la belleza del celibato para ser luz.

Cuando Bernardo de Claraval era muy joven, en cierta ocasión, cabalgando lejos de su casa con varios amigos, les sorprendió la noche, de forma que tuvieron que buscar hospitalidad en una casa desconocida. La dueña les recibió bien, e insistió que Bernardo, como jefe del grupo, ocupase una habitación separada. Durante la noche la mujer se presentó en la habitación con intenciones de persuadirlo suavemente al mal. Bernardo, en cuanto se dio cuenta, fingió que se trataba de un intento de robo y empezó a gritar: “¡Ladrones, ladrones!”. La intrusa se alejó rápidamente.

Al día siguiente, cuando el grupo se marchaba cabalgando, sus amigos empezaron a bromear acerca del imaginario ladrón; pero Bernardo contestó: “No fue ningún sueño; el ladrón entró, pero no para robarme el oro y la plata, sino algo de mucho más valor”.

El doctor Carlos Villar enseña: La verdadera formación tiene que ir en la línea de formar en la verdad, sino sólo apuntalamos el edificio. Las heridas de la persona deben emerger para procurar su curación, para ello hay que facilitar que las personas puedan manifestarse como son.

Hay quienes quieren absolutizar el matrimonio, entonces fracasan. El matrimonio es grandioso, pero allí no está la plenitud que sólo Dios puede llenar. La soledad original nos pide llenarnos de plenitud en Dios. Dios es dador de un don precioso.

En el Génesis Adán le dice a Dios: “Me escondí porque estaba desnudo”. Ante Dios uno se ve desnudo y se esconde. Nuestras miserias se esconden y eso nos separa de los demás. Detrás de la máscara -de la falta de sinceridad- no se puede formar a la persona. Hay que acompañar: “Vamos juntos a descender al infierno”. La formación tiene que ser en verdad. El Espíritu Santo transforma y sana cuando se está abierto a la verdad. Todos requerimos de cariño. La ansiedad a veces se debe a la falta de cariño. Cuando la persona se espiritualiza, los afectos se viven con plenitud, lleva a amar más. La verdadera fuerza está en la eucaristía.

Necesitamos el abrazo del Padre que nos llega a través de los demás, o lo encontraremos en el fondo de nuestro espíritu. Cristo nos abraza en el abrazo del hermano; Cristo me espera en el hermano de al lado. El Señor ve aquello y se conmueve, ve lo que otros no ven. Dios nos pide que aprendamos a descubrir una veta más profunda en las miserias de los demás. Cristo abraza al enfermo, al leproso, sin hacer ascos; a eso estamos llamados. A eso nos lleva la ternura de Cristo.

Pedir: “Espíritu Santo, ¡que descubra la riqueza de cada uno!”. El equilibrio está en la vida interior. En la Iglesia hace falta descubrir la belleza del celibato para ser luz.

Cuando Bernardo de Claraval era muy joven, en cierta ocasión, cabalgando lejos de su casa con varios amigos, les sorprendió la noche, de forma que tuvieron que buscar hospitalidad en una casa desconocida. La dueña les recibió bien, e insistió que Bernardo, como jefe del grupo, ocupase una habitación separada. Durante la noche la mujer se presentó en la habitación con intenciones de persuadirlo suavemente al mal. Bernardo, en cuanto se dio cuenta, fingió que se trataba de un intento de robo y empezó a gritar: “¡Ladrones, ladrones!”. La intrusa se alejó rápidamente.

Al día siguiente, cuando el grupo se marchaba cabalgando, sus amigos empezaron a bromear acerca del imaginario ladrón; pero Bernardo contestó: “No fue ningún sueño; el ladrón entró, pero no para robarme el oro y la plata, sino algo de mucho más valor”.

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