La Guadalupana
Virgen Guadalupana
No es un rostro europeo ni
puramente indígena. Tiene piel morena suave, rasgos mestizos, ojos ligeramente
rasgados, pero no exagerados, nariz fina, labios discretos. Mira hacia abajo,
no de frente: no domina, no invade, se inclina. La cabeza está ligeramente
ladeada, como quien escucha y se pone del lado del que sufre. No hay sonrisa de
estampita ni gesto duro; hay una serenidad profunda, casi de mamá que ya lloró
con sus hijos y ahora los sostiene.
Para un español del siglo XVI, aquello era extraño: la Virgen no aparece rubia
ni blanca, sino morena. Para un indígena, tampoco es exactamente “una de las
suyas”, porque se ve distinta, vestida como Señora, pero cercana. Ahí está el
primer mensaje: no viene a tomar partido por una raza contra otra; se pone en
medio, como puente. Su rostro mestizo anticipa un pueblo nuevo, no solo mezcla
de sangre, sino de fe y de cultura.
Los ojos, semicerrados, dicen mucho. No miran al obispo, ni al poder, ni al que
manda; miran un poco hacia abajo, como quien sabe que, a sus pies, habrá gente
de rodillas, enfermos, pobres, cansados. No es la mirada del juez que examina,
sino la de la madre que acompaña. Y, si aceptamos la lectura piadosa de las “figuras
reflejadas” en sus pupilas, el símbolo se vuelve todavía más fuerte: en sus
ojos caben los que están delante, el pequeño, el siervo, el obispo, todos
reflejados en la misma mirada. Teológicamente es impecable: María no mira
cosas, mira personas.
Morenita del Tepeyac, ruega por nosotros y cúbrenos con tu Manto Bendito
bordado de estrellas.

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