La oración meditada (breve)
La oración meditada es un método más para orar, que a
muchos puede ser útil. Esta es la oración que más nos guía, dice Esther Bonnin,
nos lleva al hoy de lo que Dios quiere para mí.
¿Por qué es vital? Porque la fuerza y la sabiduría de
Dios está en las Sagradas Escrituras, y la Palabra de Dios está viva, Dios se
comunica con nosotros si queremos oír su voz. Dios es nuestro creador, hay que
ir a Él para saber qué tenemos que hacer, porque, si lo seguimos vamos a estar
alegres. La Biblia es la garantía, por escrito, de que podemos alcanzar la
felicidad.
La Palabra de Dios salva y cura: “El Evangelio es
fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree” (Romanos 1,16). El
Libro de la Sabiduría dice “No los sanó la hierba ni emplasto alguno,
sino tu Palabra, Señor” (16,12).
Si leemos la Palabra para escuchar a Dios y poner en
práctica lo que nos quiere decir, eso dejará profundos cambios en nuestra vida,
cambios que nunca hubiéramos podido gestar. El profeta Isaías compara la
lluvia y la nieve con la Palabra de Dios, explicando que ambas cumplen
su propósito de manera infalible. “Como la lluvia y la nieve descienden de
los cielos, y no vuelven allá, sino que riegan la tierra, la fecundan, la hacen
germinar y dan simiente al sembrador y pan a quien ha de comer, así será la
palabra que sale de mi boca: no volverá a mí de vacío, sino que hará lo que Yo
quiero y realizará la misión que le haya confiado” (cfr. Isaías 55, 10-11).
La Palabra de Dios cambia el corazón de los que
creen. “La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada
de doble filo: entra hasta la división del alma y del espíritu (…) todo está
patente a los ojos de Aquel a quien hemos de rendir cuenta” (Hebreos, 4,
12-13).
Adorar con la Palabra de Dios es quizás lo más grato
al Salvador. ¿Por qué no escuchar lo que Dios quiere decirme hoy, y escribirlo?
pero hay que creer lo que Dios nos dice para vivirlo. La búsqueda debe ser
desinteresada, buscarlo con un corazón abierto. Sólo Dios nos da la garantía de
felicidad y se va a hacer válida, pero hay que confiar en Dios. “Quien se
contenta con oír la palabra sin ponerla en práctica es como el hombre que contempla
su rostro en un espejo, se mira, se va inmediatamente y se olvida de cómo era”,
y Santiago explica que es bienaventurado el que la lleva a la práctica (cfr. Santiago
1, 22-25).
¿A qué me llama Dios? Si lo reflexiono y lo escribo
puedo ver más claramente a qué acción me invita el Señor. San Pedro nos anima a
tener un amor fraterno no fingido, a amarnos de corazón “como quienes han sido
engendrados de nuevo no de un germen corruptible, sino incorruptible, por medio
de la palabra de Dios viva y permanente” (1 Pedro 1,23).
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