Niña judía de once años sacude a su comunidad


 

Miriam vivía en Brooklyn. Tuvo un sueño, Yeshúa caminaba hacia ella, extendió su mano y sonrió. “Miriam, yo soy el camino, la verdad y la vida”.

Pensé: Ha de ser mi imaginación. Eso se repitió una segunda, tercera y cuarta vez. Dije: Si eres real, muéstrame quién eres. Un día la maestra dijo que irían a un museo. Me distraje en una librería por un libro que decía: “Palabras de luz”. Una anciana atendía, dije: “He soñado con un hombre que dice mi nombre”. La anciana trajo un libro y me dijo que era la historia de Jesús. Ese nombre hizo que mi pecho se expandiera. Ella dijo: “Este libro es un regalo”. Afuera la maestra gritaba su nombre. Me reprendió. “Lo siento, no volverá a pasar”, dije. Esa noche saqué el libro y abrí la primera página, en esa había una imagen de Él. Era el mismo de mis sueños. Leí y era como si todo fuera escrito para mí. Llegué a la resurrección. Cerré el libro y lo abracé. Una presencia llenó mi habitación. Una luz. Pronuncié por primera vez su nombre: Jesús. Era como ser abrazada por el mismo Dios. Los días siguientes fueron duros. El viernes nos reunimos para el Shabat.

Un primo, David, empezó a atacar a los creyentes en Jesús. Yo dije: “Pero Jesús era judío”. Mi padre gritó: “Basta. ¿Quién te contaminó?”. David dijo: “Está poseída”. Mi padre me envió a mi habitación y pidió que permaneciera allí hasta que él lo dijera. Dije: “Jesús, dame fuerza, dame valor”. No salí de la habitación en tres días. Mi padre abrió la puerta y dijo: “Vístete con propiedad, el rabino Feltmann quiere hablarte”. Tus padres me han contado cosas muy preocupantes, dijo. Contesté: “Encontré al Mesías. Jesús cumplió cada profecía”. Durante las siguientes dos horas el rabino leyó el Talmud, el Tanaj… con cada respuesta que daba se ponía más enojado conmigo. El rabino cerró el libro de golpe. “Prohíbanle salir de casa. Esta niña necesita corrección urgente.” “¿Por qué nos haces esto, Miriam?”, dijo mi papá.

El rabino vino tres veces más. A cada intento de quebrarme mi fe crecía. En el siguiente shabat el rabino dijo: “Tienes una última oportunidad, serás perdonada y todo será olvidado”. Dije: “No voy a negarlo”.

Los siguientes meses fueron los más difíciles. Cada día de rechazo, cada mirada de desprecio sólo confirmaba mi fe. Jesús dijo que seríamos rechazados. Una chica, Sara, me preguntó si podíamos hablar, y dijo: “¿puedo hablar contigo en otra ocasión secreto?”. Sí. Sara se convirtió en mi aliada. Luego vinieron otros niños. Un día de marzo estábamos siete escondidos, cantando.  No vimos que el señor Rosen bajaba, grito: “Niños del diablo”. Me citaron en la sinagoga y me acusaron de corromper a menores. Eres una amenaza. Dije: “No niego a Dios, lo he encontrado”. Entonces no nos dejas otra opción, serás llevada a casa de tu tío en Jerusalén. “Iré”, dije simplemente, “pero no negaré que Jesús es el Mesías”. Mi mamá dijo: “¿Por qué no puedes volver a ser mi niña?”.

Sara me dijo: “¿Qué haremos sin ti?”. Respondí: Jesús estará contigo. Vi a cada uno de los siete niños. La noche antes de la partida escuché un leve golpe en la ventana: me asomé, eran diez niños que venían a despedirse. Dijo Jacob: “Desde que conozco a Jesús ya no tengo pesadillas”. Todos oramos tomados de las manos. “Jesús, gracias por estos niños, fortalécelos”. Todos lloramos, era un llanto de esperanza. Oré a Jesús. La semana siguiente llegó rápido. Mi abuela dijo: “No entiendo tu camino, pero he visto en ti una luz especial y paz. Quizás un día lo entienda, siempre serás mi nieta, siempre te amaré”. Mi padre dijo: “Nunca he visto una convicción como la tuya. No sé si lograré aceptar lo que crees, pero te admiro”.

En el avión miré por la ventana. Allá abajo estaban diez semillas, diez niños que conocían a Jesús. Oré: “Gracias Jesús por elegirme, por usarme, por amarme como nadie me ha amado”. Escuché su voz en mi interior: “Bien hecho mi sierva buena y fiel, tu voz es pequeña, pero yo la haré eterna”.

FUENTE: Relatos de esperanza https://youtu.be/Kh665Igys3c

 

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