Otra Navidad
Ante la Navidad
caben varias opciones: Para muchos es un simple negocio, para algunos es una
celebración cursi, para otros más, un día especialmente significativo en el que
nos acercarnos de nuevo a la familia; hay quienes lo ven como un día cualquiera
o, incluso, triste; y hay quienes la viven como la noche más esperada del año,
pues festejan el amor de Dios por los hombres. Chesterton afirmó que “el hombre
ha perdido la capacidad de asombro”.
Hay un fenómeno
curioso, formado por un pequeño grupo de cultos incultos, es decir aquellos que
caen con hambre de saber sobre los escaparates de las librerías enredándose en
los transparentes hilos de una telaraña, pues como aclara Bernard Shaw: “El
camino de la ignorancia está asfaltado de buenas ediciones”, y si eso le
puede pasar a quienes leen, imagínense lo que sucederá con los que matan sus
horas ante las pantallas chicas.
El hecho de que
Dios haya venido a vivir entre nosotros se ha convertido en algo poco
emocionante, y por lo tanto se ha devaluado, o mejor dicho, lo han devaluado
—en sus propias vidas— quienes no se asombran de lo sucedido en Belén de Judá
hace más de veinte siglos.
Si en Marte hubiera
vida inteligente y los marcianos hicieran acto de presencia en nuestro planeta,
el asunto sería de una categoría infinitamente inferior al nacimiento de Jesús,
dado que ellos —en caso de existir— no serían más que simples seres haciendo
turismo interplanetario. En cambio, el hecho de que Dios, sin perder su
divinidad, haya aunado a ella nuestra naturaleza humana —siendo al mismo tiempo
Dios y hombre verdadero— está totalmente fuera de orden.
No cabe duda que cada
quien celebrará esa noche a su manera, pero quizás nos convenga reflexionar
sobre lo que motiva este festejo. Si a usted le encomendaran decir algo a sus
invitados, o a sus anfitriones y amigos, esta noche, ¿qué les diría? Pienso que
hoy se justifica un poco de romanticismo, y echar a volar la imaginación para viajar
en el espacio y en el tiempo en busca de ese niño, que siendo Dios se achicó
tomando la forma de bebé. “Gloria a Dios en el Cielo, y en la Tierra
paz a los hombres de buena voluntad”.
Otra Navidad
Ante la Navidad
caben varias opciones: Para muchos es un simple negocio, para algunos es una
celebración cursi, para otros más, un día especialmente significativo en el que
nos acercarnos de nuevo a la familia; hay quienes lo ven como un día cualquiera
o, incluso, triste; y hay quienes la viven como la noche más esperada del año,
pues festejan el amor de Dios por los hombres. Chesterton afirmó que “el hombre
ha perdido la capacidad de asombro”.
Hay un fenómeno
curioso, formado por un pequeño grupo de cultos incultos, es decir aquellos que
caen con hambre de saber sobre los escaparates de las librerías enredándose en
los transparentes hilos de una telaraña, pues como aclara Bernard Shaw: “El
camino de la ignorancia está asfaltado de buenas ediciones”, y si eso le
puede pasar a quienes leen, imagínense lo que sucederá con los que matan sus
horas ante las pantallas chicas.
El hecho de que
Dios haya venido a vivir entre nosotros se ha convertido en algo poco
emocionante, y por lo tanto se ha devaluado, o mejor dicho, lo han devaluado
—en sus propias vidas— quienes no se asombran de lo sucedido en Belén de Judá
hace más de veinte siglos.
Si en Marte hubiera
vida inteligente y los marcianos hicieran acto de presencia en nuestro planeta,
el asunto sería de una categoría infinitamente inferior al nacimiento de Jesús,
dado que ellos —en caso de existir— no serían más que simples seres haciendo
turismo interplanetario. En cambio, el hecho de que Dios, sin perder su
divinidad, haya aunado a ella nuestra naturaleza humana —siendo al mismo tiempo
Dios y hombre verdadero— está totalmente fuera de orden.
No cabe duda que cada
quien celebrará esa noche a su manera, pero quizás nos convenga reflexionar
sobre lo que motiva este festejo. Si a usted le encomendaran decir algo a sus
invitados, o a sus anfitriones y amigos, esta noche, ¿qué les diría? Pienso que
hoy se justifica un poco de romanticismo, y echar a volar la imaginación para viajar
en el espacio y en el tiempo en busca de ese niño, que siendo Dios se achicó
tomando la forma de bebé. “Gloria a Dios en el Cielo, y en la Tierra
paz a los hombres de buena voluntad”.

Comentarios
Publicar un comentario