Soldada israelí cautiva en un búnker halla la libertad
Jesús y
mi vida
Sulamita (Sima) vivía en Mea Shearim, un barrio del norte de
Jerusalén, área de judíos ortodoxos. Entró al ejército y trabajaba en la radiofrecuencia.
Hubo un ataque del enemigo; fue secuestrada por árabes. La bajaron a empujones
y la llevaron al sótano. El techo era bajo y el área pequeña. “Me dijeron que mi vida
valía por la información que podía darles. Empecé a alucinar con las fiestas de
mi infancia. Trataba de mantenerme en mi identidad. Mi padre era un rabino
importante. Pasaron las semanas, o quizás fueron meses. Mis músculos se
debilitaron. Me sentía como una extraña, el Dios de Israel me parecía una
deidad lejana. La cuarta semana dejé de rezar”. Sentía aislamiento, despojada
de su ropa y de su dignidad. El hambre y la sed eran constantes. Los captores
sabían quien era mi padre. La presión psicológica era una tortura. Querían
códigos, nombres…
“Me sentí
abandonada por el cielo y la tierra. Empecé a olvidar los rostros de mi
compañero. En una sesión me aventaron un libro viejo. Por las noches trataba de
imaginar a las personas que lo habían leído. Mi antigua fe se reducía a
cenizas. Empecé a buscar una presencia. El nombre de Jesús era sospechoso. No
pedí mi liberación, sólo dije: Si estás allí, muéstrate. La opresión en
mi pecho se aflojó un milímetro. Mis captores necesitaban que yo aceptara mi
propia inexistencia. El líder me hablaba de las noticias. Me decía mentiras
sobre el ejército. Me decía que para el rabino, mi padre, yo era nada. Me
sentía olvidada. No me podía aferrar a nada”.
La noche que cambió mi existencia era
fría. Estaba en el búnker en posición fetal sobre el cemento. En ese estado de
desnudez espiritual ocurrió lo impensable. Hubo un cambio en la densidad del
aire. En mi mente, un tabú, Yeshua, ese nombre prohibido sonaba a hogar. Había
una figura que parecía conocer cada una de mis cicatrices. En su mirada vi que
él había estado allí cada vez que me sentía sola. Yo era indigna, él ya lo
sabía. Este rey se sentaba conmigo en el polvo. “¿Por qué a mí? Soy alguien que
ya no tiene fe”. Jesús dijo: “No te busco por tu fe, te busco porque eres mía”.
Él sabía que yo no cumplía del todo la ley. Me senté y oré sin seguir un libro,
sin mirar hacia el este. Me acordé de mi padre, de mi hermano, de mi vacío. En
cada palabra sentí que él me sostenía como un hermano. El tiempo se detuvo.
Entendí que el Mesías no era político, sino el Señor que amaba con un amor
incondicional. Vi sus manos, percibí las llagas de sus clavos. Eso convencía
más que nada. Cuando la figura desapareció, su presencia seguía allí. Empecé a
reír porque el secreto más grande del mundo se me había revelado en el lugar
menos probable. Soñé con agua viva.
Al día siguiente Bashar me pateó para
despertarme. Lo miré a los ojos. Algo lo desconcertó.
- ¿Crees que alguien vendrá por ti?
Solo le sonreí, una sonrisa débil
pero real.
Desde ese día el cautiverio se
convirtió en mi monasterio. Cada palabra de la Torá que recordaba cobraba
sentido. Empecé a hablar con Jesús. Me sentía libre en medio de las cadenas.
Mientras los días se fundían unos con otros, yo me sentía sumergida en una
conversación que no necesitaba de cuerdas vocales. Entendí que el sistema en
que me eduqué era un mapa, pero yo había adoraba el papel, no el destino. Las
manos de Jesús eran las manos de un carpintero que trabajaba material rebelde. El Dios que me abrazaba en el suelo de cemento era un Dios
de cercanía.
Un día Bashar entró con furia gritando
pestes contra mi pueblo. Sentí una compasión que no era mía. “Perdónalo”,
susurré. Empecé a repasar a los profetas. El velo sobre mi entendimiento se
estaba rasgando. Estaba viendo florecer mi herencia. Sabía que la libertad no
estaba en el uniforme del ejército sino en las llagas de Yeshúa.
Temía enfrentarme con mi familia. ¿Qué
era el rechazo de un padre en comparación con el Dios Creador?
Una noche
vi como el velo del templo se rasgaba de arriba abajo. Entregué mi voluntad por
completo. Le dije que, si mi destino era morir, lo haría con alegría, y si era
salir, lo mismo. El odio seguía devorando ciudades, pero en un búnker había paz
y una rendición que me devolvió la vida.
Las
negociaciones progresaban. Luego vino un bautismo de agua y fuego. Dije: “Yeshúa,
tú eres mi Mesías”. Estaba en el reino que no tiene fronteras.
Estaba
recibiendo la bendición más grande. Vi mis manos atadas, una oportunidad para
acompañar a Yeshúa cuando él las tuvo atadas. Le pedí fuerzas para lo que
vendría. La paz de Jesús me rodeaba: “No temas, porque yo he vencido al mundo”.
Cuando un rayo anunció el amanecer, ya no era lo mismo. Mis ojos brillaban a
pesar estar hundidos por el hambre. El altar de mi corazón estaba encendido.
Bashar penetró
con la cara de quien ha perdido una partida. El aire me abofeteó. Fui a un
intercambio en la frontera. En el hospital militar comenzó el calvario de la
duda. Mi mente era un campo de batalla. Mientras recuperaba las fuerzas físicas,
¿cómo explicar que creía en el que ellos llamaban “el colgado”? El miedo al
ostracismo era una soga. Un día una enfermera dejó un Nuevo Testamento cerca.
Al abrirlo encontré un espejo de lo que el hombre del búnker me había dicho.
Mi padre
envió mensajeros para saber si había conservado mi pureza en la comida. Tenía
que elegir entre mi identidad y mi Salvador. ¿Por qué su pueblo lo había
convertido en un extraño?
Mi
hermano vino a visitarme con una cara de preocupación. Mi captura había traído vergüenza
sobre mi familia. Experimenté la soledad de saber un
secreto que nadie está dispuesto a escuchar. Una mujer que ha estado en
manos del enemigo portaba impureza. Salí del hospital.
Cuando el
coche se detuvo frente a la casa de mi infancia, allí estaba mi padre. No se
movió. No hubo un “Bienvenida”. “Hay mucho que limpiar antes de que puedas
sentarte a nuestra mesa. Me llevaron al baño ritual.
La
culminación llegó un jueves. Mi padre se puso de pie, me ordenó que pronunciara
el Shemá. Tienes que purgar tus labios del Nazareno. La duda alcanzó su punto
más alto. El nombre de Yeshúa no admitía la hipocresía. Estaba en el borde del
abismo. Cuando salí a la calle no llevaba maleta ni dinero.
Terminé
en la puerta de una iglesia. Me senté en el último banco y dejé que las
lágrimas fluyeran. Allí conocí a Eladio. Le conté mi historia y dijo: “Has
vuelto a casa, hija del pacto”. Durante años la culpa era mi sombra, con la confesión
recibí un abrazo divino. Ya no era una prisionera de la perfección. El momento
culminante fue la eucaristía. Cuando recibí la eucaristía el hambre de siglos
se sació. No era un símbolo, era Jeshúa, el que me acompañó en el búnker. ¡Cómo
podía ser tan feliz perdiéndolo todo! En la comunidad de fe encontré una nueva
familia unida por la Sangre del Cordero. El Sermón del Monte era el ritmo del
Corazón de Dios.
Ya no me
sentía fragmentada. Ahora entendía que ser hija de Abraham era el preludio para
ser hija de Dios. Durante meses mi vida se convirtió en primeras veces. Esa
libertad tenía un precio: El silencio de los que amaba.
Conseguí
trabajo en la administración de veteranos. Yeshúa fue llenando cada rincón.
Cada documento que organizaba, cada palabra a una madre afligida era mi modo de
adorar. Era los pies de un Salvador que se preocupa de los abandonados.
Mi trauma
se convirtió en un puente para ayudar a corazones rotos. Mis finanzas eran
modestas. Mi sonrisa no era ya una máscara de obediencia. Entendí que seguir a
Jesús era un testimonio en un lugar donde algunos lo odian. Yeshúa es el tesoro más grande que Israel ha dado al mundo.
Una vez
me encontré a mi prima, se alegró, pero vio una pequeña cruz en mi cuello. Mi
prima me dijo: Han hecho el duelo por ti. Han rezado el Kaddish.
Conocí a
una judía conversa, con ella aprendí a cocinar, a reír… Ahora mi vida era una
reconstrucción constante y pedir al Espíritu Santo la renovación. Mi vida era
un testimonio de resistencia silenciosa. Seguía siendo Sima, la hija de la
promesa, pero ahora sabía que la promesa se había cumplido. Tenía la semilla de
la vida eterna. He recibido un reino que no se puede conmover. Mi secuestro fue
una cita divina. Mi judaísmo ha florecido, ahora entiendo el anhelo de los
profetas. Soy Sulamita, la amada del rey. Al final del día, solo importará su
mirada de amor. Deseo que Él sea tu refugio. Sigo caminando por esta ciudad que
tanto amo. Ojalá vieran que la señal ya fue dada.
El
verdadero sacrificio no es el nuestro sino el Sacrificio que Él hizo por
nosotros. Reconozco al Padre a través de la mirada de su Hijo. La tragedia de
mi familia no es mi conversión. Es su resistencia. No hay muro suficientemente
alto para la gracia.

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