Soldado israelí condecorado abandona ejército. IMPRESIONANTE
Mi nombre es Elkanah. Nunca he estado más vivo que
ahora. Yo era un oficial del ejército de especialista en operaciones nocturnas.
Me casé con Abigail en un matrimonio arreglado. Cantaba las canciones tradicionales
judías. Me parecía que todo lo que hacíamos era un teatro elaborado. Empecé a
preguntarme si Ashem (Dios) realmente escuchaba. Había seguimiento a la ley,
pero no había misericordia. Empecé a tener sueños sobre muros. Despertaba bañado
en sudor. Buscaba a Dios en las mañanas frías del desierto. La guerra te
despoja de las pretensiones. Empecé a tomar riesgos innecesarios. Mis
compañeros pensaban que era valentía, pero era desesperación.
Todo comenzó en la frontera norte hace tres años.
Había niebla. Mi equipo era una unidad de seis hombres. Sentía que caminábamos
hacia una boca abierta. Nos desplegamos, las horas pasaban lentas, agonizantes.
Mi mente estaba en la lectura de la Torá, en la historia de José. Me sentía en
ese pozo al que fue arrojado, sin agua y oscuro.
De repente, una emboscada. Habían estado
esperándonos, camuflados. Una ráfaga de balas. Grité órdenes,
estábamos atrapados. Eran demasiados. Las balas repiqueteaban cerca de mi cara.
Me arrastré hacia Josi. Vi morir a hombres que eran como hermanos para mí. No
había refuerzos. Éramos seis hombres, tres ya no se movían. El miedo
desapareció, no había alternativa. Me preparé para el impacto final. De mi alma
surgió un nombre con la certeza del fin inminente: Sálvame, no quiero
morir vacío. El enemigo estaba a 50 metros. Levanté mi fusil. Mi dedo
se tensó en el gatillo. Todo se volvió blanco. En medio de esa luz, el sonido
de la batalla se detuvo.
Estaba a punto de encontrarme con alguien. El tiempo
se detuvo. No vi una secuencia cronológica, sino una confrontación total con
mis preguntas. La violencia santa me había revuelto el estómago. Vinieron
recuerdos: ¿Dónde está la misericordia en nuestra ley? Le dije a mi
padre, quien dijo: Hay que tener un corazón fuerte, duro, no blando. Me
sentía impuro. La religión de mis padres me ofrecía rituales, pero no
redención. Me exigían perfección, pero no encontraba compasión. Veía a mis
compañeros poniéndose los tefilín como un amuleto.
El sonido de una explosión cercana me devolvió a la
escena de guerra. El enemigo usaba tácticas de enjambre.
Un día vi un NT, leí al azar: Venid a mí todos los que
estáis agobiados. Lo tiré. Era un hombre lleno de dudas. Alguien dijo:
“¡Comandante, están aquí!”, dijo uno. Eran la muerte encarnada. Surgió el
grito: “Si hay alguien allí no quiero sus leyes, quiero su vida”. Cerré los
ojos. Acepté la derrota. En esa fracción de segundo el universo se detuvo. Mis
ojos esperaban la muerte. Se abrieron, el cohete estaba a tres metros de mi
cara. Caminando a través del fuego enemigo, un hombre. Fue una invasión de mi
realidad. Silencio. Él estaba allí, era un hombre judío, sus pies caminaban
hacia mí. Su rostro era el rostro de un guerrero curtido por el sol. Sus ojos
contenían galaxias, quemaban con un amor tan feroz, me sentí desnudo, expuesto.
Todo estaba abierto para él. Él extendió un mano era la marca de un clav p. ¡No
puede ser! Es el falso profeta. Mi esp reconoció a su hacedor. Hablaba en
hebreo, un hebreo puro, original. Elkanah dijo: ¿Quién eres? Eres el ángel de
la muerte. El sonrió, había tristeza. Tú eres el prohibido, susurré. Mis padres
dicen que estás muerto. Estuve muerto Elkanah, pero estoy vivo por los siglos
de los siglos. Buscaste paz, leíste mis palabras en el parque, ¿te acuerdas? Él
había escuchado mi grito, ¿Por qué yo? Soy un hipócrita, soy violento. Extendió
su mano y tocó mi fren te: “porque no he venido a llama a justos sino a pecadores.
Tu eres mío, Elkanah, desde el vientre de tu madre te conocí”.
Sentí una corriente eléctrica pura y dorada, sentí
como se rompían cadenas dentro, el miedo al juicio se evaporó. Entró un a paz
que desafiaba toda lógica. Supe que él era el Mesías, era el santo de Israel,
Jeshúa, susurré, como el encuentro del sediento con el agua. Se puso de pie y
miró hacia la oscuridad donde se encontraba el enemigo. “Tienes que decirle
a mis hermanos que no los he olvidado, que les espero. Vive, ordenó”.
El cohete que debería impactarnos se desvió 90 grados
y explotó. El enemigo gritó: “Retirada”, veían algo que les hizo tirar sus
armas y correr. El sargento miraba al Cielo, Josi se tocó el cuello, la sangre
había dejado de manar. Comandante, dijo Josi: “¡Usted está brillando, hay luz
en su cara!”. Me dejé caer. Empecé a reír. Estábamos vivos. Los helicópteros
llegaron 20 min después. Yo no escuchaba nada, sólo repetía: “Jeshúa”. Los
médicos estaban desconcertados. El cuello de Josi había cicatrizado. Intenté
rezar la oración de la noche. Me detuve, las palabras eran tinta en papel.
“Jeshúa, dije
en voz alta, si eres real, ¿qué hago ahora? He perdido mi mundo para
encontrarte”. Había visto el camino, había visto el rostro de Dios, tenía miedo
a la vida que me esperaba. Sabía que Abigail no entendería. Me levanté, fui a
la ventana, vi las luces de Haifa. La vida era antes de la colina y después de
la colina. Esa noche leí los evangelios con un hambre voraz. Él era el Cordero
de pascua, el maná.
La conversión fue el inicio de una guerra en mi alma.
Estaba a punto de convertirme en un paria. La guerra por mi fe apenas
comenzaba. El enemigo era todo lo que yo amaba. Me recibieron con honores. Mi
padre sonreía por primera vez en años. Yo estaba con mi mejor traje. Quería
gritar. No fueron los méritos de los abuelos los que me salvaron. Tenía miedo.
Abigail alimentaba a nuestro hijo. De noche leía en mi celular.
Un día entré en una capilla. Vi estatuas. Mi mente
gritó: idolatría. Me senté en un banco del parque. La Trinidad era un concepto
que iba contra el monoteísmo.
En casa Abigail me dijo: “Estas diferente”. “La guerra
me cambió”, dije. Leí sobre el cardenal Lustiger, sobre Edith Stein. La
resistencia era interna. Tendría que renunciar a Elkanah. Una tarde fui al Muro
de los Lamentos, apoyé mi frente. “Dios de Abraham, si Jeshúa es tu hijo, ¿qué
debo hacer?”.
2ª parte
Había visto al Mesías, pero aceptar el cristianismo,
el enemigo histórico, ¿cómo podía unirme a ellos? “¿Y si fue una alucinación?”.
Un día mi hijo mencionó que el rabino dijo que debían
escupir ante una iglesia. No soporté que inocularan el odio a mi hijo. Encontré
a un sacerdote católico de la Keilá. El, padre me recibió en una oficina
sencilla. Le dije todo lo que pensaba, al final dijo: “Las estatuas son como
fotos, recuerdos”. Añadió: “No te piden dejar de ser judío”. Pero el precio es
alto. Sí, probablemente lo pierdas todo, ¿pero negarás al Todo? Quedaba la
prueba de fuego. Llegué a mi casa y esperaba ver a mi esposa, en cambio,
encontré una reunión. Mi esposa Abigail, mis padres, mis suegros y estaba un
rabino presente. Estaba mi mochila y el Nuevo Testamento fuera.
Mi padre dijo: “Dime que no es tuyo”. Momento
terrible, pero ya no me controlaba el miedo. Levanté la cabeza, y miré a mi
padre a los ojos: “Es mío y es la verdad”. Mi padre se rasgó la ropa. “Para
nosotros estás muerto”, dijo. Todos se fueron. Caminé por las habitaciones como
un espectro. Me senté en el suelo de la cocina. Sentía una especie de amputación
sin anestesia. Mas en el centro de mi pecho había una brasa encendida que decía:
“No te he dejado. Te he vaciado para llenarte”.
Al día siguiente mi suegro trajo herraduras nuevas, la
casa era de su propiedad. Tomé sus maletas y mi coche. Fui a la misión católica
a buscar al Padre Jacob. Cuando me vio no hizo preguntas, me abrió la puerta y
me preparó café.
“He perdido todo”, le dije.
“Has soltado todo”, dijo el Padre. Abraham tuvo que
dejar todo. Tú estás en Harán (punto de salida de Abraham, y punto de llegada
de Jacob cuando huyó de su hermano).
Me quedé en la misión. Fueron días de inmersión total.
Lo que encontré me dejó atónito. Esperaba encontrar una religión fría, con
muchas reglas, pero encontré al judaísmo en su máxima expresión. Asistí
por primera vez a Misa. Cuando el sacerdote levantó la hostia blanca vi el pan
de la proposición del Templo, cuando levantó el cáliz vi la sangre del Sinaí,
cuando escuché las lecturas vi que el Nuevo Testamento y el Antiguo era una
sola historia de amor.
La liturgia era hermosa, pero yo estaba lleno de
pecados: de ira, de egoísmo, de soberbia, lujuria, años de enojo contra mi
padre… El Padre Jacob me habló de la confesión. El sacerdote perdona en nombre
de Cristo. El día de mi primera confesión cambió mi arquitectura para siempre.
Sentí un peso físico levantarme de mis hombros. Salí ligero.
Luego, estudiar la fe fue un deleite intelectual.
Descubrí los dos mil años de riqueza que se me había ocultado. Jesús era la
clave de toda la creación. Llegó la noche Pascual, la noche de mi Bautismo,
vestido de blanco. Cuando el agua tocó mi cabeza sentí que moría, y cuando
emergí supe que era una nueva criatura. El Espíritu daba una fuerza que no era
mía. El momento cumbre fue la comunión. Al recibir la eucaristía cerré los
ojos. Silencio, el ruido del mundo se apagó, la separación de mi esposa, el
dolor por mis hijos, el rechazo de la comunidad, todo quedó en segundo plano.
Sentí que Él entraba en mí y yo en Él. Entendí que nunca más estaría solo. Tenía
a Dios, dentro de mi cuerpo. El Templo de Jerusalén estaba en mi pecho. Lloré,
eran lágrimas de gratitud. Vi el crucifijo, vi el precio de mi rescate.
El dolor tenía sentido, era fértil. Un día, caminando
por la playa de Tel Aviv, mirando el mar me di cuenta de una cosa: era feliz.
Vivía en un cuarto alquilado, mi trabajo consistía en fregar pisos y lavar
baños en una estación de autobuses. Fregaba el suelo, sonreía a los extraños.
Algunos preguntaban: “¿Por qué estás tan contento?”. Contestaba: “Porque
encontré el tesoro escondido en el campo”. La gracia era el océano y yo estaba
aprendiendo a nadar en él. Ahora era “Elkanah, el amado”.
En cuestiones de semanas pasé de comandar una unidad
de élite nocturna, a ser un empleado de limpieza. Al principio mi ego se rebeló,
pero entonces recordaba que Jesús lavó los pies a los galileos. Fregar suelos
se convirtió en una oración. La dignidad está en a quién sirves.
Me habían enseñado a desconfiar de los árabes. En la
misión conocí a un palestino, Nabil, ahora compartíamos el mismo banco y el
mismo pan. Sólo Jesús podía derribar muros. Escribí cartas a mi familia, les
dije que los amaba. Todas volvían. El silencio era un castigo brutal.
Una vez me crucé con Josi, el soldado al que le salvé
la vida. La cara se le iluminó, pero luego se acordó y dijo: “No me hables, no
quiero problemas”. Dije: “Tú sabes que no estamos vivos por casualidad”. Él
salió corriendo. Seguía atrapado en el miedo.
Yo estaba llamado a ser levadura. También trabajé en
un comedor para supervivientes judíos ancianos. Simplemente les amaba. Algunos
de ellos murieron pronunciando el nombre de Jesús.
Han pasado cinco años.
No he recuperado mi estatus, pero soy el hombre más rico del mundo. Humanamente
es una tragedia, pero espiritualmente he visto renuevos de la planta podad.
En cierta ocasión vi a Ari, mi hijo. Nos quedamos
paralizados. Quise correr hacia él, pero supe que eso lo asustaría. Esperaba que
me gritara, me miró y por un segundo asintió. No hubo odio en sus ojos. Había
curiosidad, reconocimiento. Mi historia es sobre un muerto que volvió a la
vida. La respuesta cuesta todo. Jesús te pide todo y quiere que confíes en que
Él es suficiente. Yo me rendí, no ante el enemigo sino ante el amor. Fui un
guardián de Israel, ahora soy un hijo del rey. ¡Shalom! Que la Paz del
Mesías esté con ustedes.
FUENTE: https://youtu.be/yaFUqz2zxZY Jesús y mi vida.

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