Un cristiano filipino en Arabia Saudita


 

Un filipino se fue de obrero a Arabia Saudita (Amán) sin conocer el país, sólo conocía el sueldo que era mucho, pero no imaginó el calor bajo el que trabajaría. Se encontraba solo, encontró un grupo de cristianos que rezaban los viernes, ocultos en un pequeño departamento, porque se jugaban la vida al rezar juntos. Thomas dirigía las lecturas y oraciones. Todos tenían algún familiar enfermo o sin trabajo.

Un 2º viernes de noviembre de 2019 escucharon un gran ruido fuera. La puerta se abrió de golpe. Entraron soldados que gritaban órdenes en árabe. Era el momento temido. En minutos habían encontrado todo. El tono del jefe era de disgusto. Confiscaron todo tipo de material. Le hicieron preguntas al hermano Thomas, de Nigeria. Repetía que éramos personas pacíficas. Uno de ellos agarró al pastor y lo puso contra la pared. Uno por uno fuimos esposados.

El viaje a la cárcel fue de aproximadamente 30 min. En mi pecho había un destello de esperanza. Llegamos a una cárcel gris. Era la prisión Alair. Dentro de mi escuché: “Yo estoy aquí”. Nos trataron como animales llevados al matadero. Nos obligaron a quitarnos los zapatos, cinturones, carteras, celulares, etc. Fuimos fotografiados y llevados a celdas. Había laberintos interminables. La celda medía 3 m por 2 m, una colchoneta la ocupaba en parte. Durante tres días no vi a nadie. Comida: arroz, sopa aguada que sabía a nada. Repetía frases que tenía en la memoria: “El Señor es mi pastor, nada me faltará”. El cuarto día comenzaron los interrogatorios. Les dije que yo era un obrero de construcción que no intentaba convertir a nadie. Me acusaron de conspiración para socavar la fe islámica. Me dijeron que podía ser libre si me unía a la fe islámica. No quise. Podíamos ducharse dos veces a la semana con agua fría.

Después de 15 días me permitieron caminar una hora en un pequeño patio. Vi de lejos a dos compañeros. Intercambiamos miradas. Todo estaba programado para quebrarnos. Las semanas se hicieron meses. La luz de la cárcel no se apagaba. No sabía si era de día o de noche.

Estaba en el punto más bajo de esperanza. La luz de mi celda cambió, mi corazón latió, sentí como un abrazo. Delante estaba una figura, no podía moverme. Mi cuerpo se congeló. Su presencia no era intimidante. Su rostro era el rostro del amor puro. No habló, pero lo escuché como si hubiera susurrado en mi corazón: “Miguel, no temas, he visto tus lágrimas, he oído tus oraciones”. Sentí paz. Se acercó más. Sentí que estaba delante del trono de Dios. “Miguel, no te he abandonado, estoy contigo como estuve con Daniel en el foso de los leones, tal como estuve con Pablo y Silas”. Continuó: Lo que hicieron para mal yo lo convertiré en bien… Yo soy la resurrección y la vida, y tengo planes para ustedes”. Sentí fuerza inundando mis miembros. Luego me mostró imágenes: vi a los 25 creyentes reunidos, levantando sus manos en adoración; vi puertas abriéndose y cadenas cayendo. Vi que salíamos de la prisión armados de gloria, que hizo retroceder a los guardianes. Miré de nuevo a Jesús, ¿era esto una profecía?  Jesús dijo: Lo que te he mostrado se cumplirá… Tocó gentilmente mi frente, una oleada de calidez recorrió todo mi cuerpo, restaurándolo, sanándolo. Jesús sonrió y habló: “Cuéntales a los demás lo que has visto y oído. Cuando salgan llevarán un testimonio hasta los confines de la tierra”.

Todo lucí igual que antes, pero todo había cambiado para mí. Ahora era un hombre lleno de esperanza sobrenatural. Puse mi espalda en la pared y traté de reconstruir todo, luego recé. Poco a poco, con señas, pude resumir lo que me había pasado. Todo siguió igual, pero nuestra actitud era distinta.

Thomas sintió una presencia cálida durante un interrogatorio. La hermana Gracia escribió que una guardia femenina, dura, había caído enferma. Los doctores no supieron qué diagnosticar, así que pusieron a otra más respetuosa.

Quince días después, estaba acostado, orando, cuando escuché un grito de terror. Me senté. Más gritos siguieron. Luego vinieron los pasos corriendo, guardias gritando órdenes en árabe. Escuché: luz, fuego. Los guardias estaban viendo algo que no podían combatir. El caos duró dos horas. A la mañana siguiente, durante el ejercicio, los guardias estaban en sus puestos, pero sus rostros reflejaban miedo. En los días siguientes se filtró un poco de información. Los guardias habían visto seres altos y radiantes que pasaban a través de paredes, oían voces en idiomas que no entendías. El coronel, la figura de autoridad dura e implacable, había dado órdenes duras. Supimos que había tenido una experiencia de luz, se reunió en el centro de su habitación y le dijo una frase en árabe: “¿Por qué persigues a mis hijos?”. Eso lo transformó, se volvió retraído. Dejó de ordenar castigos duros.

El coronel solicitó una reunión personal con el pastor. El coronel hizo preguntas, el coronel le habló de Jesús. Explicó que no era solo un profeta, sino el salvador del mundo. El coronel sacó una Biblia: “He estado leyendo esto por tres días… Parece que todo fue escrito para mí. He hecho cosas terribles a tu gente. Tu Jesús no vino con juicio, vino con una pregunta”.

Le contó la historia de Pablo. Los hombros del coronel empezaron a temblar y el coronel lloró como un niño. Allí mismo el coronel estregó su vida a Jesucristo. La transformación fue inmediata e inconfundible. Comenzó a trabajar para mejorar las raciones de comida, para que los interrogatorios fueran más breves y el trato mejor. Una semana después dio un comunicado que los exoneraba de los cargos. Muchos oficiales quisieron olvida los ruidos y la luz que había provocado. El gobierno saudí decidió deportarlos a sus países.

Esta no era la misericordia de un gobierno. La hora de la liberación había llegado. Salimos al ardiente sol saudí. Cruzamos las puertas de hierro como personas libres. La hermana Grace cantó un himno, Thomas se arrodilló en la arena. Les pidieron no volver al reino saudí. El proceso duró varias horas, era de noche en Riad. Los lazos formados nunca podrían romperse, éramos una familia. “Esta noche nos separamos en el reino físico, puede que nunca más estemos juntos, pero lo que experimentamos fue la mano soberana de Dios Todopoderoso. Cada uno de ustedes lleva el testimonio de la fidelidad de Dios, no lo guarden, compártanlo. Díganles que nuestro Dios está vivo y no nos silencia”. Pasamos las siguientes horas orando y compartiendo números de teléfono para crear un grupo. Rajes cantó un himno en nepalí. Las de India nos impusieron las manos. Creamos un espacio sagrado. Esperaríamos hasta que los aviones salieran. Los primeros en salir fueron los de la India y el hermano Thomas. Thomas me dijo: “Miguel cuenta lo que Jesús ha hecho, usará tu testimonio para traer a muchos a su reino”. El vuelo a Manila duró nueve horas. La hermana Grace estaba a mi lado. Nos maravillamos de cómo Dios había orquestado cada detalle.

Había estado lejos de mi patria once años. Había partido como un joven buscando oportunidades. Regresaba como un hombre perseguido y liberado. Llevaba un testimonio invaluable. Al llegar vi a mi madre detrás de la barrera de seguridad, a su lado estaban mis dos hermanos y mi hermana. Años de separación, meses de prisión, me derrumbé en lágrimas. Habían rezado a diario por nosotros. Les llegó la noticia de mi liberación repentinamente.

FUENTE: Que un ex musulmán ejecutado por Cristo revela

https://youtu.be/BqoUH_MHxfk

 

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