La Sagrada Familia de Nazaret
En el seno de la familia en la que hemos nacido,
tuvimos la experiencia más próxima que podemos tener en esta vida sobre el misterio
de Dios. Nuestra familia tiene como referencia a la Sagrada Familia. Lo
más sagrado que tenemos es la familia. Son frecuentes las heridas que
tienen lugar en el seno de la familia. Cuando ocurren esas carencias o
deficiencias sólo Dios puede sanarlas. Cuando la familia falla, o se
desestructura, solamente Dios puede suplir la carencia de ese amor humano.
Hay quienes se introducen en el mundo de las drogas
porque padecieron un mal en la familia, y luego parece que quieren repetir ese
mal. Dios se vale de algún episodio para identificar la esa herida interior. El
acompañamiento de sanación puede empezar por ofrecer el perdón. Un joven
confesó que estaba metido en las drogas, se metió a cuidar conejos en una
granja, una coneja dio a luz a muchos conejos y luego empezó a comerse a tres
de ellos. El joven se llenó de ira, unos amigos lo detuvieron, pero luego, con acompañamiento
espiritual, comprende que debe de perdonar a su madre, así que le ofrece el
perdón y eso provoca que ella deje las drogas.
Chesterton escribió: “Todo nacimiento es
recibido y ningún nacimiento se sostiene sin brazos”. A Jesús lo
encontramos en los brazos de María y de José, un matrimonio santo.
Dios quiso para su Hijo un hogar fundado en una
alianza conyugal, en un matrimonio verdadero y virginal. Dios les confía el
crecimiento humano de Jesucristo a la Sagrada Familia. La primera catequesis
que Jesús recibió fue el ejemplo de un matrimonio santo. Hay que tener devoción
a su esponsalidad, a su matrimonio, así comprenderemos mejor a Jesús.
Hay algunas derivaciones prácticas de este hecho. Hay
que rezar por los matrimonios, acompañar a los esposos en crisis, conducirlos a
los centros de orientación matrimonial. Descubrir el matrimonio como un
santuario. La santidad empieza en el hogar. “Si
quieres cambiar el mundo ve a tu casa y ama a tu familia”, decía Teresa
de Calcuta. La transformación del mundo empieza con la renovación de la
familia, para ello, redescubrir la vocación matrimonial, la esponsalidad.
Al Niño Dios lo encontramos en los brazos de José y de María.
La Sagrada Familia no se vio libre de rechazo, en
Belén; de persecución de parte de los gobernantes y de ansiedad, hambre y sed
rumbo a Egipto. Llegan a un país pagano, con la incertidumbre de no conocer el idioma,
pero no se quejan porque conocen que Dios sabe más.
A veces llevamos un tesoro dentro, pero nos falta
conciencia de ese don recibido. La llegada del Reino de Dios a este mundo pide
nuestra implicación, darle nuestros talentos, nuestro tiempo.

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