Sucedió en Tlaquepaque


 

Esta semana me subí a un taxi en Tlaquepaque y el taxista -Gerry- me contó parte de su historia. Tiene una familia con cinco hijos de Primaria que sostener. Un día le explotó una batería en la cara y se quemó los ojos. El doctor le dijo: “Tiene un 99% de probabilidades de quedar ciego, y un 1% de volver a ver si Dios lo asiste”. ¡Veía todo rojo! Le suplicó a Dios que lo sanara pues muchos dependían de Él, e hizo el propósito de alejarse de las borracheras y demás pecados. Poco a poco fue curándose de los ojos y, en agradecimiento, va a Misa y comulga todos los días con enorme devoción. Dice: “¿Quién como Dios? Nadie como Dios”.

Dios ha dispuesto que vayamos a su mesa, y la preparó con ternura, como su “sueño dorado”. Son 365 incursiones en su corazón e invitaciones a la unión transformante. Eso no tiene precio. Todos los tesoros del mundo no compran una sola comunión.

Un teólogo aseguró que, todo su curso se resumía en una frase: “El Verbo se hizo carne y habita entre nosotros”. Dios, que no cabe en el universo, quiere caber en nuestro corazón.

Un laico de América pregunta a Jesús todos los días dos cosas: Dios, ¿qué quieres que yo sepa ahora mismo? Jesús, ¿cómo quieres amarme hoy? Luego dice: “Ayúdame a ser un remedio suave para todos, porque pensar en uno mismo trae oscuridad”. Jesús quiere cercanía y amistad con cada uno de sus hijos. Leamos el testimonio de dos conversos.

Jesús le dijo a un militar israelí de Medio Oriente: “Mucha gente no sabe por qué vine al mundo, vine para derribar muros”. El militar le confesó que era pecador. Jesús explicó: “Yo no he venido a llama a justos sino a pecadores. Tu eres mío, desde el vientre de tu madre te conocí”. El orgullo construye muros, el miedo los refuerza y el tiempo los vuelve tan altos que olvidamos que hay una puerta. Uno solo que perdone iluminará a otros diez.

Otro testimonio de una chica de 25 años, Sulamita, quien vivía en Mea Shearim, un barrio del norte de Jerusalén, área de judíos ortodoxos. Entró al ejército y trabajaba en la radiofrecuencia. Hubo un ataque del enemigo y fue secuestrada por árabes. La bajaron a empujones y la llevaron al sótano. Sulamita narra: La noche que cambió mi existencia era fría. Habían pasado quizás tres semanas. Estaba en el búnker en posición fetal sobre el cemento. En ese estado de desnudez espiritual ocurrió lo impensable. Hubo un cambio en la densidad del aire. Había una figura que parecía conocer cada una de mis cicatrices. En su mirada vi que él había estado allí cada vez que me sentía sola. Yo era indigna, él ya lo sabía. Este rey se sentaba conmigo en el polvo. Dije: “¿Por qué a mí? Soy alguien que ya no tiene fe”. Jesús dijo: “No te busco por tu fe, te busco porque eres mía”. Él sabía que yo no cumplía del todo la ley. Me senté y oré sin seguir un libro, sin mirar hacia el este. Me acordé de mi padre, de mi hermano, de mi vacío. En cada palabra sentí que él me sostenía como un hermano. El tiempo se detuvo. Entendí que el Mesías no era político, sino el Señor que amaba con un amor incondicional. Vi sus manos, percibí las llagas de sus clavos. Eso convencía más que nada. Cuando la figura desapareció, su presencia seguía viva. Empecé a reír porque el secreto más grande del mundo se me había revelado en el lugar menos probable.

Al día siguiente el guardián, Bashar, me pateó para despertarme. Lo miré a los ojos. Algo lo desconcertó.

- ¿Crees que alguien vendrá por ti?

Solo le sonreí, una sonrisa débil pero auténtica.

“Desde ese día el cautiverio se convirtió en mi monasterio”, afirma. Cada palabra de la Torá que recordaba cobraba sentido. Empecé a hablar con Jesús. Me sentía libre en medio de las cadenas. Mientras los días se fundían unos con otros, yo me sentía sumergida en una conversación que no necesitaba de cuerdas vocales. Entendí que el sistema en que me eduqué era un mapa, pero yo había adoraba el papel, no el destino. Las manos de Jesús eran las manos de un carpintero que trabajaba material rebelde. El Dios que me abrazaba espiritualmente en el suelo de cemento era un Dios de cercanía.

Un día Bashar penetró con la cara de quien ha perdido una partida. “En la frontera me liberaron. Me llevaron al hospital. Mi hermano vino a visitarme con una cara de preocupación. Mi captura había traído vergüenza sobre mi familia porque una mujer que ha estado en manos del enemigo portaba impureza legal para mi comunidad. Salí del hospital. Mi familia me consideró muerta cuando opté por Cristo. Experimenté la soledad de conocer un secreto que nadie estaba dispuesto a escuchar”, cuenta Sulamita.

Comparte sus reflexiones: Ya no era una prisionera de la perfección. El momento culminante fue la eucaristía. Cuando recibí la eucaristía el hambre de siglos se sació. No era un símbolo, era Jesús, el que me acompañó en el búnker. ¡Cómo podía ser tan feliz perdiéndolo todo! En la comunidad de fe encontré una nueva familia unida por la Sangre del Cordero. El Sermón del Monte era el ritmo del Corazón de Dios. Mi secuestro fue una cita divina. Mi judaísmo ha florecido. Ahora entiendo el anhelo de los profetas. Soy Sulamita, “la amada del rey”. Sigo caminando por esta ciudad que tanto amo. Ojalá vieran que la señal ya fue dada.

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