Reconcíliate

 

 


Satanás es el trono del orgullo, y la única arma para derrotarlo es la humildad. Y la confesión nos ayuda a vivir la humildad porque reconocemos lo que está mal y pedimos perdón. No se trata de quién es el sacerdote, perdona por el poder de Dios, importa quién soy yo. Al recibir la absolución quedamos desencadenados, pero el alma está débil, por eso necesitamos la Eucaristía. Si supiéramos lo que es la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, quedaríamos en éxtasis nada más pisar la iglesia.

Estamos viviendo los tiempos de oscuridad espiritual más grande en toda la historia, y a la vez, el mundo nunca ha sido más atractivo, más seductor, más hechizante que hoy. Nunca había tenido más propuestas para que el hombre se enamore de él que hoy. El demonio quiere que estemos 24 horas entretenidos.

Hay que cuidar con esmero que nuestra confesión sea frecuente, y cuidar que la confesión de los otros también sea posible, porque no nos tardamos mucho tiempo. En suma: Estar en el confesonario el menor tiempo posible, y el tiempo que haga falta.

En la Confesión hay que fomentar la contrición, sin darla por supuesto. Es vital que nuestro examen esté lleno de dolor de amor

¿De qué tenemos que arrepentirnos? De las omisiones, de faltas de caridad o de paciencia, de nuestra indiferencia, de nuestra dureza de corazón, de faltas contra el primer Mandamiento, de la apatía…

Hay cuatro pecados que claman al Cielo y piden venganza: homicidio voluntario, sodomía y lesbianismo, oprimir al pobre y defraudar al trabajador no dándole el salario justo.

Un converso, Patrick Madrid, relata su experiencia: “La conversión es una forma de martirio. Requiere que uno se rinda ¾en cuerpo, mente, intelecto y fe- a Cristo.

El IV Concilio de Letrán establece —en el siglo XII— que al menos una vez al año el fiel se ha de acercar al Sacramento de la Penitencia.

Cinco efectos del orgullo:

Vanagloria (ostentación o disimulo), ambición, desprecio por otros, ira y resentimiento, testarudez (obstinación).

La medida del Tiempo de Dios es la misericordia. No lo olvidemos.

 

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