La crisis actual es de profundidad

 

Hay una advertencia de Jesús que pocos entienden: “El exceso de maldad enfriará la caridad de muchos; pero el que persevere hasta el final se salvará” (Mateo 24, 12).

La crisis actual es de falta de profundidad. El trigo y la cizaña están siendo separados. El Señor pregunta: Si la persecución, la enfermedad o la ausencia de Dios llega, ¿qué harías? Jesús describe al creyente que oye la Palabra de Dios y se goza, pero no tienen raíz en sí mismo, no reflexiona. La fe no es un sentimiento, es una certeza en la oscuridad. San Juan de la Cruz enseña que, a veces, Dios retira los consuelos sensibles. La sequedad espiritual es parte del camino de la santidad. Allí puede empezar el enfriamiento. Hay tres signos de alarma, son:

a) La pérdida del asombro sagrado. Ir a Misa era un acontecimiento: ahora miras el reloj en la homilía. El acostumbramiento a lo santo es el primer paso a la profanación; la rutina es el “anestésico”, el enemigo la usa para dormir tu conciencia antes de realizar la cirugía mortal;

b) la justificación de los pecados leves es camino hacia la destrucción, es una pendiente suave. Se piensa: “es sólo un programa de TV”, “es un poco de chisme sobre mi vecina”. El pecado venial deliberado y habitual debilita la caridad. Es como hacer un agujero en un barco. Un agujero no lo hunde, pero muchos agujeros, sí. Con ellos, el enfriamiento ha comenzado;

c) la oración es un monólogo, hablas, pides, te quejas deseas, pero no escuchas; no hay silencio para dejar que Dios te corrija. Dice el Apocalipsis: “He aquí que estoy a la puerta y llamo”, pero tenemos el volumen del mundo tan alto que no lo escuchamos;

d) el resentimiento silencioso contra Dios. Es esa voz que dice: “Yo te he servido, Señor, ¿por qué permitiste esto?”. Judas esperaba un libertador, un político, pero Jesús le ofreció una Cruz, y eso no lo perdonó. La acedia ataca a mitad de la vida, cuando la novedad del camino ha pasado. Este espíritu de acedia atacará a muchos. Sentirás un cansancio del alma, pero sentir no es pecado, el pecado es dialogar con ella y consentirla. Y en su pánico el alma deja de remar. Pedirle a Dios que nos haga conocer nuestro estado espiritual, si nos duele, aún estamos vivos.

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