La fe es semilla de Vida

 


                                    Los deberes y el trabajo son nuestros, los resultados son de Dios.

El acto de fe no es convencerse de una idea, es confiar en que Dios está ahí y puedo ponerme en sus manos. La fe es una semilla de vida dentro de mí. Nos toca cultivar y crecer los dones que han sido activados en ti para dar fruto al 30 (aprender), 60 (servir) y 100 (enseñar) por uno (cf Mt 13, 3-8).

Pedro pronuncia un acto de fe extraordinario ante Cristo: “¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6,68). El ser humano necesita una palabra que venga de fuera que me revele quién soy yo y traiga consigo la vida eterna.

Un señor fue a Argelia (África) a trabajar. Llegó el domingo y preguntó “¿dónde hay una iglesia católica?”. Le respondieron: “No hay, bueno, hay un monje o sacerdote en medio del bosque”. Preguntó a sus colegas que si querían ir a misa. Pensó tomar un taxi, pero como vinieron 50 pidieron varios taxis. Llegaron al lugar y preguntaron si podían escuchar una Misa. El sacerdote empezó la Misa, y estaba emocionado en el ofertorio y más en la comunión. Se sentaron a hacer la acción de gracias en la Iglesia y oyeron que el sacerdote sollozaba. Le dieron las gracias y le dieron una limosna de parte de todos los asistentes. Le preguntaron si necesitaba algo. El sacerdote les comentó que ese día era el 50 aniversario de su ordenación, entonces le había dicho al Señor: “No dejes que lo pase solo”. Vio que vinieron 50 personas, una por cada año de su aniversario y estaba conmovido.

La fe no es creer que yo puedo, la fe es creer que Dios puede.

Dios nos diría: Eres único e insustituible en el lugar en que estás, en el momento en que vives, en la situación que he dispuesto para ti. Yo te necesito para esta parcela del mundo (cfr. Ricardo Sada, Oír tu Voz, Minos, México 2013, pp. 88-89).

La fe tiene capacidad para iluminar toda la existencia del hombre; cuando su llama se apaga, todas las otras luces languidecen. No se trata de razonar mucho sino ver las cosas desde las causas altísimas.

La prueba más grande de que Dios nos ama es: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Ioh 3, 16).

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