Espíritu de verdad
El Espíritu Santo va
eliminando ese arsenal de concupiscencias y rebeldías opuestas a la gracia.
Esto puede hacerse en años o en un instante, como lo hizo Dios con Dimas, el
Buen Ladrón.
Una oración al Espíritu Santo que se rezaba antes de
algunas sesiones del Concilio Vaticano II dice así: “Espíritu Santo, muéstranos qué esperas de nosotros para que con tu
auxilio podamos darte gusto en todo”.
Santo
Tomás de Aquino señala de manera general que es por el don de la caridad como
el alma es asimilada al Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo es
esencialmente amor. Es el Amor del Padre y el Amor del Hijo. El Padre nos ama
en su Hijo con el amor con que ama eternamente a su Hijo.
San
Agustín apropia el Poder al Padre, la Sabiduría al Hijo y la Bondad al Espíritu
Santo. No hace más que seguir a la Sagrada Escritura que dice llama a Cristo la
Sabiduría (Co 1,25).
Los que se dejan conducir por el Espíritu Santo
sienten toda clase de felicidad dentro, mientras que los malos cristianos
ruedan sobre espinas y piedras. Un alma que tiene al Espíritu Santo no se
aburre nunca de la presencia de Dios. Con la ayuda del Espíritu Santo todo se
ve en grande, se perciben las menores faltas.
Ven Espíritu Divino / manda tu luz desde
el cielo. / Padre amoroso del pobre; / don, en tus dones espléndido; / luz que
penetras las almas; / fuente del mayor consuelo. / Ven dulce huésped del alma/
descanso de nuestro esfuerzo, /tregua en el duro trabajo, / brisa en las horas
de fuego, / gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. / Entra
hasta el fondo del alma, /divina luz y enriquécenos. / MIRA EL VACÍO DEL HOMBRE
/ SI TÚ LE FALTAS POR DENTRO; / mira el poder del pecado / cuando no envías tu
aliento. / Riega la tierra en sequía, /sana el corazón enfermo /lava las
manchas e infunde / calor de vida en el hielo, / doma el espíritu indómito
/guía al que tuerce el sendero. / Reparte tus siete dones, /según la fe de
tus siervos; / Por tu bondad y tus gracias, /dale al esfuerzo su mérito; /
salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. AMÉN.
Ahora bien, Dios
no se comunica con el ruido. Cuando descubre el interior de un alma obstruido
por mil cosas, no tiene ninguna prisa en entregarse, en ir a alojarse en medio
de esas mil nimiedades. Tiene su amor propio. No le gusta ponerse a la par con
las baratijas. Cuanto más el alma se derrama en las cosas, tanto menos insiste
el Espíritu Santo. Si, por el contrario, observa que alguno se desembaraza de
esas naderías y busca el silencio, Dios se le acerca. ¡Esto le entusiasma!
Puede manifestarse, pues sabe que el alma le oirá. No siempre, ni será lo más
común mostrarse de una manera patente; pero el alma, a buen seguro, se sentirá oscuramente
invitada a subir. Otra razón por la cual el alma que aspira a la fidelidad ha
de vivir recogida, es que el
Espíritu Santo sopla no sólo donde quiere, sino cuando quiere. En
cualquier momento puede venirnos una invitación. En todo momento, por ello, es
necesario estar atento; no, ciertamente, con atención ansiosa, sino inteligente, en armonía perfecta
con la sabia actividad de una alma entregada por completo a su deber.
El
Espíritu Santo quiere hacer grandes cosas en nuestras vidas. Ahora bien, lo más
importante es que cada uno sea lo que
debe ser. Veamos como lo decía Martin Luther King: “Si no puedes ser un pino sobre el monte, sé una hierba, pero sé la
mejor hierba pequeña a la orilla del arroyo. Si no puedes ser un árbol, sé un
arbusto. Si no puedes ser una autopista, sé un sendero. Si no puedes ser el
sol, sé una estrella, Sé siempre lo mejor de eso que eres. Trata de descubrir
el proyecto que estás llamado a realizar y dedícate con pasión a cumplirlo en
tu vida”.
Santo Tomás de Aquino señala de manera general que es
por el don de la caridad como el alma es asimilada al Espíritu Santo, porque el
Espíritu Santo es esencialmente amor. Es el Amor del Padre y el Amor del Hijo.
El Padre nos ama en su Hijo con el amor con que ama eternamente a su Hijo (cfr.
Alexis Riaud, La acción del Espíritu
Santo en las almas, p. 168).
Oraciones al Espíritu Santo
Divino escultor, Espíritu Santo, ven a
esculpirme según el gusto y el querer del Padre. Ven y arranca las aristas e
imperfecciones que desfiguran en mí la imagen de tu Hijo Jesús.
Y otra:
Espíritu
Santo, que habitas en María, condúceme a la fuente de misericordia, al costado
traspasado de Jesucristo.
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