Amor a la Cruz en lo ordinario
En una entrevista al Cardenal Ratzinger, Messori le pidió hacer un resumen de los 20 siglos de cristianismo. El cardenal Ratzinger contestó: durante 19 siglos los cristianos han aceptado la Cruz, sólo en el último siglo se la ha rechazado. Es para pensarse pues somos personas de este tiempo.
El amor a la Cruz es algo que no sale espontáneamente. ¿Por qué
habrá querido Dios el camino de la Cruz? Es algo misterioso. Podríamos tomar en
cuenta que las contrariedades pueden ser mensajes de Dios. Otras veces, con
ellas, Dios nos poda.
No exagerar las
dificultades, por el contrario, llevar bien las contrariedades. No son
contrariedades el que salgan o no las cosas. La única contrariedad es
examinarse y ver que le hemos fallado a Dios en alguna cosa. Las
contrariedades bien llevadas edifican la Iglesia.
San Agustín pedía a Dios: “Graba, Señor, tus llagas en mi
corazón, para que me sirvan de libro donde pueda leer tu dolor y tu amor; tu
dolor, para soportar por ti toda suerte de dolores; tu amor, para menospreciar
por el tuyo todos los demás amores”.
Dios conoce a maravilla la proporción y la oportunidad de los consuelos,
la proporción y la oportunidad de las desolaciones, y, si se me permite la
palabra, Él dosifica los consuelos y dosifica las penas en nuestra alma;
podemos confiar en su sabiduría y en su amor. Siendo la Sabiduría infinita,
sabe muy bien cuándo necesitamos una cosa u otra y en qué proporción la debe
derramar en nuestra alma. Y como nos ama con un amor infinito, busca nuestro
bien y piensa en la salud de nuestra alma. La desolación es también
indispensable para el desarrollo de nuestra vida espiritual (Luis Ma. Martínez,
El Espíritu Santo).
El Papa Benedicto XVI escribió un Via Crucis para leerlo en el Coliseo, y
allí habla de los frutos de la cruz, en la undécima estación:
De la cruz nace la vida nueva de
Saulo,
de la cruz nace la conversión de
Agustín,
de la cruz nace la pobreza feliz
de San Francisco,
de la cruz nace la bondad
expansiva de Vicente de Paúl,
de la cruz nace el heroísmo de
Maximilano Kolbe,
de la cruz nace la maravillosa
caridad de Madre Teresa de Calcuta,
de la cruz nace la valentía de
Juan Pablo II,
de la cruz nace la revolución del
amor:
por eso la cruz no es la muerte
de Dios,
sino el nacimiento de su Amor en
el mundo.
Santa
Margarita María de Alacoque
cuenta: “Un día se me apareció el Sagrado
Corazón y me dijo: ¿Cuál prefieres de estas dos gracias?: La salud del cuerpo,
la alegría del alma debida a la confianza de tus superioras, la estima y el
afecto de tus compañeras y el aprecio de la gente, o, la enfermedad, la prueba
de la desconfianza de tus superioras, el desprecio de tus compañeras y cien
sufrimientos más”. Como Margarita María era inteligente le contestó al
Sagrado Corazón: “Tú elige por mí”. Y
Jesús le respondió: “elijo la Cruz para
ti porque el camino de la Cruz es el que más me gusta, pues por él es como más
os parecéis a mí”. En ese momento vio los sufrimientos de su vida y tembló,
pero pensó: “Cuando un alma ama, le da al
amado lo más precioso que posee. Cuando Dios ama, da el paraíso, y fuera del
paraíso, nada hay más precioso que
Lo
más difícil es renunciar a uno mismo, al propio yo: al capricho, al egoísmo. Queremos que
nuestro yo sea exaltado, amado, admirado; y en cambio, Dios nos pide la
conciencia de nuestra nada, de nuestra indigencia. (Cfr. Luisa Picarreta, Tomo
I de Libro del Cielo).
Le
decía Jesús a Josefa Menéndez, una mística española: “¿Sabes por qué te elegí
como secretaria? Porque no encontré a nadie más miserable que tú”.
Jesús sufrió más que cualquier hombre. Él no veía el
suceso del momento. Veía las consecuencias que ese suceso tendría en la
eternidad; enseñándonos que el sufrimiento termina, pero los efectos de ese
sufrimiento no terminan pues tienen frutos de vida eterna (Valtorta).
El ser humano que sufre “completa lo que falta a los padecimientos de
Cristo” (cfr. Colosenses 1, 24). En la dimensión espiritual sirve para la
salvación de muchos: es un servicio insustituible. No hay otro camino para
salvar al mundo: la Cruz, el sufrimiento.
Jesucristo, que es Dios, no escogió otro camino que éste para ser Salvador.
Dios quiere que sepamos que la cruz se convertirá en Gloria para nosotros pero
en la otra vida.
El
doctor Ignacio Carrasco García habla: “La vida que propone Jesucristo es ante todo una
llamada a parecerse a Él, llenando de sentido la inteligencia, la voluntad y el
corazón humanos, y transformando la vida en un proyecto apasionado de santidad
–que es felicidad-, desde el nacimiento hasta la muerte.
Así, la
conducta cristiana que busca la perfección es una moral de “respuesta” a la
“llamada” de Dios. Si la llamada ha sido gratuita y total, la “respuesta” debe
ser también total. Esa moral sin grados se manifiesta también por la altura y
el alcance de las bienaventuranzas enseñadas por Cristo. Por las grandes
exigencias que presenta, el Sermón de la Montaña se constituye en un programa
único para todos los que quieren seguirle”.
Jesus tacebat (Mt 26, 63). A
veces una situación nos hace polvo. Es Dios...
Podemos decirle con San Josemaría: Gracias por lo que no entiendo,
por lo que me hace sufrir.
Cuando Dios quiere afligir a un alma, sólo Él puede consolarla (Juan Arintero).
En una entrevista al Cardenal
Ratzinger, Messori le pidió hacer un resumen de los 20 siglos de cristianismo.
El cardenal Ratzinger contestó: durante
19 siglos los cristianos han aceptado la Cruz, sólo en el último siglo se la ha
rechazado. Es para pensarse
pues somos personas de este tiempo.
El amor a la Cruz es algo que no sale espontáneamente. ¿Por qué
habrá querido Dios el camino de la Cruz? Es algo misterioso. Podríamos tomar en
cuenta que las contrariedades pueden ser mensajes de Dios. Otras veces, con
ellas, Dios nos poda.
No exagerar las
dificultades, por el contrario, llevar bien las contrariedades. No son
contrariedades el que salgan o no las cosas. La única contrariedad es
examinarse y ver que le hemos fallado a Dios en alguna cosa. Las
contrariedades bien llevadas edifican la Iglesia.
San Agustín pedía a Dios: “Graba, Señor, tus llagas en mi
corazón, para que me sirvan de libro donde pueda leer tu dolor y tu amor; tu
dolor, para soportar por ti toda suerte de dolores; tu amor, para menospreciar
por el tuyo todos los demás amores”.
Dios conoce a maravilla la proporción y la oportunidad de los consuelos,
la proporción y la oportunidad de las desolaciones, y, si se me permite la
palabra, Él dosifica los consuelos y dosifica las penas en nuestra alma;
podemos confiar en su sabiduría y en su amor. Siendo la Sabiduría infinita,
sabe muy bien cuándo necesitamos una cosa u otra y en qué proporción la debe
derramar en nuestra alma. Y como nos ama con un amor infinito, busca nuestro
bien y piensa en la salud de nuestra alma. La desolación es también
indispensable para el desarrollo de nuestra vida espiritual (Luis Ma. Martínez,
El Espíritu Santo).
El Papa Benedicto XVI escribió un Via Crucis para leerlo en el Coliseo, y
allí habla de los frutos de la cruz, en la undécima estación:
De la cruz nace la vida nueva de
Saulo,
de la cruz nace la conversión de
Agustín,
de la cruz nace la pobreza feliz
de San Francisco,
de la cruz nace la bondad
expansiva de Vicente de Paúl,
de la cruz nace el heroísmo de
Maximilano Kolbe,
de la cruz nace la maravillosa
caridad de Madre Teresa de Calcuta,
de la cruz nace la valentía de
Juan Pablo II,
de la cruz nace la revolución del
amor:
por eso la cruz no es la muerte
de Dios,
sino el nacimiento de su Amor en
el mundo.
Santa
Margarita María de Alacoque
cuenta: “Un día se me apareció el Sagrado
Corazón y me dijo: ¿Cuál prefieres de estas dos gracias?: La salud del cuerpo,
la alegría del alma debida a la confianza de tus superioras, la estima y el
afecto de tus compañeras y el aprecio de la gente, o, la enfermedad, la prueba
de la desconfianza de tus superioras, el desprecio de tus compañeras y cien
sufrimientos más”. Como Margarita María era inteligente le contestó al
Sagrado Corazón: “Tú elige por mí”. Y
Jesús le respondió: “elijo la Cruz para
ti porque el camino de la Cruz es el que más me gusta, pues por él es como más
os parecéis a mí”. En ese momento vio los sufrimientos de su vida y tembló,
pero pensó: “Cuando un alma ama, le da al
amado lo más precioso que posee. Cuando Dios ama, da el paraíso, y fuera del
paraíso, nada hay más precioso que
Lo
más difícil es renunciar a uno mismo, al propio yo: al capricho, al egoísmo. Queremos que
nuestro yo sea exaltado, amado, admirado; y en cambio, Dios nos pide la
conciencia de nuestra nada, de nuestra indigencia. (Cfr. Luisa Picarreta, Tomo
I de Libro del Cielo).
Le
decía Jesús a Josefa Menéndez, una mística española: “¿Sabes por qué te elegí
como secretaria? Porque no encontré a nadie más miserable que tú”.
Jesús sufrió más que cualquier hombre. Él no veía el
suceso del momento. Veía las consecuencias que ese suceso tendría en la
eternidad; enseñándonos que el sufrimiento termina, pero los efectos de ese
sufrimiento no terminan pues tienen frutos de vida eterna (Valtorta).
El ser humano que sufre “completa lo que falta a los padecimientos de
Cristo” (cfr. Colosenses 1, 24). En la dimensión espiritual sirve para la
salvación de muchos: es un servicio insustituible. No hay otro camino para
salvar al mundo: la Cruz, el sufrimiento.
Jesucristo, que es Dios, no escogió otro camino que éste para ser Salvador.
Dios quiere que sepamos que la cruz se convertirá en Gloria para nosotros pero
en la otra vida.
El
doctor Ignacio Carrasco García habla: “La vida que propone Jesucristo es ante todo una
llamada a parecerse a Él, llenando de sentido la inteligencia, la voluntad y el
corazón humanos, y transformando la vida en un proyecto apasionado de santidad
–que es felicidad-, desde el nacimiento hasta la muerte.
Así, la
conducta cristiana que busca la perfección es una moral de “respuesta” a la
“llamada” de Dios. Si la llamada ha sido gratuita y total, la “respuesta” debe
ser también total. Esa moral sin grados se manifiesta también por la altura y
el alcance de las bienaventuranzas enseñadas por Cristo. Por las grandes
exigencias que presenta, el Sermón de la Montaña se constituye en un programa
único para todos los que quieren seguirle”.
Jesus tacebat (Mt 26, 63). A
veces una situación nos hace polvo. Es Dios...
Podemos decirle con San Josemaría: Gracias por lo que no entiendo,
por lo que me hace sufrir.
Cuando Dios quiere afligir a un alma, sólo Él puede consolarla (Juan Arintero).

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