Armas para el combate espiritual

 


Estamos en una guerra espiritual para la que necesitamos protección, es decir, una “armadura” y armas. De Dios nos viene la fortaleza, la alegría y la perseverancia en la lucha diaria.

Para subir una montaña se requiere entrenamiento y estar en forma. A todos nos cuesta hacer oración, sin embargo, hay que esforzarnos para oír a Dios. Él nos ama y ama que le hablemos. Podemos empezar por 10 minutos diarios de oración, para ir aumentando paulatinamente los minutos.

El único que puede controlar nuestras fuerzas salvajes es Jesús; los defectos de carácter detienen nuestro caminar. ¿De qué necesito protegerme? Del enemigo y de mi mismo. Nuestros defectos lastiman a los que nos rodean y, si queremos, podemos irlos puliendo. Nuestros pensamientos negativos han de ser neutralizados con una visión optimista. Hay resentimientos que pueden hacernos daño ya que llevan a una acción disfuncional. Asimismo, debemos protegernos de nuestra baja autoestima que nos impide valorar nuestro ser en su justa medida. No se trata de empoderarnos, sino que hemos de conocer quiénes somos: puntos fuertes y puntos flacos. Hay que reconocer nuestras virtudes y las cosas buenas que hemos recibido.

San Pablo nos invita a encontrar nuestra fuerza en el Señor (cfr. Efesios 6, 10-13). Necesitamos disciplina para ponernos la armadura porque requerimos luchar contra los engaños del mismísimo Satanás.

Esther Bonnin nos aconseja ser responsables de nuestra vida y estar firmes con la ayuda de Dios, para resistir “el día malo”. Veamos las armas del cristiano.

La espada del espíritu es la Palabra de Dios. Vemos que Cristo le contestó al demonio con la Palabra de Dios, no se peleó con él, por eso necesitamos leer la Biblia. El casco o yelmo de la salvación, nos recuerda quién nos salvó y de quién somos hijos. El escudo de la fe, para inutilizar los dardos del enemigo, con la fe. La armadura de la justicia, para resistir las tentaciones y ataques del mal.

¿Alguna vez te has sentido desprotegido? “sí, decía un joven, porque una pandilla me esperaba a la salida de la escuela porque la novia del líder me pidió prestada mi chaqueta”. ¿Y qué pasó? Que ese día, providencialmente, su abuelita fue por él en coche. Algunos nos hemos sentido desprotegidos ante las amenazas de la calle: un ladrón en moto, un drogadicto, un borracho subido en un coche o la falta de dinero. ¡Cómo ayuda acordarnos en ese momento de nuestro Ángel de la guarda!

¿Qué situación enfrentas actualmente? ¿Miedos? Nos creemos la mentira de que estamos solos, que Dios no interviene si oramos. Sentimos miedo al juicio de otros. Podemos sentirnos indignos e insignificantes. Hay que ver el trauma ante una situación concreta para poder sanar esa herida con el “bálsamo” de Dios. Hay quienes tienen miedo a la vulnerabilidad. Cargamos mucho dolor emocional. El ejercicio indebido del poder para lograr resultados lleva a ser manipulador, obstinado y perfeccionista, a sentirnos superiores, y eso lleva a la desconfianza. Podemos ser presa del orgullo, éste se construye sobre el miedo a fracasar. Somos inflexibles, obstinados, juzgamos, criticamos a los demás y a nosotros mismos. Caemos en la auto suficiencia; mentimos, retamos, somos burlones y vanidosos. Podemos tener “complejo de víctima”. Todo eso reemplaza nuestra identidad como hijos de Dios.

Muchas veces pecamos por miedo o por orgullo; Satanás va a tratar de esclavizarnos a través de las conductas destructivas que nos hacen adictos. Dentro de lo oculto está la ira compulsiva y fuera de control, amargura, represalias, venganza, odio, violencia y asesinato. También están la brujería, los psíquicos, la santería, las prácticas de la Nueva Era. ¿Qué mentira me susurró el enemigo? “A nadie le hago falta”, “soy un error”, “la misericordia es para todos menos para mí”, “no hay esperanza”, “mostrar emociones significa que soy débil”. Estos pensamientos intoxican nuestra alma. El enemigo nos presenta eso como soluciones porque es Mentiroso. Hay que rechazarlas, no darles vuelta. Satanás quiere robarnos nuestra identidad de Hijos amados de Dios.

Todas estas son mentiras dichas por Satanás. Hay que identificar esos engaños y desecharlos. La verdad es que Dios nunca nos desampara, sino que nos ama con amor incondicional. Dios nos invita a usar toda la armadura para estar firmes ante esos engaños que nos hacen olvidar que ya Cristo nos compró con su Sangre Preciosa.


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