Comunicación entre padres e hijos
La mayoría de problemas del día a día de la convivencia
familiar se resolverían, si nos esforzáramos por tener una buena
comunicación con nuestros hijos. Para comunicarse no se necesitan palabras,
sino que se necesita afecto y que haya un clima de confianza y, ¿cómo
conseguirlo?.. Podemos reflexionarlo, puesto que se hace muy difícil recibir la
confianza de nuestros hijos si no hacemos un esfuerzo para ser acogedores y
estar tranquilos y de buen humor a la hora de comunicarnos. Es imprescindible
comprender a nuestros hijos; saber intuir qué les preocupa, qué nos quieren
decir o qué necesitan. La base de la comunicación, es amar, interesarse por sus
cosas y ayudar a que ellos solos vayan resolviendo sus dificultades. Cuando hay
confianza se actúa con calma, no se improvisa y se da paz.
Hay muchas virtudes que pueden ser
útiles para ayudar a la comunicación, con el clima de confianza adecuado,
que favorece el diálogo, base de la comunicación, pero yo destacaría dos: la
sinceridad y la discreción.
1. Nuestra sinceridad tiene que ser ejemplar, la verdad tiene que ser
objetiva, clara. Por ejemplo, si nos equivoquemos, pedimos perdón y lo
reconocemos. Sobre todo en la adolescencia tenemos que ser pacientes y estar
preparados para que nos expliquen lo más impensable sin perder los nervios. Lo
que es más importante siempre es que los hijos nos digan la verdad. Escuchar
las cien cosas que nos cuentan para que, cuando llegue la importante, nos la
digan.
2. Usar de discreción, es decir, de la reserva en las acciones y en las
palabras, reserva del que no hace sino aquello que conviene hacer, de quien no
dice sino aquello que conviene decir, que sabe callar aquello que le ha estado
confiado.
Muchos hijos se quejan de que sus padres, dan a conocer sus confidencias. Esto
influiría en la confianza que nos habrían dado los hijos; ya que sería
''ventilar'' sus emociones; tampoco los hijos entienden las ironías ni bromas
sobre sus ''cosas'', por lo tanto no conviene decir lo que nos confían y
tenemos que considerar que para ellos aquello es muy importante, aunque a los
mayores nos parezca de poco valor.
Con la virtud de la discreción nace el discernimiento, para saber cuándo
es prudente preguntar, o cuando hace falta esperar para hacerlo, puesto que
hace falta respetar la intimidad del hijo y tener paciencia para recibir la
confidencia. También distinguir el momento en que es conveniente dar el consejo
oportuno. Cuando un niño pequeño hace un berrinche, ¿verdad que es muy difícil
corregirlo en ese momento? Con los hijos mayores tenemos que hacer lo mismo, es
sencillamente pasar por alto el momento de ofuscación y buscar el tiempo para
dialogar con calma y serenidad. Una persona discreta no impone, no coacciona
sino que observa y ayuda a mejorar reconociendo que ella también tiene defectos;
por lo tanto, no se sobresalta por nada, y, con esta comprensión anima a su
hijo a la sinceridad. También es importante comprender los cambios de humor y
las inquietudes de los hijos adolescentes.
Victoria Cardona Romeo (Vida
de Familia).

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