Hacer presente a Cristo con la propia vida


 Carlos Villar se plantea: ¿Cómo ser luz en este mundo? ¿Por qué la fatiga de la fe? Y encuentra respuesta en Romano Guardini. Este autor, en su libro Libertad, gracia y destino hace unas consideraciones que dan luz. Dice que al principio del cristianismo el creyente tenía una visión unitaria del mundo; esto se mantiene en la Alta Edad Media, y, a partir del Renacimiento viene la fragmentación, con lo cual el creyente tiene dificultades para creer.

El creyente, al no tener una visión unitaria, repliega la fe a su interior. Ha hecho de la necesidad de no saber tener una visión unitaria de su vida y su fe, ha elaborado una fe químicamente pura, pero artificial. Se ha olvidado de la creación del Padre. Esto ha creado tres tipos de fe: 1) cuando la fe se vive replegándola a sí mismo; 2) la fe que entra en relación con el mundo en choque contra lo corporal: hay miedo a la carne, al instinto, hay cierto maniqueísmo; 3) el que se acoge a la apologética, pero la fe no se despliega en la vida.

La misión del cristiano no es sólo encontrar a Dios en el mundo, sino a través del mundo. Esta es la luz que da Guardini. Nos corresponde abrazar con fuerza el drama de la vida -con toda su belleza y todo su dolor-, muchos problemas de fe son problemas de humanidad. En la vida hay dolor, culpa, muerte, etc. Cristo nos da nuestra identidad. Hay que edificar sobre una humanidad solidez.

Muchos problemas de oración son problemas de vida. Cristo no es una idea, es una Persona, es Camino, Verdad y Vida. ¿Qué atrae en un cristiano? La autenticidad, la verdad.

Dimas ve a Cristo y encuentra una inocencia y esa inocencia le enamora, y descubre que eso ha buscado toda la vida. En algún momento de la vida, uno descubre que no es lo que tenía que ser. El creyente tiene fuerza cuando habla y vive lo que habla, como Jesús, cuando es coherente, auténtico, de otro modo no hay vida, no hay pulso.

Un muchacho fue a ver a un amigo a la cárcel. Le cuenta el amigo: “Hoy ha venido mi madre y he percibido en su mirada la duda. Aquí, en la cárcel, he descubierto quién soy, he descubierto mi careta, he descubierto la soledad. Aquí he aprendido a rezar con los salmos: Ojalá tuviera alas para salir de aquí”.

Hay que encontrar la soberbia y quitarse las máscaras y ser lo que estamos llamados a ser. Hay que pasar de la sinceridad a la veracidad. La sinceridad dice: “He hecho esto o lo otro”. La veracidad es la verdad, encuentra el motivo, la intención, de su actuación: ¿por qué me entrego? Porque necesito recompensa o porque deseo amar sin poseer, servir a Jesús. ¿Por qué tanta necesidad de reconocimiento? Eso quita libertad interior. No podemos girar en torno a la propia imagen, al propio yo. Con ayuda de Dios y con el conocimiento propio debemos tener una afectividad sana, ordenada. No es lo mismo sentirse feliz que ser feliz. La cultura dominante crea personas banales, triviales, superficiales, insustanciales, que carecen de profundidad en sus pensamientos y sentimientos. La vocación del hombre es el amor, el hombre busca un amor que no acaba. ¿Por qué desaparece la persona que amo? Sólo Cristo da la respuesta.

 



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