Pecado original y Redención


 

El doctor Louis Cardona explica: El “yo” ha quedado enfermo con el pecado original, lo que hay que redimir es el “yo”, por eso Dios se hace Hombre.

El hombre tiene dos opciones: ser en Dios (donarse a Dios) o ser en sí (donarse a sí mismo). Y esta es la libertad trascendental. Consiste en decidir qué prefiere: ser en Dios o ser en sí.

Todos se hacen esta pregunta: ¿Elijo a Dios o no? La relación con Dios es del ser. Luego llega la conciencia y dice “no me gusta”. Confunde el tema de la libertad, porque cree que siendo en sí puede decidir el bien y el mal como si fuera Dios. El mejor modo de ser en sí, es ser como Jesús, así somos más felices.

Conviene distinguir. Dios es el Creador, y por eso su ser es identidad, y el hombre es una criatura por eso es una jerarquía de dualidades.

El pecado original tiene su origen en querer ser Dios. Adán no se conforma con ser hijo de Dios y se rebela; en realidad, Dios respeta la libertad de Adán y Eva.

Decir que el hombre es persona es decir que es nacido de Dios, porque es hijo de Dios como criatura espiritual, no es creado de la nada sino creado de un soplo divino. En cambio, el “yo” es un hábito puesto a disposición. Si el “yo” fuese persona tendríamos a la persona divina.

Dios decide crear a la persona humana, y ésta suscita el “yo” dentro de ella. La persona es un habitante del universo, con lo cual tiene que vivir, no sólo ser. Y para vivir suscita un hábito innato que es el “yo”.

El árbol de la ciencia del bien y del mal se pone a disposición del hombre. Aparece algo no previsto por Dios, pero es una decisión humana de querer yo comer. El “yo” se hace sujeto, ignora la dimensión personal. Entonces, cuando identificamos verdad con bien nos equivocamos. Se entiende el “yo” orgulloso. La persona va a perderse en el “yo”. Así, acabaremos diciendo que Dios es una cuestión personal, que decido yo. Entonces la verdad y el bien son cuestiones personales. El sexo será visto como cuestión personal donde “yo” decido.

Adán transforma la identidad en ser como Dios, quiere ser Dios para sí, y transforma la réplica en poder. No quiere ser hijo, quiere ser padre.

Lo que “me parece” se convierte en realidad para mí. Si yo me declaro origen me olvido de la dimensión divina, y aparece el orgullo. “Dios existe si me es útil”. El orgullo genera la soberbia, y a los modos distintos de hacer al mío, los voy a juzgar y a condenar, y a llamarles “defectos” porque no son como yo. Los demás tienen que estar para mí. Me intereso en los demás mientras me son útiles. Esto es lo que se llama despersonalización. Entonces el amar lo decido “yo”: a quién amar, cómo amar. “Yo” decido conocer, la libertad y Dios, lo decido yo. Al final el “yo” se cree origen del universo.

No es fácil darse cuenta de lo que significó la prueba de Adán y Eva, respecto a la libertad trascendental. Lo que nuestros primeros padres no veían es que Dios es en sí, creador.

Nuestros primeros padres son en Dios, son criaturas, son una persona humana que busca la réplica. El hombre en sí es soledad, pero puede buscar la réplica en Jesús.

El hombre no es fuente de moralidad: no decido qué es el bien y qué es el mal. Nuestros primeros padres sabían que tenían que elegir: ser en Dios (dependientes) o ser en sí (lo que daba sensación de autonomía). Dios permite la prueba. Querían ser Dios. Creyeron que Dios los engañaba y les esclavizaba sin motivo y luego, ¡sorpresa!, porque las consecuencias de querer ser en sí es la despersonalización, el oscurecimiento. El orgullo hace que uno se piense réplica de sí mismo. Todo lo de “auto” -como autorrealización- tiene que ver con esto. Cuando el “yo” se cree Dios, sucede esto.

El no tocar el árbol no era opción, era un mandato divino. Dios le va a dar al hombre una segunda oportunidad con Jesús.

La maldición de la mujer tiene que ver ser dominada, con la soberbia, sobre todo. La maldición del hombre tiene que ver con el egoísmo.

Jesús promueve la dimensión personal, la comunión con el Espíritu Santo. Esto es sorprendente y muy apasionante. Permite la ampliación dual del yo. Es humildad. No propone la réplica de sí mismo. Jesús prefiere “un ser en Dios”. Eleva la dimensión personal, gracias a Él podemos elegir en Dios. Jesús permite la ampliación dual del yo, réplica por identificación (humildad). Con Jesús podemos resucitar.

Todos los días experimentamos el orgullo, la soberbia y el egoísmo porque nuestro “yo” está enfermo y queremos ser Dios, por eso es importante Jesús. En el Bautismo hay un principio, luego hay que potenciarlo. Jesús se hace Hombre porque tiene que curar al yo (quería ser acto de ser para que se diera la réplica divina en el hombre), no le bastaba ser sujeto, quería ser más.

Jesucristo

Jesús con nosotros se hace dual. El Verbo no se hace dual, Jesús, sí. Dios es identidad, en Dios no hay niveles. Pero cuando se hace Hombre, es naturaleza humana, esa sí hace posible que se dualice con el ser humano. Jesús, en su humanidad se puede dualizar y por eso se pone a curar, porque su objetivo es curarnos.

En el hombre la conciencia no es personal, es un hábito, es un mecanismo para tomar decisiones. La persona en nosotros es amar, conocer, libertad, búsqueda de réplica, son impulsos de ser. La persona es imagen del Dios personal.

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