Te adoro con devoción, Dios escondido 1

 


El Himno Adorote devote es una profesión maravillosa de las verdades de la fe. Este himno es un diálogo personal con Jesús sacramentado. Comienza con un acto de adoración a la Eucaristía: Te adoro con fervor deidad oculta, que estás bajo estas formas escondida. En este sacramento “están contenidos verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro señor Jesucristo. y, por consiguiente, Cristo entero” (Concilio de Trento, sesión XIII, Decreto sobre la Sagrada Eucaristía, canon 1). Jesús se halla presente, pero no se le ve: está oculto bajo las especies de pan y vino.

Dios está presente siempre en nuestra vida. “Dios habita en lo más alto y mira las cosas pequeñas” (Salmo137, 6 Vg): se fija con amor en cada uno de nosotros.No hemos de tener reparo en manifestarle a Dios que le amamos y le adoramos, decirle: ¡Creo que eres Tú, que estás en las especies sacramentales!, ¡te adoro, te amo!

A Ti mi corazón se rinde entero, y desfallece todo si te mira.

Pasmarse ante este misterio de amor, ante la entrega de Jesucristo en la Eucaristía: se humilló hasta esos extremos por amor a cada uno de nosotros, para colmar las necesidades de nuestro pobre corazón. Jesús se ha quedado en la Eucaristía para saciar nuestras ansias de amar, para ayudar a nuestra flaqueza, para remediar nuestras angustias y nuestra soledad; para sostenernos en la lucha y para enseñarnos a amar.

La lógica eucarística supera toda lógica humana; su donación desborda la pequeñes del espíritu humano. La frecuencia con que visitamos al Señor está en función de dos factores: la fe y el afecto. Hay que sentirnos interpelados por Jesús, que dio su vida por nosotros.

Ante el Santísimo sacramento, fallan la vista, el tacto y el gusto, sólo con el oído se puede tener fe segura. Sólo el oído salva al hombre del naufragio sensible ante la Eucaristía. Sólo oyendo la Palabra de Dios se puede saber que la sustancia, aunque lo parezca, no es pan sino el cuerpo de Cristo, que no es vino sino la sangre del Redentor. San Josemaría decía: Creo más que si te escuchara con mis oídos, más que si te viera con mis ojos, más que si te tocara con mis manos” (Carta 28-III-73, n. 7).

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