Futuro incierto


 Dentro de 50 años, en ese lejano 2075, ninguno de nosotros estará aquí. Nuestros pasos se habrán borrado de la tierra y nuestras voces se habrán apagado en el viento. Personas que jamás conoceremos vivirán en nuestras casas, usarán nuestras cosas, y ni siquiera imaginarán que un día reímos, lloramos o soñamos entre esas paredes. Seremos apenas un nombre perdido en la memoria de quienes nos amaron… y luego, incluso ese nombre será polvo. Y cuando uno comprende eso, la vida se revela con una claridad inmensa:

- qué inútil es vivir con enojo, compitiendo, envidiando… como si fuéramos eternos.
- Qué absurdo correr tras lo perfecto mientras el tiempo, silencioso e implacable, sigue su camino.
La vida —tan breve, tan frágil, tan sagrada— no fue hecha para sufrir, sino para sentirse y ser amado.
Nos toca agradecer cada amanecer, cada abrazo, cada alimento, cada respiro. Podemos valorar más a familiares y amigos, quienes hoy caminan con nosotros, sabiendo que no siempre estarán, así como no siempre estuvimos con quienes una vez amamos y que ahora son apenas estrellas fugaces, hermosas mientras brillaron, pero destinadas a seguir su propio rumbo.
No hay espacio para el enojo cuando se comprende que todos somos viajeros temporales. Cada persona que cruza nuestro camino trae una enseñanza, un cariño, una herida o una luz. Y aun cuando el destino nos aleja, queda lo esencial: la gratitud por el momento compartido.
Vivamos, entonces, con el corazón ligero y las manos abiertas. Hagamos el bien mientras podamos, amemos sin miedo, perdonemos sin rencor, y celebremos la vida sin esperar un “mañana perfecto”. Porque nuestra estadía aquí es apenas un suspiro, y ese suspiro merece ser vivido con amor, con paz, y con un agradecimiento profundo a Dios y a quienes hoy, todavía, están a nuestro lado. Nuestros seres queridos, abuelos, esposo o esposa, hijos y familiares y por supuesto, a nuestros queridos amigos.

Anónimo

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