Gabriela Ferreti, da su testimonio

 


En 1997, cuando Carlo tenía seis años le preguntó a Gabriela Ferreti, su vecina: “¿Usted cree que los niños pueden ser santos?”. Gabriela respondió que sí, pero que no pensara en eso. Carlo le dijo: “Yo voy a ser santo, voy a morir a los quince años, y usted va a contar esta historia cuando yo no esté aquí”.

Gabriela trabajaba como maestra de primaria, se mudó de Nápoles a Milán para estar con su hija. Se mudó a un edificio elegante. Allí vio a Carlo que, a los tres años, le decía a su mamá que tenían una vecina nueva. Se acercó a él y el niño preguntó: “Señora, soy Carlo, ¿usted ama a Jesús?”. Su mamá Antonia se disculpó y Gabriela dijo que era un niño encantador.

Descubrí que la familia Acutis era acomodada. Una tarde, mientras tomaban café en la cocina de Gabriela, Antonia le dijo a Gabriela: “No soy atea, pero tampoco soy practicante, voy poquísimas veces a Misa”.

Cuando Carlo tenía cuatro años, Carlo me llamó desde el balcón superior y me dijo: “Señora, ¿usted conoce a Francisco de Asís? Me habló anoche mientras dormía, me dijo que iba a amar mucho a los pobres como él. ¿Y conoce a San Tarcisio? Murió a los 12 años defendiendo a la Eucaristía”.

Antonia compró una enciclopedia católica para poder responder a las preguntas de su hijo. Gabriela le contó a su mamá lo que le dijo Carlos sobre San Tarcisio. Buscaron en la enciclopedia y, efectivamente, Tarcisio era un joven santo de tiempos antiguos. Carlo hablaba de niños santos, hablaba de sus vidas, sus virtudes, sus sacrificios. No había forma humana de que lo supiera.

Un día salió a su balcón y dijo: “Mi nueva maestra se llama Benedetta, está muy triste porque su esposo tiene cáncer, pero va a curarse si reza el Rosario”. La vecina le preguntó: “¿Cómo sabes el nombre de tu nueva maestra?”. Carlo respondió: “Me lo dijo mi Ángel de la guarda anoche mientras yo dormía”.

Cuando regresó Carlo confirmó que su maestra se llamaba Benedetta. La maestra le dijo a Antonia: “Su hijo me sorprende, yo no le había dicho a nadie, ni a la directora, que mi esposo tenía un cáncer de páncreas avanzado, porque no quería ser tratada diferente. Su hijo me dijo que si rezaba el Rosario se iba a mejorar notablemente”. Benedetta comenzó a rezar el Rosario diariamente con fe renovada. Tres meses después los médicos estaban desconcertados porque el cáncer había entrado en remisión espontánea completa. Benedetta supo que se debía a la oración a la Virgen.

En marzo, cuando Carlo tenía cinco años, una noche, alrededor de las 2 de la mañana escuché un canto hermosísimo, etéreo, puro, parecía provenir del departamento de los Acutis. En la habitación había una luz brillando, dorada, que pulsaba rítmicamente. Traté de mirar… Carlo estaba arrodillado. El canto celestial era como en latín. La luz se apagó lentamente. Carlo se acostó y se durmió como si nada hubiera ocurrido. Yo me quedé temblando, pensé que era alucinación, pero era real. Al día siguiente se lo conté a Antonia. Ella rompió en llanto, dijo: “Esto ha pasado desde que Carlo tenía tres años. He visto lo mismo que tú”. Un psicólogo dijo que era uno de los niños más equilibrados que había conocido en toda su carrera.

Otro día Antonia me llevó a un café. Carlo le había dicho: “El abuelo Antonio está malo, algo bloquea su corazón, vivía en Campania, me dijo mi Ángel que si no se opera va a morir”. Fueron a verle y lo llevaron a chequeo al hospital. Esa misma tarde lo operaron salvándole la vida.

En marzo de 1997, yo estaba regando mis geranios, Carlo tenía seis años, salió y me dijo: “Señora Gabriela, debo decirle algo que usted tiene que recordar siempre… Hablamos de que los niños podían ser santos. Tengo que hablarle a todo mundo de Jesús en la eucaristía, voy a hacer un sitio web. Anoche vino Jesús, me tocó la cabeza con la mano y me mostró mi futuro, de ahora hasta la muerte. Vi claramente que voy a morir en octubre del 2006. Me va a doler muchísimo, pero yo voy a ofrecer todo eso por el Papa y la Iglesia”. Le pregunté si su mamá lo sabía, Carlo dijo que no. Carlo regresó a su apartamento como si hubiera hablado del clima.

En 1998, cuando cumplió siete años recibió su Primera Comunión. Desde ese día Carlo empezó a ir a Misa a diario y a adorar al Santísimo en la tarde. Su devoción crecía cada año. Empezó a aprender sobre el modo de hacer un sitio web profesional para mostrar los misterios eucarísticos, asunto del que me había hablado.

En 2005 yo recordaba que le quedaba un año de vida.  En marzo de 2006 Carlo vino a visitarme: “Señora Gabriela, ¿podemos hablar en privado?”. Le ofrecí limonada. Me preguntó que si me acordaba hacía nueve años. Le dije que sí. Dijo: “Este año va a suceder. No esté triste por mí, he completado mi misión en la tierra. El sitio web ya está listo. He amado a Dios con todo mi corazón, he ayudado a los pobres”. Su paz era asombrosa. “Cuando suceda todo, mi mamá va a necesitar apoyo humano y espiritual. Cuando llegue el momento dígale que esto fue planeado por Dios desde toda la eternidad, y recuerde que, después de que yo me vaya al Cielo, van a pasar muchas cosas milagrosas. Mi mamá va a tener hijos mellizos… Lo que viví fue una vida guiada por la Voluntad de Dios”. Me dejó paralizada. Cada vez que lo veía me acordaba de nuestra conversación.

En octubre de 2006, toqué a la puerta, su madre me dijo con los ojos rojos de llorar: “Carlo tiene una temperatura muy alta, vamos al hospital”. Tenía ojeras profundas. Después supe que tenía leucemia agresiva avanzada. Le daban días de vida. Fue trasladado al hospital San Gerardo de Monza. Empecé a visitar a su mamá todos los días y le llevaba comida. Carlo tenía una paz sobrenatural que desafiaba toda lógica. El martes 10m de octubre, Carlo pidió la Unción de enfermos. El sacerdote salió y dijo: Este joven es un santo viviente”. 

Carlo le volvió a encargar a su mamá a Gabriela. “Me dijo que lo que me había dicho a los seis años se iba a cumplir, y así fue… Cuatro años después de su muerte su mamá tuvo mellizos”.

En enero de 2019, doce años después de su muerte encontraron que su cuerpo estaba incorrupto. “Mi memoria de ese niño extraordinario no se borrará jamás de mi vida. Ahora ha transformado millones de vida en el mundo. Había en él una paz que atraía. Me enseñó a vivir para Dios sin reservas”.


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