Resistir el día malo

 


San Pablo aconseja: “Tomen toda la armadura que Dios les ha dado para que puedan resistir en el día malo, y, después de haberse preparado bien, mantenerse firmes” (Efesios 6,13).

Dios nos dejó una armadura para resistir el día malo, es decir, tenemos medios para protegernos. Y, sobre todo, hay que recordar que no estamos solos en la vida, Jesús siempre nos acompaña. Esas armas son las siguientes: El escudo es la fe, es el arma principal; la espada es la Palabra de Dios; el casco es la salvación dada por Jesucristo, que nos abrió el cielo; la coraza es la justicia; el calzado que es la paz.

Cuando lleguen los días malos, el Señor me dará abrigo en su templo, me subirá a lo alto de su roca… Buscaré tu rostro, Señor. No me escondas tu rostro (cfr. Salmo 27, 5-9). Tenemos un enemigo que nos seduce con el pecado, y, a la vez, nos crea más problemas. Quita la vergüenza para pecar y la devuelve para no confesarlo.

¿Qué es resistir? Es sufrir un padecimiento físico o moral sin dejarse vencer, sin quejarse; es aguantar sin vacilar, fuertes espiritualmente. Los padecimientos morales no siempre se ven a simple vista y pueden ser más fuertes que los físicos. Cuando somos traicionados, rechazados o abandonados, nos afecta emocionalmente.

Hay dos maneras de resistir: pasivamente evitando las conductas destructivas: la gula, la envidia, la pereza, orgullo, ira, lujuria… Son cadenas que podemos romper. La resistencia activa es cuando no se cae en provocaciones, cuando sabemos decir “no”.

El Señor nos ha facilitado los medios a través del entrenamiento espiritual para cuando llegue el “día malo”, es parte de la vida, y vamos a poder vencer si nos apoyamos en el Señor Todopoderoso. Las tareas ordinarias y extraordinarias las podemos vivir con confianza en Dios. ¿Me estoy preparando con un plan para mantenerme firme? Cada uno puede ponerse un objetivo y concretar acciones definidas: levantarse temprano, hacer oración para tratar a Jesús como un Amigo, capacitarse con cursos o talleres, hacer ejercicio, buscar trabajo o trabajar arduamente sin descuidar los deberes familiares.

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La Carta a los Hebreos enseña: “Dejemos a un lado todo lo que nos estorba y el pecado que nos enreda, y corramos con fortaleza la carrera que tenemos por delante. Fijemos nuestra mirada en Jesús, pues de él procede nuestra fe y él es el que la perfecciona. Jesús soportó la cruz, sin hacer caso de lo vergonzoso de esa muerte, porque sabía que después del sufrimiento tendría gozo y alegría, y se sentó a la derecha del trono de Dios. Por tanto, mediten en el ejemplo de Jesús, que sufrió tanta contradicción de parte de los pecadores, por eso no se cansen, no se desanimen pues aún no han tenido que llegar hasta la muerte en su lucha contra el pecado” (12, 1-4).

Podemos vencer si hay Amor a Dios en nuestro corazón. La Carta a los Corintios habla de que todos corren, pero sólo uno gana el premio (1 Cor 9, 24-27). Para recibir la corona de la vida eterna tenemos que correr, ese premio no se marchita, es estable, es para siempre. Hay que estar listos para la prueba, para el dolor, para no quedar descalificados. Es fácil resbalar hacia abajo, pero Dios espera que luche, que resista, y yo sé que cuento con su ayuda.


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