Dejé el Islam

 

Dejé el Islam después de cuestionarlo seriamente

Este ex musulmán es más intelectual que otros. Fue al fondo de la cuestión.


Mi crisis me ha costado noches de insomnio, dolor, desprendimientos, todo por la sed de verdad. Durante mucho tiempo me preguntaba: ¿Qué pasaría si lo que he aprendido en el Islam me aleja de Dios? Tenía la sensación de que, por más bien que trata de hacer las cosas, algo faltaba.

Cuando hablamos de fe hablamos de identidad, de raíces profundas. Para muchos la fe es la base de la vida. Lo que voy a compartir no es una crítica del Islam, es compartir mi experiencia con respeto. Yo, antes, no toleraba que cuestionaran mi religión. Durante años guardé silencio. Cuestionar era peligroso, tenía miedo de perderme, pero el silencio es una cárcel. Miles de personas pueden experimentar lo que yo viví. Hay una salida, empieza con la verdad que viene de Dios.

Puedes no estar de acuerdo, pero es necesario ser comprensivos con uno mismo y con los demás. Mi historia puede tener sentido para quienes discrepan y buscan un espacio donde las conversaciones difíciles pueden tener lugar.

Crecí en un hogar musulmán donde la religión lo era todo. El primer canto del día nos recordaba que lo importante del día era servir a Dios y arrodillarse al orar. Creía que esta era la única forma correcta de vivir. La fe no era una elección, era una obligación sagrada. Había dudas a acallar y eso me carcomía.

En mi infancia todo giraba en torno a la obediencia. El cerdo era un alimento prohibido, impuro, ofensivo para Dios. Era la forma de complacer a Alá. De niño esto era como respirar. Diario leía el Corán y repetía: “Él es Alá, el único”. Aprendí las suras del Corán de memoria; era la única verdad y el camino al paraíso.

La adolescencia llegó como una ola inesperada. Amaba los rituales, sin embargo, comencé a notar grietas en la estructura: ¿Por qué Alá, misericordioso exige castigos tan fuertes? ¿Y por qué leyes alejadas del mundo moderno? Intenté ocultar estos pensamientos, pero las dudas crecían. Las oraciones no tenían vida, estaban desconectadas del corazón. Empecé a sentir la fe como una prisión, pero me aferré a ella. Empecé a guardar las apariencias. Intenté ignorar lo que sentía, me decía que mis dudas eran fruto de mi inmadurez. Escondí todo bajo la alfombra de la religiosidad, pero las semillas de la duda comenzaron a crecer. Tenía miedo a pensar por mi mismo. Había una voz que decía “hay algo más que la obediencia seca”.

Las dudas se hicieron más intensas: Si Dios es omnipotente, ¿por qué necesita intermediarios? ¿Por qué no nos habla como un padre a sus hijos? Me enseñaron que sólo los profetas nos podían hacer conocer la voz de Dios. Durante mucho tiempo acepté que los varones eran los guardianes, y las mujeres debían ser sumisas, calladas, casi anuladas. ¿Por qué se les exige cubrirse completamente? Se trataba de una jerarquía legitimada por Dios.

Veía personas queridas que sufrían porque el miedo imperaba. Seguía queriendo creer, pero veía que el amor no puede convivir con el miedo. Sin darme cuenta, Dios ya me estaba guiando. Había ecos en mi interior; sabía que había diversas religiones y traté de conocer algunas: zoroastrismo, budismo, judaísmo, cristianismo y filosofías. Del pueblo judío, de ser elegido por nacimiento, me desanimó.

Cuanto más leía el Corán, más me inquietaba. Una cultura antigua y patriarcal quería someter a las mujeres. Encontré contradicciones. Temía estar pecando con sólo dudar, me sentí culpable, sucio, indigno. No podía compartir estas preguntas. Vivía una batalla entre el miedo a la condenación y la búsqueda de verdad. En las noches buscaba en el ordenador: ¿Sólo se salvan los musulmanes?

La idea de la gracia en las enseñanzas de Jesús me dejó anonadado, sentí esperanza en medio del caos. Jesús no pedía perfección para ser aceptado, sino que eras aceptado de entrada como eres. Empecé a vivir dividido: el placer de investigar, por una parte; la culpa por buscar algo más. No se trataba de ideas, se trataba de mi identidad. Yo recibía respeto en mi comunidad, un paso en falso y perdía la aceptación de mi comunidad. Cada paso me alejaba de algo que consideraba sagrado. Fue el comienzo de mi liberación. Tuve el coraje de enfrentar un sistema.

Una noche, tenía el Corán en mis manos, y vi que la adoración que me pedían era demasiado controladora, no podía venir de Dios. El sistema de fe dependía de la tradición. Entonces, ¿obedecía un sistema construido por hombres? … Quería una relación directa con Dios.

Un pasaje de la Biblia habla contra la idolatría (Isaías 44, 9-20), vi la ceguera con que había sido criado. Encontré que había prácticas heredadas del paganismo en el Islam. No conocía al Dios al que decía servir. Investigué el origen de los rituales islámicos -como rodear la Cava siete veces- mucho antes del Islam, ya se practicaba y se visitaba a ídolos. El profeta Mahoma quitó los ídolos, pero la visita a la Cava no.

Cuestionar todo ello era apostasía, pero algo gritaba dentro: “La verdad cuesta más que todo. Quiero encontrar al Dios verdadero”. Comprender que ya no podía seguir el camino del Islam fue doloroso, era dejar todo lo que me definía. ¿Cómo podría ver a mis padres a los ojos? Sentía la innegable necesidad de ser honesto, pero debía lealtad a mi pasado. Cuando empecé a compartir mis dudas, apartaban la mirada cuando pasaba, fui marginado. Me decían que estaba deshonrado nuestra historia. Esa libertad me costó todo.

En el Islam los sueños se toman muy en serio. Una noche tuve un sueño en que estaba en un suelo agrietado, se habrían dos caminos: uno de sombras y otro de luz. Una voz resonó: “Elige sabiamente porque tu destino eterno depende de ello”. Ese sueño no era casual, era una señal.

Gran parte de mi dolor fue no tener espacio para ser vulnerable, para decir “no sé”, “no entiendo”. Vi que algunos musulmanes enfrentaban problemas similares, pero el punto de inflexión era espiritual. El cristianismo empezó a entrar a mí aunque no traía respuestas fáciles. En el cristianismo el desempeño no es lo principal, Dios ofrecía la salvación por gracia, no por obras, como don. Me ofrecieron sanación. El cristianismo tenía una moral que era respuesta al amor de Dios y no el intento de ganar su favor.” El tipo de vida que no se mide por reglas externas sino por la transformación del corazón. Dios quiere que todos los hombres se salven, es Dios que es Padre. Cristo es un Dios que creó el mundo, entró a él, se entregó a él. El mensaje era de libertad: No hay condenación para los que están en Cristo Jesús, dice la Carta a los Romanos. Transformé mi visión de la moral. Comprendí que podía corresponder al amor que recibía gratuitamente. En el Islam Dios es una autoridad inalcanzable. En el Cristianismo Dios es como un Pastor que cuida a sus ovejas. Comencé a replantearme todo lo que sabía de Dios. ¿Le importan más los corazones que los rituales? La culpa fue reemplazada por una gratitud genuina. La mayor batalla fue la pérdida de mi familia. Mi padre se llenó de ira y mi mamá, de tristeza. Papa dijo: “Si dejas el Islam, dejas esta familia”. Fue una pérdida grande, pero ya no podía vivir en una mentira. Fui rechazado, mis hermanos también se distanciaron. “Sólo finge, por el bien de todos”, decía un hermano. La vergüenza y el honor están arraigados en esa cultura. La tormenta se desató en la comunidad también, me trataron como un extraño, o peor aún, como un enemigo. Palabras duras y ofensivas sonaban en mis oídos.

Empecé a notar el miedo en las personas que me veían. Me sentía amenazado, invisible. ¿Valdría la pena vivir con autenticidad si perdía todo lo que amaba? Quería la comodidad de una entidad clara. No fue un proceso fácil. La soledad me abrumaba. Tuve pequeñas luces por el camino, descubriendo que vivir la libertad tiene un precio. La búsqueda de autenticidad valió cada lágrima.

Tenía miedo de no pertenecer a alguna comunidad, Me encontré con un grupo de ex musulmanes, no había juicios ni condenas, sólo personas que vivían la misma realidad. Fue como encontrar un puerto seguro. Me llené de esperanza. Forjar relaciones fue una fuente de alegría. Pude experimentar amistades con libertad. Nadie me pedía adoptar tradiciones en las que no creía. Había respeto.

Aprendí que el amor verdadero no es algo impuesto. Cada nueva relación, cada amistad me ha enseñado sobre la confianza, la vulnerabilidad. Encontré la libertad de vivir mi vida a mi manera, sin culpa ni presión social, sin las expectativas de la comunidad. Empecé a sentirme más ligero. Encontré claridad, paz, alivio. Me sentí libre para pensar y cuestionar al Mundo. Mi forma de verme a mí mismo y al mundo fue espectacular. Sea cual sea el camino, mereces vivir con autenticidad. No dejes que nadie te obligue a guardar silencio. Hacer preguntas es un acto de valentía. El pensamiento crítico es esencial. Si tu fe te deja vacío, cuestiónala. Encuentra qué te funciona. Comparte tus reflexiones, tus dudas. Los desacuerdos son inevitables, pero sin hostilidad. Siempre hay esperanza de sanación. Ten ánimo. Eres capaz de forjar una vida plena. El camino puede no ser fácil, pero vale la pena.

FUENTE: Fe sin fronteras  https://youtu.be/OyKy4LqJLEQ

 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Moda, estilo y modales

La Eucaristía y María

La eficacia de lo sagrado se recibe a modo de recipiente