El escudo de la fe

 


La fe es la certeza de que se espera, la convicción de lo que se va a recibir (cfr. Hebreos 11,1). Es la seguridad de lo que no se ve, la confianza plena en la fidelidad de Dios.

La fe es punto de partida porque sin fe no creemos en Jesús ni en su Palabra. Es punto de llegada porque el objeto de la fe es llegar al Cielo ante un Padre amoroso.

La fe es como un escudo que nos defiende de las flechas encendidas del enemigo. A cada uno nos llegan flechas semejantes y flechas diferentes, como: la duda, la preocupación, la ansiedad, miedos, riesgos, peligros, rechazo, traición, malquerencia, incertidumbres, apatía, indiferencia, comodidad… Podemos tomar un aspecto y trata de solucionarlo hoy. Ha cosas que no podemos controlar ni resolver, pero si lo ponemos en manos de Dios encontraremos la paz.

A veces necesitamos vaciar el corazón en presencia de Dios, y ponernos en oración. Dile a Dios lo que te sucede y pídele que cure tus heridas y te dé la fortaleza que sólo Él sabe dar. La vida es corta, es maravillosa, aunque tenga aristas de dolor y de malestar, es un don que hay que aprovechar para ayudarle a Jesús a salvar almas y escuchar a quien nos necesite.

Jesús nos escucha, nos comprende, nos abraza y te besa en la frente y dice: “Eres mi hijo amado. ¡Cuánto te he esperado! Bienvenido”.

Y quizás yo pueda contestar:

En tus manos Jesús me abandono, modela esta arcilla como el barro en manos del alfarero, dale forma, y si así lo quieres, hazla pedazos. Manda, ordena, ¿qué quieres que hagas? ¿Qué quieres que no haga? A veces me siento perseguido, consolado, dolorido, inútil. Sólo me queda decir “hágase en mi según tu palabra”, como dijo la Virgen. Dame el amor por excelencia, el amor de la cruz, de aquellas cruces humildes y pequeñas, las que encuentro cada día en la contradicción, en los falsos juicios, en el rechazo, en el malestar y en las enfermedades, en las limitaciones intelectuales y en el silencio del corazón. Te amo en tus criaturas, te doy mi alma. Tú sabes que te amo, aunque yo no lo sepa, pero eso basta. Amén.

¿Cómo es mi fe? ¿En qué creo? ¿En quién confío? ¿Qué hay después de esta vida? ¿Voy a Misa el domingo? ¿Me hago planteamientos espirituales? Profundiza en tu fe.

David luchó contra Goliat, un enemigo imponente, pero pudo más su fe y logró vencer al gigante con una piedra y su onda. Tenemos un enemigo imponente en el materialismo y la increencia.

Dios nos puso en esta época porque, para nosotros, es la mejor. Tenemos las cualidades y los dones para afrontarla con la gracia de Dios. Solos podemos nada, como dijo Jesús.

Cristo quiere crecer en nosotros. Podemos conocerlo y amarlo más. Asombra considerar que Dios se ha hecho Hombre y ahora espera que confiemos en Él y sepamos que Él nunca abandona a los suyos. Decir: “Aumenta en nosotros el deseo de hablar contigo. Tú nos sostienes”.

Sólo cree de verdad el que practica lo que cree.


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