Pastora en Jalisco, se convierte al catolicismo


 

Lorena Salazar Vargas, especialista en Apologética reformada, relata: Nací en una familia evangélica por dos generaciones. Mi padre fundó una congregación en la Colonia Chapalita, llamada Luz de la Roca.

Yo tenía una tía, Conchita, hermana de mi mamá. Mi madre se llevaba bien con ella, yo no tanto porque era muy devota del Rosario y de la Eucaristía. Una vez que mi hija se interesó por su Rosario, yo se lo pedí y en ese momento lo eché al fuego.

A los 15 años lideraba el ministerio juvenil. Hice una tesis para atacar a la Virgen de Guadalupe, donde decía que ese relato era una mezcla de paganismo y catolicismo. Pensaba que los católicos estaban equivocados. Yo creía que estaba ayudando a rescatar almas. Mis predicaciones se llamaban “Rompiendo cadenas romanas”. La gente llegaba en masa por mis conocimientos bíblicos y mi modo vibrante de predicar. A muchos les hice romper sus estampas de santos y alejarse de la Iglesia Católica. Organicé varios debates y dejaba “aplanados” a mis contrincantes. Varios pastores ayudaban a mi ministerio.

 Luego puse un templo en Zapopan (Guadalajara). Cuando predicaba demolía, conquistaba. Mi blanco favorito era Nuestra Señora de Guadalupe.

Unos seis meses antes de mi crisis, una creyente ex católica de 70 años, Remedios, me dijo: “He estado teniendo sueños donde la Virgen me dice: Regresa”. Siento nostalgia por la Misa, la comunión y el Rosario. Ante eso le hice oración de liberación porque según yo era un ataque del enemigo, pero sus sueños volvieron y más fuertes. “Anoche vi a la Virgen llorando”, me dijo. Le aconsejé: “Ayuna tres días”, oró, pero las apariciones en sueño continuaron. De pronto, ya no llegó al servicio religioso de mi iglesia. Esa fue una señal, pero no hice caso.

Otra señal fue la de un joven que leyó a los Padres Apostólicos y ellos hablaban de la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Este chico no quedó convencido con mis argumentos así que se fue de mi Iglesia.

La grieta más profunda estaba desarrollándose en mi propia casa. Mi hija Isabella se bautizó por inmersión, en mi iglesia, a los 12 años, a los 14 entró a en un colegio bilingüe privado, la mayor parte de sus compañeras eran católicas, una de sus amigas iba a recibir la Confirmación. Mi hija me dijo: “Mamá, por qué mi tía Conchita, católica se ve más feliz que nosotros”. Ante sus dudas me comportaba con intolerancia. No me di cuenta de que estaba empujando a mi hija a guardar sus cuestionamientos.

Habíamos rentado un espacio para el 15 de mayo de 2025, como provocación a los católicos. Esperábamos 500 personas. Ese día en la mañana estaba sola en casa, no podía concentrarme. Vino a mi mente una imagen de tía Conchita en la basílica de Guadalupe, llorando. Sobre ella vi una luz. Me pregunté: “¿Qué fue eso?... es un ataque del enemigo, debo resistir”. Pero la imagen de mi tía Conchita no se iba. Por eso le llamé para saber cómo estaba. Ella me dijo: “Lorena: Quiero que sepas que te quiero mucho, que rezo un Rosario a diario por ti y por Isabella”.

Seguí con mi rutina. De repente me empecé a sentir muy mal, fiebre 39.5. El calor no cedía, aumentaba, y llegó a 40 grados. Comenzaron las visiones. Veía sombras en mi sala, me llenaron de pavor.  Luego vi una mujer hermosa, brillaba con luz. Me miraba con una mirada de compasión y amor. Corrí. Me arrodillé junto a mi cama para pedirle a Dios que desapareciera, pero la presencia no se iba. Habló: “Lorena, no soy tu enemiga, soy tu Madre. Regresa a la casa que mi Hijo construyó”. Me puse nerviosa y llamé a mi esposo, Daniel. Le dije: “Es un ataque, pero voy a ese auditorio, aunque sea arrastrándome. Vomité dos veces. Mi mente, atrapada en mi soberbia espiritual, no cedía. Daniel sugirió que un pastor me supliera; llegó mi hija y me dijo: “Ve al hospital”.

A las 6.15 Daniel llegó y me dijo que, en ese estado, no debía ir, pero le dije que sí podría hablar. Me subí al auto. Daniel manejaba. Al llegar al auditorio me subí al estrado a las 7 P.M. ¡y no pude hablar! Me doblé sobre el púlpito y alguien, que no era yo, tomó mi voz: “Odio esa Iglesia, odio la eucaristía, pero su poder es grande”. Yo, estaba poseída. El demonio dijo: “Oren todo lo que quieran, es humo, sus pastores no tienen sucesión apostólica, no tienen sacerdotes”. Había tres pastores protestantes presentes que luchaban por hacer oraciones de liberación, mas no conseguían nada. El público. Algunas personas huyeron, otras se quedaron.

Llegó mi tía. La entidad dentro de mí rugió, mi tía sacó la botella de agua bendita, acudió a la Trinidad y a la Virgen y me echó agua bendita, y una voz dentro de mí dijo: “Quema, quema, agua bendecida por sacerdotes verdaderos”. Mi cuerpo convulsionó, el olor a azufre prevaleció. Mi tía se acercó. Cuando terminó la primera Avemaría dijo la entidad: “No sigas”. Con cada oración yo sentía más libertad. Comencé a ver con los ojos del alma, vi docenas de demonios en el auditorio huyendo de mi tía. Vi ángeles rodeando. Vi a la Virgen de Guadalupe. Vi a Cristo en su gloria eucarística. La visión era tan abrumadora que comencé a llorar, lágrimas de arrepentimiento. La voz de la Virgen tenía autoridad absoluta: “Lorena mira lo que has rechazado, es él vivo, real. Y tú has enseñado a cientos de almas”. Perdóname Madre, yo no sabía… “Lo sé, vengo a rescatarte”. ¿Por qué, si yo te he atacado? “ Porque las Madres nunca abandonan a sus hijos”.

La entidad demoniaca hizo una declaración: “La Iglesia Católica es la única iglesia fundada por Cristo, sólo sus sacerdotes ordenados pueden exorcizar. Todas las Iglesias protestantes son fragmentos y, entre más se fragmente, mejor”. El demonio aseveró: “Odiamos a la Iglesia Católica más que otra cosa, por eso dividimos. La Iglesia es la Nueva Eva y el rosario es nuestro tormento”. A la décima Avemaría rezada por mi tía me sentí mejor.

Mi tía comandó: “Por intercesión de Santa María y San Miguel Arcángel, ¡Sal de Lorena!”. Lo que quedaba del auditorio guardaba silencio absoluto. Mi tía Conchita me abrazó. Los pastores estaban derrotados. Todo lo que el demonio confesó es verdad.

Daniel estaba a mi lado, atónito. Le dije: “Me equivoqué por 18 años, Isabella hija, perdóname, te enseñé errores”. Mamá yo también vi a la Virgen junto a ti, dijo mi hija.

Reuní a mi grupo. Renuncié al pastorado de esta Iglesia. Me ofrecieron un año sabático, tiempo para discernir. No quise, exclamé: “Voy a prepararme para entrar a la Iglesia Católica. Vi la verdad con mis propios ojos, no puedo predicar. La ataqué durante años, tengo una responsabilidad sobre los que engañé”.

Mi tía Conchita se convirtió en mi guía espiritual, me enseñó a rezar el Rosario, a meditar cada misterio. Con cada misterio veía nuevas profundidades teológicas. Con cada oración sentí una paz que no había experimentado en mi vida.

Más tarde pregunté a mi tía: “¿Cómo supiste que debías venir?”. Contestó: “Estaba rezando el Rosario, al llegar al tercer misterio resonó una voz en mi interior: Ve a la Iglesia de Lorena. Siempre llevo agua bendita. Dios me preparaba para ese momento”. A la semana siguiente, mi tía me llevó a Misa a la Iglesia de la Virgen de Guadalupe. Me arrodillé nada más pasar al umbral. Mi tía preguntó: “¿Cómo sabías que debías arrodillarte?”. Contesté: “No lo sé”. El Padre Javier Morales celebrara la Misa con solemnidad. Cuando consagró: “Este es mi Cuerpo”, vi a Cristo físicamente presente bajo el pan. “Es real, susurré”, mi tía apretó la mano.

Al terminar le dije al sacerdote: “Padre: necesito reparar el mal que hice durante 18 años, le conté todo, mi posesión y liberación”. El Padre Javier me dijo: “Lo que viviste fue un exorcismo, no formal pero real. Se ve el poder del agua bendita, un sacramental, y el poder del Rosario”.

“Necesito confesarme”, repliqué. Él me explicó que primero debía incorporarme a la Iglesia, “por tu formación puedes acceder al Bautismo en seis meses. Dios esperó 42 años por ti”. El Padre Javier se convirtió en mi guía. Dos veces a la semana tenía clases de dos horas. Descubrí verdades hermosas. Mientras yo estudiaba, Daniel también empezó su proceso. Su resistencia se fue ablandando.

Isabela expresó su deseo: “Mamá, yo quiero ser católica, quiero comulgar contigo”.

Mi ex iglesia se empezó a desmoronar.

Algunas personas de mi ex iglesia expresaban: “Pastora: yo también quiero conocer más el catolicismo”. Se reunían los sábados en casa de Conchita, eran 5, luego 16, luego 50. EWTN dio la noticia. Recibí invitaciones para dar testimonio en EEUU y en otros países.

El arzobispo de Guadalajara me entrevistó, me impuso las manos. Los seis meses de catecumenado pasaron volando. Llegó la Vigilia Pascual, junto con otros 50 catecúmenos. Invertí tres horas de confesión exhaustiva con el Padre Javier. Cuando pronunció la absolución sentí cadenas cayendo de mis hombres. La gracia sacramental era real.

En mi confirmación sentí fuego espiritual como en Pentecostés. Era sólido este sacramento.

Mi primera Comunión a los 43 años fue el culmen. La noche de mi liberación había visto a Cristo radiante, real. Daniel e Isabela recibieron sus sacramentos esa misma noche. Tía Conchita rezaba más que nadie. Hubo recepción en el salón parroquial. Las palabras más significativas fueron de doña Remedios: “Mis sueños eran de la Virgen verdadera… Sus ojos, lejos de reproche tenían compasión”. Le dije: “Usted tenía gracia de discernimiento”. Nos abrazamos llorando. Mi de fe católica floreció.

Empecé un nuevo ministerio, ahora con protestantes que deseaban saber más de la Iglesia Católica. Cada semana daba una charla en la basílica. Cientos venían. En el primer año anotaron 150 conversiones. La basílica tuvo que manejar un flujo de protestantes significativo.

Mi tía me enseñó la consagración al Corazón de Jesús, el escapulario del Carmen… Un año después mi tía Conchita murió. Fue más teóloga que yo. Mi agradecimiento es para Dios y para ella.

 

Corazones ricos YouTube. Relato increíble, pastora se convierte.

 

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