¿Cómo vivir la Navidad?
Gillaume Derville escribe: “El
Verbo se hace carne y lo contemplamos niño: “infans”, en latín, lo que
significa literalmente “que no habla”. La Palabra no sabe hablar. El silencio
de Dios invita a la adoración. Isaías había profetizado: “En el silencio y en
la esperanza residirá vuestra fortaleza”; y Benedicto XVI comenta: “Las
circunstancias adversas son misteriosamente ‘abrazadas’ por la ternura de Dios”
(Verbum Domini, 106).
Dios nos hace nuevos, hijos que comienzan
su historia. Todo implica un horizonte de esperanza, porque hoy nace nuestro
Salvador, y en Él recomienza nuestro andar de hijos. Somos todos infantes
pequeños, y para cada uno es la ternura de la Madre joven que nos arropa y
acaricia con sus manos bellísimas, y en Jesús nos mira extasiada.
¿Podremos decirles al Niño y a su Madre
que le damos nuestra vida, que queremos perder aquella autonomía con la que
hemos pretendido transitar por nuestra cuenta?
Porque si el Niño es para
nosotros, nosotros queremos ser para
el Niño…
Hoy todo recomienza, hoy inicia una vida
nueva en la que no existe el pasado. No hay historia de errores y fracasos; hoy
todos somos niños, porque es Navidad, porque nos ha nacido un Niño, un hijo se
nos ha dado.
Venite, adoremus! ¡Vengan
adorémoslo!
Justino, que es del año 155, afirma que
Jesús nació en una cueva (Diálogo con
Trifón, 78) y Orígenes (cfr. Contra
Celso 1.51), y los evangelios apócrifos refieren lo mismo (Protoevangelio de Santiago, 20). La mención
más antigua es la del apologista Justino.
¿Cómo vivir la Navidad? Contemplando a
Dios hecho Niño en el portal-gruta de Belén, en los nacimientos que ponemos,
así, vamos hasta Belén ¿qué encontramos? Primero, la joven Madre que nos lo muestra.
Nos reconocemos hijos de esa Madre, porque en el Niño estamos recién nacidos.
Miraremos después a José, que permanece detrás. Es San José un santo de
humildad. Luego nos fijamos en el Pesebre. Un tosco recipiente de madera donde
se deposita la comida de los animales. AHÍ ESTÁ EL NIÑO. Todo estaba hecho con
la madera del árbol del Paraíso, madera con la que ahora comienza a
restablecerse la justicia original.
Hoy es Navidad. Sin duda tendremos la
sensación de llegar a este momento sin preparación suficiente. A Dios le costó
milenios esta preparación y aun así, el
mundo no lo conoció y los suyos no lo recibieron (Jn 1, 10-11) Y es que el
don de la Navidad es demasiado grande. A ese Don, sin embargo, a ese Niño, le
habrán bastado nuestros deseos, nuestro anhelo de espera. Y hará hoy el
prodigio de la posesión.
La gente da regalos que quieren expresar
gratitud, amor. Pero hoy se nos da Dios mismo. Eso no es posible a los humanos, pero sí lo es
para Dios. Hoy en Navidad, DIOS es el regalo. ¿Qué mejor cosa que asistir a la
Santa Misa con devoción? El mundo será de acuerdo a como celebramos la
liturgia. Siempre tendremos la tentación de ser paganos; caminamos al borde de
esa tentación. Viviendo la Misa devotamente cambiamos el mundo. Para ser
miembros vivos de la Iglesia debemos amar la Santa Misa, enamorarnos de ella.
Podemos transformar el mundo con nuestra oración: ¡Esto es una revolución!
Llegó la Navidad y, como un suspiro,
pasará. Pero nunca deja ya de ser Navidad, porque ha comenzado la Navidad
eterna. Somos hijos del Padre en esa vida que el Niño Dios inaugura hoy para
nosotros. “De su Plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia.” (Jn 1,16).

Comentarios
Publicar un comentario