La cercanía es el estilo de Dios
Un laico de América pregunta a Jesús todos los días dos
cosas: Dios, ¿qué quieres que yo sepa ahora mismo? Jesús, ¿cómo quieres
amarme hoy? Luego dice: “Ayúdame a ser un remedio suave para todos,
porque pensar en uno mismo trae oscuridad”. Jesús quiere cercanía y amistad
con cada uno de sus hijos. Leamos el testimonio de dos conversos.
Jesús le dijo a un militar de Medio Oriente: “Mucha
gente no sabe por qué vine al mundo, vine para derribar muros”. El militar
le confesó que era pecador. Jesús explicó: “Yo no he venido a llama a justos
sino a pecadores. Tu eres mío, desde el vientre de tu madre te conocí”. El
militar se expresa: Sentí una corriente eléctrica pura y dorada, sentí como se
rompían cadenas dentro, el miedo al juicio se evaporó. Entró una paz que
desafiaba toda lógica. Supe que él era el Mesías, era el santo de Israel, “Jesús”,
susurré, como el encuentro del sediento con el manantial. El Mesías enfatizó: “Tienes
que decirles a mis hermanos que no los he olvidado, que les espero”. Esa noche
leí los evangelios con un hambre voraz. El orgullo construye muros, el miedo
los refuerza y el tiempo los vuelve tan altos que olvidamos que hay una puerta.
Uno solo que perdone iluminará a otros diez.
Otro testimonio es el de una chica de 25
años, Sulamita, quien vivía en Mea Shearim, un barrio del
norte de Jerusalén, área de judíos ortodoxos. Entró al ejército y trabajaba
en la radiofrecuencia. Hubo un ataque del enemigo y fue secuestrada por árabes.
La bajaron a empujones y la llevaron al sótano. Sulamita narra: La noche
que cambió mi existencia era fría. Pasaron quizás tres semanas. Estaba en el
búnker en posición fetal sobre el cemento. En ese estado de desnudez espiritual
ocurrió lo impensable. Hubo un cambio en la densidad del aire. Había una figura
que parecía conocer cada una de mis cicatrices. En su mirada vi que él había
estado allí cada vez que me sentía sola. Yo era indigna, él ya lo sabía. Este
rey se sentaba conmigo en el polvo. Dije: “¿Por qué a mí? Soy alguien que ya no
tiene fe”. Jesús dijo: “No te busco por tu fe, te busco porque eres mía”. Él
sabía que yo no cumplía del todo la ley. Me senté y oré sin seguir un libro,
sin mirar hacia el este. Me acordé de mi padre, de mi hermano, de mi vacío. En
cada palabra sentí que él me sostenía como un hermano. El tiempo se detuvo.
Entendí que el Mesías no era político, sino el Señor que amaba con un amor
incondicional. Vi sus manos, percibí las llagas de sus clavos. Eso convencía
más que nada. Cuando la figura desapareció, su presencia seguía viva. Empecé a
reír porque el secreto más grande del mundo se me había revelado en el lugar
menos probable.
Al día siguiente el guardián, Bashar, me pateó para
despertarme. Lo miré a los ojos. Algo lo desconcertó.
- ¿Crees que alguien vendrá por ti?
Solo le sonreí, una sonrisa débil pero real.
Desde ese día el cautiverio se convirtió en mi
monasterio. Cada palabra de la Torá que recordaba cobraba sentido. Empecé a
hablar con Jesús. Me sentía libre en medio de las cadenas. Mientras los días se
fundían unos con otros, yo me sentía sumergida en una conversación que no
necesitaba de cuerdas vocales. Entendí que el sistema en que me eduqué era un
mapa, pero yo había adoraba el papel, no el destino. Las manos de Jesús eran
las manos de un carpintero que trabajaba material rebelde. El Dios que me
abrazaba espiritualmente en el suelo de cemento era un Dios de cercanía.
Un día Bashar penetró con la cara de quien ha perdido
una partida. En la frontera me liberaron. Me llevaron al hospital. Mi
hermano vino a visitarme con una cara de preocupación. Mi captura había
traído vergüenza sobre mi familia. Una mujer que ha estado en manos del enemigo
portaba impureza legal para mi comunidad. Salí del hospital. Mi familia me
consideró muerta cuando opté por Cristo. Experimenté la soledad de saber un
secreto que nadie estaba dispuesto a escuchar.
Durante años la culpa era mi sombra, con la confesión
recibí un abrazo divino. Ya no era una prisionera de la perfección. El momento
culminante fue la eucaristía. Cuando recibí la eucaristía el hambre de siglos
se sació. No era un símbolo, era Jesús, el que me acompañó en el búnker. ¡Cómo
podía ser tan feliz perdiéndolo todo! En la comunidad de fe encontré una nueva
familia unida por la Sangre del Cordero. El Sermón del Monte era el ritmo del
Corazón de Dios. Mi secuestro fue una cita divina. Mi judaísmo ha florecido. Ahora
entiendo el anhelo de los profetas. Soy Sulamita, “la amada del rey”. Al final
del día, solo importará su mirada de amor. Deseo que Él sea tu refugio. Sigo
caminando por esta ciudad que tanto amo. Ojalá vieran que la señal ya fue dada.
El verdadero sacrificio no es el nuestro sino el
Sacrificio que Él hizo por nosotros. La tragedia de mi familia no es mi
conversión, es su resistencia. Cuando las puertas parecen cerradas recuerdo que
Jesús tiene las llaves. Él está conmigo aún en el momento más aterrador. Jesús
sana, salva, rescata.
FUENTE: Soldada israelí cautiva en un búnker halla la
libertad, Jesús y mi vida

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