Padrenuestro
La oración es el lugar donde Dios nos enseña, nos
revela quiénes somos y quién es él. Le pedimos ver como él ve. San Lucas habla
de orar sin desfallecer.
A veces preguntamos: ¿dónde estás mi Dios? Y responde:
“Estoy en tu corazón”. Si estás triste o contento, puedes cantar, así te
sientes amado, escuchado por el Señor y oras dos veces, como decía San
Agustín.
La oración rezada se llama también oración vocal.
Los salmos fueron hechos en diferentes circunstancias para que los recemos y
meditemos. Jesús rezaba con ellos. Podemos usar la imaginación para tener
presente a Dios, para pensar en la Anunciación a la Virgen y decirle también
que sí a Dios. Señor, te pido paz, sabiduría y fuerza, ver al mundo con ojos
de amor. Déjame ver a tus hijos como los ves tu mismo. Cierra mis oídos a toda
murmuración, guarda mi lengua de toda maledicencia. Que los que se acerquen a
mi sientan tu presencia. Haz que en este día yo te refleje. Amén.
Jesús reza a solas, buscaba el momento adecuado para
hablar con su Padre (Lucas 5, 16; Marcos 1,359, también rezaba a todas horas
(Mateo 14,23) y en todo lugar. Cuando va a empezar su ministerio, se va al
desierto a orar. Nosotros podemos decirle que nos enseñe a orar, como lo
pidieron sus Apóstoles (Lucas 11,1), y Jesús les enseña el Padrenuestro.
Al decir Padre nuestro reconocemos que somos
hermanos, y él nos arropa como al hijo pródigo. Santificado sea tu nombre: Queremos
que su nombre sea glorificado, su nombre es santo. Jesús nos dijo que lo que
pidamos en su nombre, se nos concederá. Le pedimos que venga su reino de
justicia y de paz y que se haga su voluntad, y su voluntad es que nos amemos. Quien
hace la voluntad del Padre no se equivoca, y esa voluntad nos salva de
nuestras conductas destructivas. No es fuerte el que cae sino el que siempre se
levanta. Pedimos también el pan para el cuerpo y el pan para la mente, que lo
tenemos en la Escritura santa, pan para el espíritu, que es la oración y la
eucaristía. Dios nos da un beso en la frente cada mañana, cuando le ofrecemos
el día. Le pedimos perdón al Padre por nuestras ofensas, negligencias y
omisiones. También Dios nos que sepamos perdonar y pedir perdón. A veces el
perdón costará sacrificio, pero con la gracia divina, lograremos hacerlo.
Tenemos debilidades y podemos caer en diversas tentaciones; Dios puede darnos
esa fuerza para dominarme. Podemos decirle: “Señor, ten piedad de mí que soy un
pecador”. El maligno existe, pero el amor del Padre nos protege, podemos decir:
“Líbranos del mal, del maligno”.
Vamos a pedirle al Espíritu Santo que sepamos abrirle
el corazón y acertar en las decisiones de cada día. Cuando hablamos con Dios
ante el Santísimo, podemos hacer oración de adoración, de petición y de acción
de gracias. Pero también hay que decirle: “Jesús, quiero escuchar tu voz”
porque esto puede ser lo principal.
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