¿Por qué la gente se enoja con Dios?
Charles Darwin se enojó con Dios porque su hija de
once años, Ann enfermó, la madre rezó por ella, y finalmente murió.
La gente suele enojarse con Dios principalmente por el
dolor, el sufrimiento, las tragedias inesperadas y la percepción de que Él no
intervino para evitarlas. Este enojo surge de la frustración al no entender sus
propósitos, al sentirse abandonado o traicionado, y a menudo se culpa a Dios de
las consecuencias de las decisiones humanas propias o ajenas.
La incapacidad para entender por qué suceden desastres
físicos o morales lleva a cuestionar la bondad o el poder de Dios. ¿Por qué no
funcionó mi matrimonio? ¿Por qué no funcionó mi negocio? ¿Por qué estoy enfermo
o herido? ¿Por qué murió tal ser querido?
La Biblia reconoce el enojo como una emoción natural,
pero advierte que su manejo inadecuado puede llevar al pecado. La Biblia anima
a no guardar rencor y a no dejar que la ira perdure. También dice que es
mejor el que se domina a sí mismo que el que domina una ciudad.
“Dios no actúo como yo esperaba”, decía una señora,
sintió que Dios le había fallado. Dios promete que nos acompaña en las buenas y
en las malas. El problema es que no vemos el panorama completo. Él te ama
más de lo que te amas tú a ti mismo, pero respeta tu libertad y la libertad
de los otros, por eso a veces no interviene del modo como esperábamos. ¿Qué
hace sufrir? El pecado. Ya sea de infidelidad, de vicios, de soberbia o de lo
que sea, y el pecado es propio del hombre, no de Dios. ¿Y por qué Dios nos da
libertad si la vamos a usar mal? Porque quiere hijos, no esclavos. No
reniegues de Dios, ese es el plan de satanás, que reniegues de Él. Cuando
estés enfrentando un problema grande di: “Señor, tú sabes lo que haces”.
¿Qué hago si estoy enojado con Dios?
Tú puedes desahogarte con él, pero no enojarte. Carlos se enojó con Dios durante
quince años porque murieron dos de sus mejores amigos. Él estudiaba música, fue
a un campamento, alguien habló de Jesús y escuchó estas palabras: “¡Hijito, te
quiero tanto!”. Esa frase hizo clic en su mente; habla Carlos: “Esto me dio
seguridad, me sentí amparado”. Comprendí mi identidad, pensé: “Mi vida es para
amarte, servirte”. Comprendí que Dios no nos debe explicaciones.
No está bien enojarme con Dios porque así le estoy diciendo
que, lo que él piensa es erróneo, que no está bien. Dios jamás se equivoca.
Queremos las cosas al instante, y cuando Dios no responde, nos fastidiamos.
Dios no trabaja con nuestros términos ni es nuestro sirviente. Hay personas que
dicen: “Dios tiene que hacer todo lo que yo le ordene”. Dios sabe por qué no
abre esa puerta o por qué no sana a tal persona. Nos enojamos con Dios por
orgullo y nos centramos en la tormenta. Entonces Dios se aleja, vive
distante de los vanidosos. Dios no le hace caso a los que lo retan. Cuando
maduramos somos capaces de decir “Amén” al sí de Dios y “Amén” al no de Dios.
¿Y por qué no quieres rezar?
Yo te lo digo: Porque eso te enfrenta con tus propias oscuridades.
Hay personas que traen la ira embotellada, se
le ve tranquila, se traga todo y luego explota, sobre los más débiles: los
hijos, el subordinado, el inválido o el que camina en la calle. Hay personas
que quieren controlar la vida de los hijos, y al no lograrlo, muestran un
rostro quebrantado. Si pones a Dios en tus planes van a haber consecuencias
buenas. ¿Por qué culpas a Dios? Dios
no tiene la culpa de los pecados propios o ajenos. Si voy contra la voluntad de
Dios doy golpes al aire. Acepta la voluntad de Dios y te irá bien. Hay
cosas que quisiéramos ¡ya!, pero no hay que olvidar lo que él nos ha dado.
Dios todo lo hace para nuestro bien. Siempre vemos las pruebas que nos ha
puesto, pero no vemos las que nos ha evitado.
Puedo alegrarme en la vida y amar las pruebas o rebelarme y ser infeliz.
Acepta los procesos de Dios y su soberanía; él te puede bendecir en el momento
que quiera. Si soportas la tentación, en el nombre de Jesús, él te bendice.
“Yo permito tribulaciones en vuestra vida,
amados míos, pero en cada ocasión yo también sufro contigo, siempre he sufrido
con vosotros, pero era la purificación necesaria para llegaros a Mí”,
dice Jesús. Yo le puedo decir: “Libérame de la desconfianza, del miedo y
de la tristeza”. Somos muy amados por la Trinidad. Jesús nos restaura
con su Espíritu, con su amor, con su Palabra, con su voz.

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