El Angelus, miradas a la Virgen y Escapulario
Una aparición de la Virgen de Fátima sucedió en
agosto de 1917. La Virgen les dijo: "Recen, recen mucho y hagan
sacrificios por los pecadores. Tienen que recordar que muchas almas se condenan
porque no hay quién rece y haga sacrificios por ellas". El Papa Pío
XII decía que esta frase era la que más le impresionaba del mensaje de Fátima y
exclamaba: “Misterio tremendo: que la salvación de muchas almas dependa de las
oraciones y sacrificios que se hagan por los pecadores”.
Las devociones marianas
son auténticos tesoros, y una de esas breves devociones es el Ángelus. Todos los días, en algún lugar del mundo dan las doce –por el movimiento
de rotación de la tierra- y se reza el Angelus
sucesivamente. Al rezar esta oración centrada en la encarnación
del Verbo, nos sumergimos en la contemplación del misterio de Cristo.
En el siglo XVI
se introdujo la costumbre de separar las tres Ave María con tres versículos,
tal como se hace ahora en el rezo del Ángelus.
A finales del siglo XVII en Francia se
rezaba en todas las iglesias: "no hay familia cristiana que no rece el
Ángelus cuando oye tocar las campanas" (Bocquillot).
Pío XII favoreció la práctica del Ángelus
al mediodía, rezándolo él mismo con sus visitantes peregrinos. El mismo Pío
XII, al inaugurar
Finalmente, el Papa
Juan XXIII, cuando empezó a impartir la bendición apostólica los días de
fiesta, decidió colocar antes de la bendición la oración del Ángelus, uso que
adoptaron luego sus sucesores.
A nadie como a María se entregó Dios tan
abundantemente, pero tampoco criatura alguna comprendió como María la grandeza
del don divino, ni fue como Ella tan fiel depositaria y adoradora. Por eso
María como Madre de Dios y Madre nuestra es la mejor maestra, que nos enseñará
a abrirnos al misterio de Cristo, su Hijo y hacerle un lugar cada vez más
relevante en nuestras vidas.
Bruno Forte escribe: “El ser humano que se detiene, y tiene tiempo para Dios, es
la respuesta adecuada ante el Dios que tiene tiempo para el ser humano”.
Miradas a la Virgen
Dios nos pide mirar a la Virgen acompañados por
todos y todas las personas queridas. Mirar con amor es contemplar. La mirada no
es solamente un acto físico; es una acción humana, que expresa las
disposiciones del corazón. Hay miradas de amor y de indiferencia: miradas que
muestran apertura y disponibilidad para comprender, y miradas cegadas por el
egoísmo. Nosotros queremos mirar con ojos limpios.
Aprender a mirar es también
aprender a no mirar. Todo lo que penetra a nuestros sentidos, penetra en
nuestra conciencia. Sin
la piedad las almas se aridecen, transformando la Iglesia de jardín en
desierto.
Pon
en tu mesa de trabajo, en la habitación, en tu cartera..., una imagen de
Nuestra Señora, y dirígele la mirada al comenzar la tarea, mientras la realizas
y al terminarla. Ella te alcanzará -¡te lo aseguro!- la fuerza para hacer, de
tu ocupación, un diálogo amoroso con Dios (Surco núm. 531).
Escapulario
Llevar
el escapulario de la Virgen del Carmen, o alguna otra medalla, es señal
de fe en su intercesión poderosa y símbolo de nuestra alianza con Ella. En la
ceremonia de imposición, el sacerdote recuerda que se debe recibir “impetrando
a la Santísima Virgen que, con su gracia –es decir, con la gracia de Dios-, lo lleves sin pecado, te defienda de
toda adversidad y te conduzca a la vida eterna”.
El
mismo día que San Simón Stock recibió de María el escapulario y la
promesa, él fue llamado a asistir a un moribundo que estaba desesperado. Cuando
llegó puso el escapulario sobre el hombre, pidiéndole a la Virgen que
mantuviera la promesa que le acababa de hacer. Inmediatamente el hombre se
arrepintió, se confesó y murió en gracia de Dios"
Lucia
(vidente de Fátima), reportó que en la última aparición (octubre, 1917, día del
milagro del sol), la Virgen vino vestida con el hábito carmelita y con
el escapulario en la mano y recordó que sus verdaderos hijos lo llevaran con
reverencia.

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