Meditar el Salmo 2

 

Este salmo es muy actual, tiene resonancias guerreras. Es un “salmo duro, en el que Dios se ríe y se burla de sus enemigos, los doblega, los quiebra como a vaso de alfarero y los riega con vara de hierro” (Pilar Urbano, El hombre de Villa Tevere, p. 73). Y a la vez es un salmo tierno, en el que ese mismo Dios declara su amor al Hijo, al Hijo que hoy, cada nuevo hoy, engendra… Arranca el salmo con un interrogante lanzado sobre la tierra. Un interrogante redoblado, insistente, que siempre está abierto porque siempre es actual: ¿Por qué braman y se amotinan las gentes? ¿Por qué los pueblos meditan estupideces?

En la Edad Media, los caballeros templarios rezaban también este salmo 2, en pie, antes de entrar en combate. Llevaban en su escudo la imagen de dos guerreros a lomos de un solo caballo. Posiblemente, había recogido y dado asiento al otro. Dos en una misma y única cabalgadura, como símbolo de recia fraternidad.

La batalla ascética es el apasionante combate de toda persona, entre el barro que tira hacia abajo y la gracia que invita hacia arriba. Con la batalla de la formación se pretende que toda persona pueda adquirir una piedad teologal y unos criterios morales de suficiente fuste como para moverse con soltura en su propio ambiente. A la vez se trata de tener una jugosa “piedad de niños”.

El salmo 2 nos hace ver que, aunque las potestades de la tierra se reúnan contra su Cristo, él no pierde batallas pues es Rey de reyes. Este salmo canta la realeza de Nuestro Señor.

Yo he sido constituido por Él rey sobre Sion. La Tradición cristiana entiende por Sion la Iglesia. A la Iglesia entrega Cristo la plenitud de la Revelación y los medios para alcanzar la salvación.

Tú eres mi Hijo. A Cristo se refieren principalmente las palabras del salmo, pero también a cada cristiano. La filiación divina no es algo metafórico, sino que es una adopción real. Al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo nacido de una mujer (...), para que recibiéramos la adopción de hijos[1]. Esta es la verdad que nos llena de optimismo: ¡somos hijos de Dios!

Carlo Acutis le comentó a su madre: El Anticristo no va a destruir la fe, sólo la va a hacer cómoda. No se necesita arrancar la Cruz, sólo se necesita que la Cruz deje de tener significado para quien la mira.

En la misa de Gallo de Nochebuena de 2005 Benedicto XVI hizo alusión a este salmo: "El Señor me ha dicho: Tu eres mi hijo, yo te he engendrado hoy". Con estas palabras del Salmo segundo, la Iglesia inicia la Santa Misa de la vigilia de Navidad, en la cual celebramos el nacimiento de nuestro Redentor Jesucristo en el establo de Belén. En otro tiempo, este Salmo pertenecía al ritual de la coronación del rey de Judá. El pueblo de Israel, a causa de su elección, se sentía de modo particular hijo de Dios, adoptado por Dios. (…). Dios se ha hecho uno de nosotros, para que podamos estar con Él, llegar a ser semejantes a Él. Ha elegido como signo suyo al Niño en el pesebre: Él es así. De este modo aprendemos a conocerlo. Y sobre todo niño resplandece algún destello de aquel hoy, de la cercanía de Dios que debemos amar y a la cual hemos de someternos; sobre todo niño, también sobre el que aún no ha nacido.”

Postula a me[2], ¡Pídeme! El Padre de Jesús nos dice que pidamos el sometimiento de toda la humanidad a su reinado. Ya no se nos promete una tierra que mana leche y miel (...) ni rebaños menores y mayores sino el Cielo y los bienes del Cielo: la filiación divina y la hermandad con el Unigénito (...) y reinar con Él, dice San Juan Crisóstomo[3]. Con la perspectiva de nuestra filiación divina hemos de pedir con fe.

Se han rebelado los poderosos de la tierra contra el Señor y contra su Ungido. Los que gobiernan quieren arrojar de sí el yugo de la ley divina, las normas morales y también las del sentido moral común. Por todas partes se oye el mismo clamor: rompamos sus ataduras, rompen el yugo suave de Cristo.

Los regirás con vara de hierro y como a vaso de alfarero los romperás. Por virga ferrea algunos Padres de la Iglesia entienden la Cruz, cuya materia es madera, más cuya fuerza es hierro[4]. Con la Cruz pulveriza el Señor los corazones resecos como vasijas de barro, quebrantando en ellos los deseos terrenos. Con la Cruz nos enciende, nos purifica, nos enaltece.

El salmo dice servid al Señor: Servite Domino. Es como si dijera: aunque os he llamado reyes, servid al Señor como siervos, que esto es actuar inteligentemente; servidle no con arrogancia, sino con temor; pero no con temor servil sino con gozo[5].

Los enemigos de Dios han concentrado el esfuerzo en conquistar los puntos neurálgicos, y de allí lo controlan todo, dejando que los demás se muevan sólo lo imprescindible para dar la apariencia de variedad, para disimular el monopolio. El Señor podría destruir en un segundo las barreras que levanta el mal uso de la libertad, pero si permite el mal, es porque respeta la libertad y porque es posible sacar un bien mayor.

 



[1] Gálatas IV, 4.

[2] Salmo 2, 8.

[3] San Juan Cristóstomo, In Matthaeum homilae, 16,5.

[4] San Atanasio, Expositiones in Psalmos 2,6.

[5] San Beda el Venerable, In Psalmorum librum exegesis 2.


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