Somos niños delante de Dios
“Ser pequeño exige creer como creen los niños, amar
como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños…, rezar como rezan
los niños” (San Josemaría Escrivá, Santo Rosario, “Al lector”).
Podríamos revisar cada uno de estos cuatro aspectos.
¿Qué es la infancia espiritual?
Es un camino de santidad que invita a los fieles a
practicar la confianza y la dependencia total de Dios y la sencillez de un
niño. Esta actitud está profundamente arraigada en lo que Jesús aconsejó “Si no
os volvéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (cfr. Mateo
18,3). Implica una postura teológica que reconoce la trascendencia divina.
¿Cuál es el secreto que te podría dar el cristianismo?
Hazte pequeño para ser grande en el Reino de los cielos. Esta es una de las claves
de la vida eterna. Ser niño es decirle al Señor: Yo no soy Dios, vengo de la
nada, y todo lo he recibido de Dios. Me das lo que necesito. Lo mío es la
consciencia de tu grandeza.
Los niños se dejan llevar, el niño sube al coche y no
sabe adónde va, se deja conducir por su padre o madre. Lo que Dios me vaya
pidiendo es lo que acepto porque yo no tengo ni idea de qué me conviene.
Los niños tienen una sensibilidad muy fine para captar
la presencia de una flor, de una piedra o de un insecto. Saben contemplar y
disfrutar con esas cosas pequeñas.
Necesitamos sabernos niños que no alcanzan las cosas.
Como el niño mide menos de un metro, clama, grita. Si perseveramos en las
peticiones, Dios nos bendecirá. Delante de Dios somos niños pequeñísimos, y
Dios juega con nosotros como juegan los padres con sus hijos. Los niños nos dan
grandes lecciones, como aquel niño que dijo a su papá: “Yo no sé porqué quieres
que vaya al hospital para que me operen, eso duele. Yo sólo sé que me amas”.
El Hijo de Dios se hizo Hombre para que
los hombres seamos hijos de Dios, es un pensamiento de
San Atanasio (n. 296 m.373).

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