Dones del Espíritu

 


Estos dones son habilidades sobrenaturales otorgadas por el Espíritu Santo Para glorificar a Dios y edificar y fortalecer el Cuerpo de Cristo. Nos ayudan a ser dóciles a la Voluntad de Dios.

Hay siete dones del Espíritu Santo. Cuatro de ellos inciden más en la razón (inteligencia, sabiduría, ciencia y consejo), y otros tres que inciden más en la voluntad (fortaleza, piedad y temor de Dios).

El sabio José Ignacio Munilla explica: El don del entendimiento nos ayuda a comprender mejor las Escrituras, “es conocimiento interno del amor de Cristo” (San Ignacio de Loyola).

Este don es una luz interior que nos hace ver que en todo está presente Dios. “Dios está presente en los pucheros” (Santa Teresa de Jesús).

El don de sabiduría está ligado al anterior. Hace referencia a saborear internamente las cosas divinas, saborear el misterio de la Revelación. La sabiduría es lo que queda en nosotros después de haber olvidado lo que hemos aprendido de memoria. Este don nos permite sentir las cosas con criterio de eternidad. Es conocer amando, es un conocimiento amoroso. Para poder conocer hay que amar. La ciencia máxima es la sabiduría de la Cruz.

El don de ciencia nos permite juzgar rectamente de las cosas creadas, entender el mundo en Dios, como San Francisco, que descubre la belleza de Dios en la creatura, y a la vez, arrancarnos de lo creado. “Todo lo estimo como basura –dice San Pablo- comparado con Dios”. El don de ciencia permite tener una ciencia práctica que nos acerca a Dios, Es aquel don que hace que nuestro estado de vida y nuestro trabajo sea lugar de encuentro con Dios; hace que gocemos el trabajo y en él veamos a Dios.

El don de consejo da la claridad para saber qué quiere Dios de nosotros. Dios da el don de discernimiento, que va más allá de lo que nuestro raciocinio es capaz de percibir. Hay gente con tino para dar consejos. Hay quien tiene prudencia sobrenatural. Dios da el don de consejo para el próximo, porque Dios no ha querido hacernos autosuficientes. Podemos recibirlo y darlo.

El don de piedad, fortaleza y temor inciden más en la voluntad. El don de piedad es una intimidad amorosa con Dios y con nuestros padres. Nos hace tener un sentido alto de identificación con nuestra familia. El don de piedad nos ayuda a ver las virtudes de los demás, a apreciarles y aprender de ellos. Algunas personas, al rezar el Padre nuestro, se quedan en esas dos palabras. José Luis Martín Descalzo rezaba así: “Saber que eres Padre es para mí el Cielo”.

El don de fortaleza no da arrestos para acompañar a otros, con ella nos sabemos asistidos más allá de nuestras capacidades naturales. La fortaleza nos ayuda a vivir el dolor con señorío. Esta virtud consiste en acometer y aguantar. Nos permite tener una gran paciencia. “No les tengas miedo, que sino yo te meteré miedo de ellos”, dice Isaías. El miedo es una tentación, el temor es un ataque del maligno. Si a la tentación del miedo se le hace frente, se echa para atrás, si uno cede, el miedo gana terreno. Este don tiene que ser invocado: “Señor, sé mi roca, mi alcázar”.

El don de temor de Dios, temor de apartarnos de Él, temor de qué será de mí sin Él. Quien tiene temor de Dios se libra de timideces, de complejos, de respetos humanos, de los miedos paralizadores. Quien tiene temor de Dios empieza a ser libre, no está condicionado por los demás, por el “qué dirán”. Da el sentido de la trascendencia, de la grandeza de Dios desde nuestra pequeñez. Lo importante es huir de lo que desagrada a Dios y buscar lo que le complace. “Dichosos los que temer al Señor”, dicen los Salmos. Ayuda a que no tengamos falsas referencias ni falsos ídolos.

¿Cómo sé que tengo el Espíritu Santo? Por el amor, si eres capaz de amar y de vivir una vida de amor. El Espíritu Santo nos mete en el flujo de amor intratrinitario. El primer fruto es la alegría y la paz. 

 

 


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