“Te adoro con devoción, Dios escondido”, 2
Cuanto el Hijo de Dios ha
dicho creo, pues no hay verdad cual la verdad divina.
“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno
come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida
del mundo” (Juan 6,51). Jesús no hablaba en términos figurados, sino que son
palabras de espíritu y vida (cfr. Juan 6,63). Son palabras que revelan el amor
de Dios a la humanidad, que anuncian la Buena Nueva, para ello hay que “saber
oír” y “saber querer”.
Dimas veía la humanidad de Cristo, pero no la
divinidad. Nosotros no vemos ni la divinidad ni la humanidad en Jesús
sacramentado, pero decimos: “¡Creo!”.
Oh
memorial de la Pasión de Cristo, oh Pan vivo que al hombre das vida; concede
que de ti viva mi alma, y guste tus célicas delicias. La Eucaristía es pan vivo y también
es pan vivificante.
Jesús
mío, pelicano piadoso, con tu sangre mi pecho impuro limpia, que de tal sangre
una gota puede todo el mundo salvar de su malicia. La antigua creencia de que el
pelícano alimenta a sus crías con su sangre, haciéndola brotar de su pecho con
el pico, ha sido un bello símbolo eucarístico.
Jesús,
a quien ahora veo oculto, cumple, Señor, lo que mi pecho asía, que a cara
descubierta contemplándote, por siempre goce de tu clara vista. Así sea. La Eucaristía nos concede un anticipo
de la vida definitiva. Su recepción nos da serenidad ante la muerte y la
garantía de la resurrección corporal al final del mundo. María y José están de
algún modo presentes junto al sagrario, como lo estuvieron en Belén y Nazaret.
2194 caracteres

Comentarios
Publicar un comentario