“Te adoro con devoción, Dios escondido”, 2

 


Cuanto el Hijo de Dios ha dicho creo, pues no hay verdad cual la verdad divina.

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Juan 6,51). Jesús no hablaba en términos figurados, sino que son palabras de espíritu y vida (cfr. Juan 6,63). Son palabras que revelan el amor de Dios a la humanidad, que anuncian la Buena Nueva, para ello hay que “saber oír” y “saber querer”.

En la Cruz la deidad estaba oculta, aquí la humanidad yace escondida. Y uno y otro creyendo y confesando, imploro yo lo que imploraba Dimas.

Dimas veía la humanidad de Cristo, pero no la divinidad. Nosotros no vemos ni la divinidad ni la humanidad en Jesús sacramentado, pero decimos: “¡Creo!”.

Y el himno continúa: No veo como vio Tomás tus llagas, más por su Dios te aclama el alma mía; haz que siempre Señor en Ti yo crea; que espere en Ti, que te ame sin medida. Ocho días después de la Resurrección, Jesús interpela a Tomás y éste responde: “Señor mío y Dios mío” (Juan 20,28). A Tomás le costó aceptar la Resurrección de Jesús, pero las diversas apariciones de Jesús vencieron sus reservas. Cuando nos llegue un momento de prueba decir: “Dentro de tus llagas, escóndeme”.

Oh memorial de la Pasión de Cristo, oh Pan vivo que al hombre das vida; concede que de ti viva mi alma, y guste tus célicas delicias. La Eucaristía es pan vivo y también es pan vivificante.

Jesús mío, pelicano piadoso, con tu sangre mi pecho impuro limpia, que de tal sangre una gota puede todo el mundo salvar de su malicia. La antigua creencia de que el pelícano alimenta a sus crías con su sangre, haciéndola brotar de su pecho con el pico, ha sido un bello símbolo eucarístico.

Jesús, a quien ahora veo oculto, cumple, Señor, lo que mi pecho asía, que a cara descubierta contemplándote, por siempre goce de tu clara vista. Así sea. La Eucaristía nos concede un anticipo de la vida definitiva. Su recepción nos da serenidad ante la muerte y la garantía de la resurrección corporal al final del mundo. María y José están de algún modo presentes junto al sagrario, como lo estuvieron en Belén y Nazaret.

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