Perfección humana y perfección sobrenatural


 Hay un vínculo indisoluble entre obrar por amor y obrar con perfección moral. Dios lo hace todo por amor y “sus obras son perfectas” (Dt 32,4). También del Hijo de Dios se dice que “todo lo hizo bien” (Mc 7,37). Y sobrenatural.

El cristiano lucha por llevar a cabo sus deberes con perfección humana; obrar con “perfección sobrenatural” es obrar por amor a Dios, semejante al Amor de Dios por nosotros. Obrar con la perfección humana de la que cada uno es capaz, independientemente de los resultados que obtenga. Dar gloria a Dios no se identifica con el éxito, sino que debe ordenarse a la gloria de Dios. Cristo no buscaba la gloria de su Humanidad, sino la gloria del Padre. Así Dios glorifica a sus hijos cuando obran como Cristo, sin buscar su propia gloria sino la del Padre celestial (cfr. Ernst Burkhart, Javier López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, Rialp. p. 293).

Hacer un trabajo bien hecho incluye el cuidado de los detalles, es decir, de lo pequeño. Los deberes de estado son habitualmente “pequeños deberes” y su cumplimiento por amor a Dios es camino de santidad. Propone San Josemaría: “¿Quieres de verdad ser santo? - Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces” (Camino, n. 771). El valor de las obras no deriva de su relieve humano, sino del amor a Dios con que se realizan.

Las cosas pequeñas son actos virtuosos interiores, y se califican de “pequeños” por su poca duración o su escasa relevancia en el plano humano, como arreglar un desperfecto o cambiar un foco. Las cosas pequeñas pasan inadvertidas, pero cuando faltan, se les echa de menos.

A los soldados se les exige tener el uniforme limpio, las botas boleadas, llevar el pelo corto, ser puntuales, tener las armas en buenas condiciones, pues eso mismo, hecho por amor a Dios, cambia el valor de esos deberes si se busca dar a Dios toda la gloria. Una ama de casa se esmera en cuidar la alimentación de la familia y goza al verlos disfrutar de sus platillos. Si a eso añade la alegría de servir a Dios con su trabajo, pensando que alimenta a sus seres queridos y a futuros ciudadanos del Cielo, mejora su intención porque mete su fe en lo cotidiano.

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