2 verdades básicas
Hay dos verdades básicas a las que no podemos
renunciar, porque de otro modo no alcanzaremos la paz. La primera: Dios es
amor. Cualquier cosa que él me haga merece mi agradecimiento. Dios es bueno
aún cuando no me dé todo lo que quiero; me da lo que necesito. La segunda es
que el premio por la virtud no llega en esta vida, sino en la próxima.
Así como los tapices no están tejidos por el frente sino por el reverso, así
también en esta vida nosotros sólo vemos la cara de debajo de los planes de
Dios (Fulton J. Sheen, Las siete virtudes, LAGUSA ed., p. 13-14).
Mi vida es como un tejido/ entre mi Dios y
yo.
Apenas puedo escoger los colores/ que Él
teje hábilmente.
A menudo Él escoge el dolor, / y yo, lleno
de tonto orgullo,
olvido que Él ve la parte superior del
tejido, y yo sólo el revés. Father Tabb
Los tapices y alfombras persas se hacen
anudando lana, seda o algodón de alta calidad. El proceso es meticuloso y
puede llevar meses o años.
Amor humano y divino
Si quieres amar a Dios pon
las mismas reglas de los amores de la tierra. En primer lugar,
conocerse. Conocer su palabra, su Persona, su corazón. ¿Cuánto pienso en él? Y
después de conocerse, tratarse. Estar con él, orar. Y en ese trato empieza la comunicación.
Luego el Señor nos hará ver que quiere compartir todo con nosotros. Dios nos
manda mensajes en la naturaleza: en el agua, en el cielo, en el viento, con
otras personas. Así nunca nos sentimos solos ni tristes. El infierno es la
soledad, el cielo es la comunión con los otros.
Podemos oír en el fondo de su corazón que Jesús le
dice: “El tiempo que pases en la tierra es el tiempo que tú puedes hacerme
feliz a Mí. En la eternidad Yo soy el que te hará feliz a ti. Aprovecha, pues,
cada instante de tu vida para darme esa felicidad… Ustedes son mi sueño porque
son mi proyecto. Mis pensamientos ya son realidad, no sueños. Ustedes son mi
sueño, porque sueño que un día serán Jesús… ¿Sabes a qué me dedico? A amarte.
Tú, dedícate a amarme” (R. Sada, Oír tu
voz, pp. 186-190).
"Cuan equivocados estamos al pensar
que dejamos de enamorarnos cuando envejecemos, sin saber que envejecemos cuando
dejamos de enamorarnos", escribió García
Márquez.
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