El búho rojo y la Semana Santa
Tengo
un grupo de amigos ateos que gustan de organizar parrilladas en Viernes Santo,
como una forma de afirmar su identidad atea y, en realidad, su dependencia de
una tradición religiosa precedente; pero eso no les gusta reconocerlo. En
líneas generales resulta interesante conversar con ellos, pues un buen número
tienen alto nivel cultural, lo que suele producir una conversación amena.
Siempre es enriquecedor departir con quien no piensa como uno. Suelen reunirse
en un café “underground” de una zona
bohemia de la ciudad de México llamado “El
Búho Rojo”.
El
sábado pasado tuve la oportunidad de asistir allí a una sugestiva conferencia,
aderezada con un generoso café, sobre “El temor a la muerte en De rerum naturae de Lucrecio”. Que,
resumiendo, como buen epicúreo materialista no temía a la muerte, porque
“mientras estamos vivos no es problema, y una vez que morimos ya no existe el
sujeto que pudiera tener ese problema”. Pero lo interesante de la reunión
fueron las confesiones de fe atea que algunos participantes se sintieron
obligados a profesar ante la presencia de un sacerdote católico.
Dos
de esas “confesiones” despertaron paralelamente mi curiosidad, hilaridad y
pena. Resulta paradójico sentir tristeza y tener risa al mismo tiempo, pero así
fue. Esto solo me sucede en el Búho Rojo,
por eso lo considero un lugar especial. Una persona mayor, de entre setenta y
ochenta años confesó que era ateo desde niño, porque una ocasión le rezó a la
Virgen y a todos los santos, pidiéndoles que no le propinaran una tremenda
paliza, y ¿adivinen que pasó?… La otra fue más dramática, pues no sólo fue
confesión de ateísmo sino valiente testimonio de no tener miedo a la muerte.
Que alguien joven no tema a la muerte puede ser normal, fruto de la inconsciencia
juvenil, pero que un señor que afirma tener noventa años lo diga no deja de ser
curioso. El caso es que este amigo se hizo ateo el día de su primera comunión,
porque no alcanzó el consabido pastel y chocolate caliente, tradicionales al
final del evento religioso. Pensó que eso significaba que Jesús no lo quería y
por eso no existía.
El
primer testimonio me hizo pensar que, en buena lógica, yo no debería ser solo
ateo sino satánico, habida cuenta la cantidad de veces que mi madre me dio en
las pompis con la chancla, o por aún, mi papá con el cinturón o correa. Quizá
se deba a que yo de niño no era tan inteligente y la verdad no se me ocurrió; a
lo más intentaba escarmentar para que no se volviera a repetir la furiosa y
agresiva tormenta sobre los glúteos.
Debo
decir, en defensa de los ateos ahí presentes, que otros tienen motivos más
académicos. Pensándolo bien, yo también soy ateo del dios en el que esos dos
respetables ancianos no creen. Un dios semejante al “genio de la lámpara” que
debe comprobar su existencia demostrándomela, concediéndome mi deseo. Una
especie de dios mago.
¿Cuál
es el Dios cristiano entonces? Precisamente el de la Semana Santa, pero que,
nuevamente en forma trágica, no alcanzarán a vislumbrar, pues estarán muy ocupados
aderezando las carnes el Viernes Santo, mientras con aire de superioridad
compadecen a la “pobre gente” que reza el Vía
Crucis o asiste al “Sermón de las Siete Palabras” (o a una versión más
intensa, “el sermón de las tres horas”; sí, ¡tres horas hablando el padrecito y
la gente no pierde la fe!, una demostración práctica de que Dios sí existe).
¿Cuál
es el Dios de la Semana Santa? El que asume, hasta sus últimas consecuencias,
la misteriosa y dura experiencia humana del dolor, del fracaso, del
sufrimiento. El Dios que es capaz de hacer de lo
más oscuro, la luz más potente; de la muerte más horrible, el ícono de la
belleza; de la condena y el abandono, la fuente de la esperanza. Jesús estaba
más cerca de ese niño sin pastel y de ese niño castigado, pero ellos no se
dieron cuenta. Es el mismo Jesús que en la Cruz no tiene rencor ni
resentimiento con quienes le condenan, sino que ora por ellos pidiendo a su
Padre “perdónales, porque no saben lo que hacen”. Lo mismo
pido yo a Dios por mis amigos ateos, consciente de que no soy mejor que ellos,
quizá es que solo eran más listos de pequeños; pido que les de la gracia del
arrepentimiento y puedan rezar aquella maravillosa oración de último momento
“acuérdate de mí cuando estés en tu reino”; mientras que para mí aplico esa
otra del Angélico, “límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola
gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero”.
P. Mario Arroyo
Doctor en Filosofía
p.marioa@gmail.com

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