Recibir la Sagrada Eucaristía
Comulgar es el encuentro más importante de nuestro día,
por lo tanto, al espíritu hay que ponerle pureza, transparencia del corazón. Cuando
comulgamos, parece que no pasa nada, que nada cambia, pero allí está el
misterio: detrás está el perdón del mundo, el pararrayos de Dios, las
bendiciones... La transfiguración en Cristo depende del modo como comulgamos.
Dios, que no cabe en el universo, quiere caber en nuestro corazón. La
Eucaristía es el único contacto entre el Cielo y la tierra; que no nos
distraigamos, que nos hagamos acompañar por los ángeles. Que vayamos a comulgar
cada día con más fe, con más cariño, con más correspondencia a la gracia. Luego
hay que quitar obstáculos para que Jesús pueda identificarnos con él poco a
poco.
Hace falta recuperar la comunión con el Espíritu. Lo
primero que la persona entiende al convertirse es que ama. Esa conversión
depende de que el yo quiera; no es suficiente que el espíritu esté bien
dispuesto. El espíritu humano siempre quiere entrar en comunión con el Espíritu
Santo.
Hay que escuchar al Señor, Él siempre nos habla. Hay
que descubrir las grandes maravillas del amor de Dios en el silencio de la
comunión y en el silencio del sagrario.
En 1975 Nguyen Van Thuán fue nombrado obispo de
Ho Chi Ming (Saigón), pero el gobierno comunista definió su nombramiento como un
complot y tres meses después lo encarceló. Estuvo 13 años preso. Nueve de ellos
los pasó en régimen de aislamiento. Vivía en una celda sin ventanas. Cuando
todo faltaba, la Eucaristía estuvo en la cumbre de su pensamiento. Le traían
vino en un letrero que decía “medicina para el estómago”. Ponía tres gotitas de
vino y una de agua en la palma de la mano, tenía un poco de pan y consagraba.
Era la medicina del alma. Luego decía muchas veces al día: “Tú estás en mí y yo
en ti”. También rezaba así: “Jesús te amo. Mi verdad es una nueva y eterna
alianza contigo”. Dice que si no hubiera sido por eso, se habría vuelto loco.
“Fiarse de Dios. Escoger a Dios y no las obras de Dios es el fundamento de la
vida cristiana”, fue su lema. Fue exiliado, y cuando salió recibió una carta de
Madre Teresa en la que decía: “Lo que cuenta no es la cantidad de nuestras
acciones, sino la intensidad de amor que ponemos en cada una”. Van Thuán ha
sido un gran testigo de la fe, de la esperanza y del perdón (cfr.
www.interrogantes.net).
El cura de Ars, San Juan Bautista María Vianney,
predicaba: “Hijos míos, no hay nada tan grande como la Eucaristía. ¡Poned todas
las buenas obras del mundo frente a una comunión bien hecha: será como un grano
de polvo delante de unas montañas!”. Y continuaba: “¡Qué felices son las almas
puras que tienen la dicha de unirse a Nuestro Señor en la comunión! En el cielo
brillarán como bellos diamantes (...). ¿Qué hace nuestro Señor en el sacramento
de su amor? Él coge su buen corazón para amarnos, y de él hace salir un río de
ternura y de misericordia para ahogar los pecados del mundo. Sin la divina
Eucaristía, nunca habría felicidad en este mundo”.
La Eucaristía —dice F<élix María Arocena—
representa el don de una generosidad sin límites, el amor llevado hasta el
infinito. En ella reside todo el bien de la Iglesia. Es el corazón vivo no sólo
de las grandes catedrales, sino también de las pequeñas y pobres cabañas de
misiones. Todo parece invitar a que a diario haya “una ocasión excepcional para
reencontrarnos con la persona de Cristo”.
Son innumerables las iglesias en las que
Jesús está solo. Suple las faltas de amor de los demás.
Dile: Ardientemente he deseado venir a verte para decirte que te amo.
Déjame ir, Cordero de Dios, a tu altar celestial. Ardientemente deseo
consumirte, Pan de Vida. Deja que te ame, y ábreme las puertas de la Vida.
¡Ven, Señor Jesús!

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