Que no te falte PROFUNDIDAD
El Espíritu Santo nos sacude para
despertar ya que el mundo se vuelve cada día más hostil ante nuestra fe, pero
Jesús no nos dejó huérfanos ni desarmados. ¿Qué nos pide el Cielo? Oración, pero una
oración de corazón a corazón; además, la Virgen es una guerrera indispensable
para estos tiempos.
“El amor de muchos se enfriará”, es una sentencia que
hiela la sangre. La Carta a los Hebreos pide correr con perseverancia puestos
los ojos en Jesús. Perseverancia es mantenerse bajo la carga, soportar
una presión sin colapsar, sin huir, y, para lograr esa resistencia
sobrenatural, necesitamos activar esas armas espirituales. No son sugerencias
piadosas, son necesidades para la supervivencia de tu alma. El soldado que sale
sin casco no es valiente, es suicida.
Armas espirituales
La primera arma es la eucaristía utilizada
como viático. La eucaristía es la medicina de los
débiles y el alimento de los guerreros. Viático es alimento para el viaje. Sin
esa Sangre divina corriendo por nuestras venas, no podremos afrontar las
pruebas. Ir al sagrario a comulgar con la certeza de que hay una transfusión
divina. “Señor: pelea Tú mis batallas”. El exorcismo más poderoso que
existe es la confesión sacramental. En la confesión se renuncia al mal.
La segunda gran arma es nuestra Madre, la
Virgen María. En la economía de la salvación Dios no
hace nada por azar. Junto a Jesús crucificado estaba de pie Santa María junto
al apóstol Juan. Estaba firme en medio del dolor más atroz que podamos
imaginar. Ella es la mujer vestida de sol del Apocalipsis que hace frente al
demonio. Todo puede ser resuelto por el rezo del Rosario.
El arma tercera es la disciplina del
silencio y la custodia de los sentidos. Queremos oír noticias,
opiniones, rumores. El diablo le tiene miedo al silencio, quiere ruido porque
allí prospera la confusión; en el silencio la conciencia habla. No puedes
perseverar sino oyes la voz de tu comandante, Dios. Desconéctate del mundo quince
minutos al día para escuchar a Dios, ponte ante un crucifijo o ve a una capilla
de adoración perpetua y quédate en silencio. Es en ese silencio donde
recuperarás la perspectiva eterna; tu verdadera ciudadanía está en los cielos.
Hay una tentación muy actual, la presunción de la
salvación, la gente piensa que todos se salvarán, hagan lo que hagan.
Piensan que el infierno no existe. Esa idea es veneno puro para la
perseverancia. Jesús nos advirtió: Esfuércense por entrar por la puerta
angosta, pues muchos querrán entrar y no podrán (Lucas 13,24). La puerta es angosta porque tiene la forma de la
cruz, no cabemos si vamos hinchados de soberbia o con apegamiento a un equipaje
grande.
Jesús nos dice: “El amor de muchos se enfriará”. No
permitas que tú seas uno de esos muchos, actúa para que no te roben la corona
que te espera en el Cielo.
Hagamos una oración de renuncia al pecado,
oración de autoridad y de toma de posición. Fija tu mirada
en un Crucifijo y di: Señor Jesús, Hijo de Dios vivo, me presento a ti,
reconozco que estoy cansado, que mi amor se ha enfriado, que he permitido que
el espíritu mundano entre en mi santuario interior. Te pido perdón por haber
buscado consuelo en las cisternas rotas del pecado. En tu nombre y por el poder
de tu Preciosa Sangre derramada en la Cruz, renuncio al espíritu de acedia, a
la pereza espiritual que me impide orar, renuncio a la tristeza por el bien
ajeno y al resentimiento oculto contra tu Voluntad. Anulo todo acuerdo que he
hecho con la desesperanza. No acepto lo que el enemigo dice, que m is pecados
son mayores que tu misericordia. Madre cúbreme con tu manto. Préstame tu
fortaleza. Enséñame a estar de pie ante mi cruz diaria, sé mi defensa contra
las acechanzas del enemigo. Espíritu Santo sopla sobre las brasas de mi
bautismo. Dame la gracia final, la gracia correr y de llegar. Me anclo en tu
promesa eterna, porque sé que quien comenzó en mi la buena obra, la acabará. Me
anclo en tu promesa eterna, quien comenzó en mi la buena obra, la acabará.
Jesús en ti confío, a ti me entrego hoy y para siempre, hazme inconmovible. ¡Ampárame,
Jesús! Amén

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