Mi abuelo gritó

 


Mi abuelo Elías era el rabino principal de Buenos Aires. Él estaba pasando las páginas de un texto en hebreo, yo estaba dibujando en el piso, era su nieto de 6 años. Vi el nombre de Jeshúa en letras brillantes, y le pregunté al abuelo ¿Por qué ese nombre brilla, Jeshúa? El abuelo dijo: “Ese nombre nunca debes pronunciarlo en esta casa”. Esa noche acostado, no podía dejar de pensar en ese nombre. Desde ese día mi abuelo no volvió a cruzar la mirada conmigo. Pronto esa semilla iba a romper la tierra de nuestra existencia.

Llegó el día del Séder. Mi abuelo empezó a rezar. De pronto apareció el nombre de “Jeshua” y unas palabras añadidas: “Jeshúa, el Cordero de Dios”. Nadie las vio, sólo yo. Añadí: “¿Por qué Jesús fue llamado Cordero de Dios si nosotros no creemos en él?”. Mi abuelo dejó de rezar y rugió: “¡Jesús no es el Mesías! Nunca, nunca vuelvas a pronunciar ese nombre”. Repliqué: “Pero si las Escrituras dicen la verdad sobre él”. Mi padre me arrastró fuera del comedor. El abuelo dijo: “Un niño ha profanado nuestra mesa”. Me encerraron en mi habitación. Me quedé de pie, llorando. A través de las puertas los gritos se elevaban. Nadie vino a despedirse de mí. Comencé a rezar: “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, no entiendo por qué veo esas cosas”. Lloré hasta que llegó el agotamiento, me quedé dormido y soñé. ¡Lo vi! Se arrodilló para estar a mi altura, dijo mi nombre. Vi sus manos. “Yo también celebré el Séder. Has comenzado a ver lo que está oculto. Elías -tu abuelo- te creerá, tiene miedo... Dile que lo estoy esperando, que nunca es demasiado tarde”. Tenía que hablar con mi abuelo. Pedí verlo. No querían. “Sólo cinco minutos”, dije. Me dijeron: “Tienes 10 minutos”. Empujé suavemente. Mi abuelo tenía lágrimas en los ojos: “Saide”, dije y él se limpió las lágrimas. “Tuve un sueño con él, vi sus manos perforadas, y me dijo algo para ti: No tengas miedo, nunca es demasiado tarde…”. Mi abuelo se tambaleó. Se dejó a caer de rodillas y comenzó a sollozar. “¿Cómo lo supiste?”. Contesté: “No lo supe, él me lo dijo”.

En sus ojos vi 50 años de dolor. “Tenía tu edad, tenía 8 años cuando lo descubrí, cuando mi padre me vio me dijo que ese era un libro de su juventud”. ¿Por qué no lo seguiste? “Por miedo, David, perdería todo, así que elegí la mentira cómoda a la verdad incómoda. Esa voz interior me susurraba la verdad, y vienes tú, que tienes el valor que yo nunca tuve. Dime exactamente lo que viste en ese sueño, porque tal vez todavía hay esperanza para un viejo como yo”. Mi abuelo me hizo prometer que no diría nada, asentí. Vamos a estudiarlo tú y yo. Dos veces as la semana venía por mí, llegábamos a la sinagoga y estudiábamos las profecías mesiánicas. Noche tras noche las evidencias se acumulaban. “He sido un maldito cobarde”, dijo.

Otro día pasó por mí y me llevó a una casa modesta de judíos mesiánicos. Tocó la puerta y un hombre nos invitó a pasar. Comenzaron a cantar canciones sobre el Mesías. Un anciano se puso de pie para dar su testimonio, era un sobreviviente de Auschwitz, contó: “cuando me liberaron en 1945 estaba más muerto por dentro que muchos de los muertos. Pasé 20 años odiando a Dios. Alguien me dio un Nuevo Testamento, quería escupir y quemarlo, pero decidí leerlo y encontré a un judío torturado y que había perdonado. Me mostró que él también había caminado por un valle de muerte y había perdonado”. Mi abuelo dijo: “He huido durante 50 años, pero ya no puedo huir”. Y efectivamente dejó de huir, pero el paso más difícil estaba por venir.

Mi abuelo se reunía cada tres meses con ese grupo mesiánico y lloraba constantemente, eran lágrimas de dolor y de liberación. Cada sábado tenía que subir al púlpito y cada noche se confesaba conmigo. Yo le dije: “Diles la verdad, Saide”. “Perderé todo, la comunidad me rechazará”.

Yo estaba sentado junto a mi padre. En la sinagoga mi abuelo iba a revelarles todo, me dijo: “Reza por mí”. Empezó: “Les he mentido al no decirles a quien señala cada profecía de la Torá”; explicó algunas como Isaías 53. “Desde que tenía 20 años sabía que estos pasajes describen a Jesús de Nazaret”. Mi padre se puso de pie de un salto. Mi abuelo alzó la mano: “No he enloquecido, he vivido una mentira por miedo al rechazo”, terminó de explicar otras profecías y contó la escena del Pésaj con su nieto de 6 años. Mi padre hundió su rostro entre sus manos. Yo miraba a mi abuelo con orgullo en el pecho. Les pidió que estudiaran por su cuenta y “pregúntenle a Dios que les muestre la verdad”. La sinagoga quedó casi vacía. La noticia explotó. El escándalo fue monumental.

Una de las familias, la familia Cohen, se quedó al final y dijo que creía en lo mismo, y, más tarde seis familias más se unió.  Tuvimos que mudarnos a una casa pequeña. Las siete familias formaron el núcleo de una nueva comunidad de judíos mesiánicos. En seis meses la congregación tenía treinta familias, hoy, 18 años después, mi abuelo tiene 88 años, y su congregación ha crecido. Mi padre eventualmente volvió a hablarnos. Yo estudio las Escrituras.

Fuente: Relatos de esperanza.  https://youtu.be/nWhxNuLT8cQ

 


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