Acción de Dios
La Misa es acción de Dios. Es Dios quien
convoca, quien habla, quien se entrega. En cada celebración
eucarística se hacen presentes el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: el Padre
acoge el sacrificio, el Hijo se entrega, y el Espíritu santifica. Comprender
esta dimensión trinitaria nos permite ver que es una acción que Dios realiza
por nosotros. En la Misa acontece el sacrificio redentor de Cristo: se
actualiza el sacrificio del Calvario. El mismo Jesucristo se ofrece, de manera
incruenta al Padre, sin derramamiento de sangre, pero el algo real.
En ella Cristo actúa como Sacerdote eterno, como
Víctima y es, al m ismo tiempo, el Altar donde se ofrece. Con la Misa el
creyente entra en el acontecimiento central de la Redención. Al iniciar la
Misa podemos colocar en la patena del sacerdote el trabajo, la familia, las
intenciones y preocupaciones, las alegrías y los dolores y la creación entrena
para devolverla al Creador. Es un encuentro real con Cristo vivo en el
presente.
Cuando se leen las lecturas, hemos de tomarlas como
dirigidas a uno mismo, Jesús nos habla en la Palabra, se entrega en el
Sacrificio y, finalmente, se da como alimento. La celebración eucarística es un
diálogo de amor entre Dios y el hombre. El Señor sale a nuestro encuentro.
Todo lo que sucede en el altar está llamado a
proyectarse hacia nuestro mundo. De la Misa sale la fuerza para amar mejor,
para perdonar, para trabajar con sentido, para dar valor redentor a lo pequeño.
La Misa puede ser el corazón que da unidad a nuestra existencia. La Eucaristía
es un misterio de fe y de amor.
Félix. Ma. Arocena
dice: La vida cristiana es ser ofrenda permanente. En la Santa Misa toda la
acción de Cristo y la nuestra, se unen. Todos los sacrificios espirituales que
somos capaces de realizar a lo largo del día –el deporte, el trabajo, el
descanso, las obras de misericordia, el estudio- son un martirio que no es de
sangre, pero es un martirio cotidiano, que es la vida cristiana.
Cuidar la Santa Misa cuidando la limpieza y el adorno
de nuestra alma. En ella nos sentimos acompañados de personas del mundo entero,
de los que tenemos en nuestras intenciones, de creyentes y no creyentes. Cristo
está presente entre nosotros en la Misa y podemos decirle, con los Apóstoles:
“Quédate con nosotros”.

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