Príncipe saudí planea su muerte
El Príncipe Sultán bin Rashid Al-Saud
perdió a su esposa y a sus dos hijos en un accidente automovilístico. Planeó
hasta el último detalle cómo quitarse la vida. Este príncipe era de Arabia
Saudita. Tenía tanto dinero que no pensaba en él, estaba allí, a la mano
vastamente. Dejemos que él hable.
Nací en Riad en 1982 en un palacio de mármoles, mi
familia era cercana a los altos mandos, a la Casa Real. Estudié Teología
islámica y una carrera secular. Los matrimonios son arreglados. Sabía que mi
matrimonio era inminente, había compatibilidad. Normalmente se conoce a la
novia el día de la boda, yo pude verla una vez cuando vino con su padre, miró a
mi madre y la habitación se iluminó. Esa tarde le dije a mi padre que me quería
casar con ella, Nura. Mi padre me dijo que lo sabía. A la boda fueron invitados
mil personas. Esa noche me dijo Nura: “No me casé contigo por tu nombre, tu
posición o tu dinero, sino que te voy a amar como a un marido que participa en
mi vida y en la educación de sus hijos”. Tuvimos dos hijos: un varón formal,
Faisan, y Lulua, una niña que corría y jugaba todo el día. Nora no me permitió
ser el padre que eran todos los de mi posición, quería contacto con los hijos
en la vida normal. De 2010 a 2018 fueron los años más felices de mi vida. Daba
gracias a Alá por mi familia, eran mi mayor bendición.
En un martes de 2018 Nura manejaba por una carretera
que cruzaba el desierto, era una excelente chofer, y había manejado decenas de
veces por esa carretera. Pero un camión de 16 llantas, que venía a 140
kilómetros por hora, cabeceó e impactó contra su transporte. Yo estaba en la
oficina de mi padre viendo un desarrollo. Mi asistente interrumpió y me pasó
una llamada. Me fui a ver lo que había sucedido. Me llevaron al aeropuerto, al
avión, al hospital. Un médico me dijo: “Hicimos lo que pudimos. Tu esposa e
hijo murieron con el impacto, tu hija en el avión que la traía.” Vi tres
sábanas blancas. No había hospital, ni médico, ni Alá… todo lo que había creído
era mentira. Fueron enterrados en un cementerio real en Riad. Lo que me decían
no era significativo para mí: “De Alá venimos y a él regresamos”; “es una
prueba”. Enterré lo que más amaba en la arena.
Perdí quince kilos en el primer mes. Mi dolor duró
seis meses sin alivio y con pensamientos negativos. Luego hice una decisión y
no la comuniqué. ¿Qué tal si me quito la vida?
Esa voz me acompañó varias veces al día: “No hay nada
para ti, tu fe se rompió, ya estás muerto por dentro, ¿por qué no hacerlo
oficial?”. Sería un escándalo público, no quería hacer daño a mis padres. Debo
desaparecer sin que nadie se entere. Me dejé de rasurar, me corté el pelo.
Difícilmente me reconocía a mí mismo.
Compré vestiduras de obrero en un barrio donde
habitaban obreros extranjeros del sur de África, Bangladesh, Egipto, Afganistán
y otros lugares. Era el lugar perfecto para desaparecer. Me iría a una
carretera y me dejaría atropellar. Me vestí, salí por la salida de obreros, me
fui a Tabuk, a 12 horas de Riad. Nadie lo advirtió. Llegué de noche. Me hospedé
en un hotel modesto, de obrero. Me pidieron mi identificación, le dije que no
la tenía, pero podía pagarle un mes por adelantado. Este era el lugar donde un
príncipe saudí terminaría sus días. Los primeros días visité la ciudad, y
observé que no llamaba la atención. El anonimato era liberador y devastador.
Elegí el viernes para morir. Me levanté, mi mente estaba en blanco. Salí rumbo
a la carretera, pero pasé por un mercado, un hombre me entregó un libro y
desapareció. “Oh, un libro ilegal, de una religión corrompida”, pensé en
deshacerme de él, pero dudé. Me senté a revisar un libro que jamás había
abierto. “¿Qué mal me puede hacer un libro si he perdido todo y voy a morir
dentro de una hora?”.
No miré el Índice. Abrí al azar, el texto estaba en
árabe, salió el salmo 34, lo leí, y, en el versículo 18 leí mecánicamente: “El
Señor está cerca de los quebrantados y ofrece alivio a los abatidos”. Mi
corazón estaba hecho pedazos, ¿quién lo puede unir? Lo leí varias veces y
lloré. ¿Está cerca el Señor?, estoy roto. Si estás cerca, Dios, muéstralo. No pasé
la hoja durante una hora. Algo pasaba en mi interior. Después de seis meses por
fin algo había penetrado en mi corazón, y procedía de un libro que debería
rechazar. Regresé a mi hotel, vivo. Quería seguir leyendo. A lo mejor este
libro llega a partes de mi interior que nadie ha podido restaurar.
Leí el salmo que habla del valle oscuro y de muerte
donde Dios está presente, no está distante. Este Dios es diferente, es cercano,
personal. Leí toda la noche, no comí.
Encontré a Isaías: No tengas miedo porque estoy
contigo, te fortaleceré, estoy aquí, contigo, no te he abandonado. Abracé el
libro y pensé: “Esto se escribió para mí”, era lo que necesitaba en el momento
exacto. Esto no es coincidencia.
Al día siguiente abrí mi lap top. No sabía que
buscaba, pero necesitaba guía para leer este libro. Encontré un lugar donde
tenía voces: quebranto, las promesas de Dios.
En Mateo leí: “Ven a mí si estás cansado y yo te
aliviaré”. Dios ve que estoy exhausto. Luego leí otro versículo que hablaba de
paz, la había buscado en la mezquita, en el Corán, y la encontré en un libro
prohibido. Leí el Apocalipsis donde afirma que la muerte acabará, sentí
esperanza real. La posibilidad de que la muerte no fuera definitiva.
Un río de luz me invadía, cuando yo pensaba que Dios
me había abandonado. Dije: “Gracias Jesús. Estas palabras me dejan ver que
estás vivo”. Me quedé en Tabuk por tres semanas más. El dolor no había
desaparecido, pensaba en ellos constantemente, su ausencia era fuerte, pero el
peso no me aplastaba más. Me podía levantar. Y la diferencia estaba en las
palabras de Jesús, que yo leía en la mañana y en la tarde y, a veces, en la
noche. Él restauró mi alma. Esas palabras eran medicina. Evitaron mi muerte.
En tres meses leí el Nuevo Testamento de cabo a rabo.
Jesús hablaba con obreros, pecadores, prostitutas, granjeros, amigos, almas que
le interesan individualmente. Nunca había encontrado así: perdón y amor a los
enemigos. Eran fundamentalmente diferente al Islam. El Dios del Corán
permaneció callado durante seis meses.
Un príncipe no desparece semanas, sabía que tenía que
volver. Leí a Jeremías 29, 11-13 y me dio valor para lo que vendría: Los planes
de Dios eran para darme un futuro lleno de esperanza. Dios tenía planes
para mí, lo creí. Por primera vez creí que mi historia no había terminado. Tomé
un autobús a Riad, no era ya un hombre muerto, ahora era un ser vivo. Al llegar
a Riad fue a un departamento que usaba ocasionalmente. Allí me corté el pelo,
me puse rompa limpia. No quise enfrentar a mi familia, debía fortalecer la fe
antes de provocar un huracán. Me puse en contacto con un grupo sin revelar mi
identidad. Me conectaron con un mentor que me sostuvo por las semanas
siguientes. Me dijo que volvería a ver a mi familia en la gloria.
Yo sabía que debía dar testimonio por ello planeé
hacer un video. Contacté otro grupo. Butros me dijo: “¿Comprendes lo que va a
perder? Incluso tu vida”. Fui a un lugar fuera de Arabia Saudita. Conté mi
historia con todo y mi nombre. Llevaba la misma Biblia, abrí el Salmo 34, 18 y,
sin planearlo, me puse a llorar, dejé que el mundo viera mis lágrimas. Continué
hasta el final.
Después supe que se hizo viral. Los de mi casa dijeron
que un príncipe con ese nombre no existía. Congelaron mis cuentas,
desaparecieron todo lo mío. Supe que se había oído en Indonesia, Pakistán,
Egipto, Jordania, y otros lugares donde viven musulmanes. Un mensaje que me
conmovió decía: “Mi hija murió y desde entonces estaba como muerta, pero sus
palabras salvaron mi vida como Jesús salvó la suya”.
Fuente en inglés:
Príncipe saudí planea su muerte https://youtu.be/kuHmBs6RrvU

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