La pornografía hiere

 

            La etimología de la palabra pornografía se deriva del griego pornográfos, ‘el que estudia la prostitución’, compuesto de pórne, ‘ramera’ y grafein, ‘describir’[1]. La pornografía significa el “carácter obsceno de obras literarias o artísticas”[2].

            Lo pornográfico está conectado con lo obsceno. “Obsceno” significa “objetable o repugnante para los estándares normales de decencia o moralidad”. La obscenidad es lo que el común de las personas encuentra lascivo o lujurioso Describe de modo patente y ofensivo, una conducta sexual definida específicamente como ofensiva por la ley. Tomada en conjunto, una obra obscena tiene serias carencias literarias, artísticas, políticas o científicas, o detenta una marcada carencia de valores. Por eso la obscenidad puede considerarse como una categoría estrecha o reducida de la pornografía. La pornografía dura es considerada obscena.

            La información sexual sin ética es una bomba de tiempo, por eso, si una nación desea proteger su infancia y su juventud; es decir, su futuro, ha de cuidar que la educación sea apropiada.

            En un Congreso de Educación Sexual un experto, M.E. Magaña Pastrana, dijo: “ Si hacemos una visión retrospectiva desde la llamada revolución sexual de los sesenta, hasta nuestros días, veremos que ese hecho histórico y social que produjo tantos cambios a todos los niveles, trajo consigo más represión y manipulación que liberación de la sexualidad ya que ésta se ha centrado más que nunca en la búsqueda del placer sexual genitalizado.

Los medios de comunicación masiva saben muy bien que el hombre o la mujer genitalizados son más vulnerables para ser manipulados por la producción y el consumismo. Todo lo anterior nos lleva a experimentar una sensación de insatisfacción y vacío interior provocado, porque lejos de que exista una verdadera liberación sexual, dicha revolución ha acentuado la genitalización del sexo o como dijera H. Marcuse a propósito de una cita de Freud, la reducción de la sexualidad al mero hecho de ‘poner en contacto los genitales de uno con aquellos de alguien del sexo opuesto’, y nos hemos olvidado de dar paso a la creatividad, al amor y a la trascendencia, siendo éstas las mejores armas para llevar a cabo la verdadera revolución sexual.



[1] J. Corominas, J.A. Pascual, Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispano, v. 4, Gredos, Madrid 1989, p. 615.

[2] Real Academia Española, Diccionario de la Lengua Española, II, p. 1641.

 

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