Zarza ardiente
Una ex musulmana relata que le costaba creer que Dios pudiera ser contenido en la materia, como sucede en la eucaristía. Se acordó que su abuelo la había explicado que Moisés había hablado con Dios presente en la zarza ardiente. ¿Cómo puede Dios hablar desde un arbusto? El abuelo explico: “Hija, Dios no está limitado por el arbusto, pero quiso manifestarse allí para que Moisés pudiera encontrarlo”. Su grandeza incluye poder hacerse pequeño y estar presente en una hostia por amor. Y continúa esa mujer: “Mientras sentía la paz de ese espacio, sentí que Dios estaba cerca, esperando, bajando hasta mí. Necesitamos un Dios que llore con nosotros, que sangre por nosotros, que nos consuele”. Ese Dios único había elegido hacerse cercano, ese Dios se haced vulnerable. Me arrodillé, hablé en turco: “Señor, si de verdad estás en ese pan, necesito saberlo, porque si esto es verdad, cambia todo en mi vida”. Me quedé en esa capilla casi dos horas. Meses después esta chica fue bautizada, acogida por un grupo y siguió con su trabajo como restauradora de arte.
Somos
la única religión de la tierra que puede afirmar con absoluta certeza que Dios
vive entre nosotros corporalmente en el sagrario.
Comulgar es permitirle a Dios actuar en lo más
profundo del alma, es aceptar que modele nuestra vida según su amor, por eso
requiere preparación: fe viva, examen de conciencia, expresar nuestro deseo de
recibirle rezando Comuniones espirituales o haciendo actos de fe. Esta fe en la
presencia real de Cristo en la eucaristía ilumina toda la vida cotidiana.
¿Qué nos pide? Escucharlo, escuchar su voz.
Un profesor universitario norteamericano dijo: “Hay
algo que considero imponente y que me place mucho en la religión católica: es
que satisface igualmente a un cardenal Newman y a mi cocinero”. Todos
encuentran en ella la fuente inagotable.

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