Un intelectual de palestino abandona el Islam

 


Un intelectual de Palestina, Karim, narra: Pensé que mi destino ya estaba fijado desde que nací. La fe del Islam era la sangre en nuestras venas. El Dios que yo negué dijo mi nombre. La noche vino como otra más, venía de la universidad. Me sentí mal, me llevaron al hospital. El doctor le dijo a mi familia: “Prepárense, es posible que no pase la noche”. Estaba muerto o casi muerto, de pronto vino la luz, pura, una voz me llamó con autoridad y amor. Me quedé helado. No era la voz de Ala que había estudiado. “Karim, no tengas miedo porque estoy contigo.” Las palabras me quemaron como fuego y me lavaron como agua pura. Jesús no es sólo un mensajero como dice el Corán. Me tocó y me sentí curado, mis pulmones respiraban. “Soy la resurrección y la vida, quien cree en mi tiene vida”, dijo Jesús; en eso regresé, sano. Supe quien me había tocado. Por días no dije nada. Supe que estaba curado en el cuerpo, pero la libertad me costará todo. Mi familia estaba feliz, pero yo sabía quién me había curado. La verdad es fuego y el fuego no puede pasar oculto. El silencio oculta el milagro. Salí del hospital, tenía salud. ¿Cómo confesar que todo cambió una noche? Recordé las palabras del Evangelio de San Juan: “Tu conocerás la verdad y la verdad te hará libre”. Su voz era clara. Regresé a enseñar y recordé que yo vi sus llagas, fue herido por nuestros pecados. ¿Cómo Isaías pudo describir, hace siglos, lo que vi? Todo lo atribuían a Ala, pero yo sabía que toda la gloria era de Jesús.

Le grité a Jesús y me contestó: “Toma tu cruz y sígueme”. Ser cristiano era firmar mi sentencia de muerte. Pasaron las semanas, no podía enseñar sin temblar, no podía predicar sin sentirme hipócrita. Recé: “Jesús sé vives, que resucitaste, ayúdame”. Sabía que debía hablar, cargaba un conocimiento que me consumía. Mi hermano menor me dijo: “¿Por qué no nos sigues en la oración?, ¿qué ha cambiado en ti?”. Yo dije: “Alá no me curó, fue Jesús”.

Mi padre me dijo que no dijera blasfemias. Le dije la verdad, tembló. Le dije: “Lo vi, lo oí, me dijo que me volvería a la vida”. Mi padre dijo: “Entonces ya no eres mi hijo”. En la universidad me dijeron: Sabemos que hablas herejías, que eres apóstata. Les miré a los ojos, y dije: “Sí, sé el riesgo”. Le dijeron que no volvería a enseñar, que su nombre sería borrado: Karim.

Unos hombres me golpearon, quedé tirado en el piso, y una extraña alegría me invadió. Esa noche me fui a una pequeña habitación donde ahora vivo. Yo vi sus llagas, sus heridas. La vida es Cristo. Las lágrimas me invadieron: “Si la muerte va a venir, que venga, soy tuyo”. Una noche me aventaron piedras que rompieron los cristales, otra noche hubo amenazas. El miedo permanecía, pero había ganado a Cristo, su presencia era permanente. Sólo un camino lleva a la vida eterna. Si te han maldecido, declara que Cristo es la verdad; él nos dice que habrá tribulación.

Una noche tocaron fuertemente hombres con rifles, me arrestaron por apostasía. ¿Era mi fin? Me arrastraron y me aventaron a una celda. Por horas temblé. El mundo entero me deshonró. Al día siguiente me entrevistaron. Dije: “No voy a negar lo que vi”. Me dijeron que había avergonzado a mi familia. Recordé: “No tengas miedo a los que destruyen el cuerpo, pero no el alma”.

Me llevaron de vuelta. Mi comida consistía en agua y pan. Lloré hasta que se me acabaron las lágrimas. Vino la paz. Los guardias me humillaban, me herían con palabras que parecían dagas. Tuve un m omento de debilidad, pero unas palabras de San Pablo me fortalecieron. Un día me sacaron de la cárcel sin decir palabra. Perdí familia, trabajo, honra, todo.

Empezaron a preguntarme sobre sueños y revelaciones, poco a poco se hizo un grupo que quería saber más de Jesús. Una tarde trajeron a una joven muy enferma para que la curara. Si Jesús lo curó a usted, quizás usted la puede curar. Le recé a Jesús y, poco a poco, volvió y dijo: “Él me tocó”, toda su familia se convirtió.

En una ocasión nos encontraron rezando, éramos unas quince personas. Nadie se fue. Los creyentes empezaron a cantar suavemente. Fuera se oían botas. Se abrió la puerta. Se quedaron en shock al ver al grupo humilde. Se fueron, pero algunos regresaron para saber más. En otra reunión, otra vez escuchamos botas, irrumpieron y, al mirarme dijo uno: “Este es el perro apóstata. Te dimos una oportunidad y no la aprovechaste”. Otro dijo: “Acabemos con él”, más otro replicó: “He visto su valor, vamos a dejarlo”. Y me dejaron libre. Sus planes sólo sirven para el Dios viviente. No sé qué vendrá, en la Cruz he encontrado la vida. No soy el hombre que una vez fui. Soy despreciado por los hombres, pero amado por Dios.

 


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