La Biblia ayuda a entender la religión y la vida
Hace unos años, yo era un pastor protestante anticatólico.
Estaba desinformado sobre las enseñanzas de la Iglesia Católica, y a base de
estudio y oración, llegué a donde nunca pensé llegar: a la Iglesia Católica. Narro
mi conversión en el libro Roma, dulce
hogar.
Una fe viva es lo que nos lleva a aceptar la Escritura no
como un escrito antiguo, sino como Palabra de Dios, y esto lo muestra de
maravilla Benedicto XVI. El Papa Juan Pablo II estudió muy a fondo la teología del cuerpo, de modo que ahora
se cuenta con un escrito de mucha profundidad. Lo mismo se puede decir de
Benedicto XVI respecto a la Sagrada Escritura. Expone con belleza y seriedad la
Teología bíblica, y sorprende saber que, desde que comenzó su pontificado,
dedicó todos sus “tiempos de esparcimiento” a escribir su obra Jesús de Nazaret.
Leí a algunos Padres de la Iglesia –Ambrosio, Jerónimo,
Agustín, Juan Crisóstomo- y obtuve nuevas luces. Según un viejo adagio, el Nuevo
Testamento está escondido en el Antiguo, mientras que el Antiguo se hace
manifiesto en el Nuevo: Novum in Vetere
latet et in Novo Vetus patet (San Agustín, Quaestiones in Heptateucum, 2,73; CCL 33, 106 (PL, 34,623) cfr. CEC
129). Me di cuenta de que los antiguos Padres de la Iglesia leían el Nuevo Testamento
a la luz del Antiguo y el Antiguo a la luz del Nuevo. Encontré paralelismos y
convergencias entre ambos Testamentos.
En el libro del Deuteronomio dice: “No sólo de pan vive el
hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor” (8,3). Jesús sabía a
quien citar cuando viene la tentación. Es impresionante encontrar los
paralelismos entre Moisés y Jesús.
Durante la transfiguración Moisés y Elías hablaban con
Jesús sobre su partida. La palabra griega de partida es “exodos”. Jesús habla de un nuevo éxodo. La Pascua hizo posible el
éxodo. Esa Pascua significaba la liberación de la esclavitud. Debían sacrificar
al cordero pascual y comerlo, era el requisito. San Agustín pasó semanas predicando
sobre la Pascua. Explicó que Cristo es el Cordero de Dios que nos saca del
pecado para llevarnos a un nuevo éxodo en la vida divina.
Juan narra la multiplicación de los panes (6, 51) y añade
que se llenaron doce canastos de lo que sobró de pan. Jesús les dice: Yo soy el
verdadero maná y el pan que les daré es mi carne. Cuatro veces les dice: “si no
comen mi carne y beben mi sangre no tendrán vida eterna”. Los judíos lo
cuestionan, y Jesús nunca aclara que estuviera hablando de modo figurado; al
contrario, remarca esa realidad. “Desde ese momento muchos discípulos se
echaron atrás, y ya no andaban con él”. Entonces Jesús les dice a los Doce: “¿También
ustedes quieren irse?” (6,66). No tenían la menor idea de lo que Jesús estaba
hablando pero tenían confianza en él. Le respondió Simón Pedro: “Señor, ¿a
quien iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y
conocido que tú eres el Santo de Dios” (6.68). Pedro no dijo: “Ellos no
entiende pero nosotros sí”. No asume que entiende de lo que Jesús habla. San
Agustín dice: No van a entender lo que Jesús dijo mientras no sepan cuándo lo
dijo, esto es, era la segunda Pascua que Jesús iba a celebrar con sus
discípulos; faltaba un año para darles el pan de vida.
San Agustín dice: En Egipto, durante la cena pascual, el
cordero tenía que morir, tenían que ser cocinado, debían comerlo, y poner su
sangre en el dintel de la puerta. Si no comían el cordero, al día siguiente su
primogénito amanecería muerto. Cristo tenía que cumplir esto: debía morir, pero
también sus discípulos debían comer la carne de este Cordero.
¿Cuándo empezó el sacrificio de Cristo? Leyendo atentamente
el Evangelio de San Juan, se ve que el sacrificio no empezó en el calvario,
empezó antes, en el piso de arriba, con la cena con el cordero pascual. La cena
pascual no termina en el piso de arriba sino que termina cuando el cordero es sacrificado
en el calvario. En el piso de arriba Jesús instituyó la eucaristía. Hay que conectar
la Eucaristía con el calvario.
En 22 capítulos el Apocalipsis habla 28 veces del Cordero
de Dios. Me puse a estudiar el Apocalipsis en griego, y descubrí: ¡En Misa estaba
en la Jerusalén celestial! Leí los 22 capítulos del Apocalipsis y fue como
leerlo por primera vez. En la Nueva Jerusalén Jesús es el Sumo sacerdote. Juan
vio la liturgia celestial: el Amen, el aleluya, el altar, los cálices, todo el
bíblico. Los santos en el cielo no están muertos, están rezando por nosotros.
La misa está dividida en dos partes como el libro del Apocalipsis: del capítulo
1 al 11 habla de que se rompen los sellos de los rollos. La segunda parte habla
del altar donde Cristo está de pie.
El Cordero de Dios es el clímax, la Misa es el banquete de
bodas del Cordero. Cuando el Señor le dice a Juan que escriba para que aquello
sea leído, ¿en dónde debe ser leído? En la Misa. Allí estamos cantando lo mismo
que cantan los ángeles. Para la Iglesia primitiva el Apocalipsis tenía la clave
para entender el misterio de la Misa, y la Misa tenía la clave para entender el
misterio de las visiones de San Juan.
La Eucaristía nos da a Jesucristo, éste es el misterio de
fe, quien muriendo destruyó nuestra muerte, resucitando restauró nuestra vida. Éste
es quien adoramos, éste es a quien comulgamos. Lo que el Apocalipsis nos revela
es que Jesús es el Rey de reyes y que en la Misa está el poder para cambiar al
mundo. Jesús es el señor de señores y él se encarga de nuestra nación y del
mundo entero.
Muchos católicos no saben si Cristo está presente o no en
las sagradas especies. ¡Y allí está en Señor de la gloria, resucitado! En el
altar ocurre la transustanciación, describe el proceso, en griego transustanciación
se dice parusía. Cada eucaristía es
una parusía, escribió Ratzinger.
No queremos ganar argumentos, queremos ganar hermanos y hermanas que se unan ante el altar.

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